Estaba oscuro, por ser un día lluvioso de invierno, cuando salió para la escuela. Tenía que dar Contabilidad a primera hora. Se levantó el cuello del abrigo con una leve inclinación de cabeza cuidando que no se le cayera el sombrero y al volver a levantarla, vio una mancha negra en la pared de su casa.

Miró con detenimiento. Era lo que se llamaba una “bomba de alquitrán” la malicia  que sellaría, al menos en lo inmediato,  su futuro.

Ya en clase, mientras explicaba, fumando un cigarrillo tras otro, el uso de la cuenta “Mercaderías”, recordaba la advertencia del comisario. Tendrían que cerrar la Biblioteca “Juan B. Justo” y dejar de realizar reuniones políticas en ese local. No podía indicarle si había o no una orden pero era sabido que, de lo contrario, se exponían a un allanamiento y calabozo por algunos días.

Ya había estado en la comisaría varias veces. Después de cada mítin los retenían dos o tres horas con fútiles argumentos, vanas excusas indicadoras de poder. ¿Vendrían ahora por más?

Volvió a su casa con pasos cortitos, nerviosos, sorteando los charcos a pesar de sus galochas nuevas, todavía con olor a goma. Tranquilizó a su mujer, no muy convencido, asegurándole que si se cumplía la amenaza recibida, sus amigos le prestarían una máquina de escribir y otra de sumar y que eso era lo único que necesitaba para llevar la contabilidad de los comercios del pueblo. Lo demás estaba en su cabeza. “Me pueden despedir de la escuela, impedir mi militancia socialista pero no podrán evitar mis conocimientos”.

Ella, abrazando a sus pequeños, llegó hasta el límite de pedirle que cumpliera con la Ordenanza Nº 35 de la Dirección General de Enseñanza Secundaria, que dejara de lado sus ideas políticas si no por miedo, al menos  por necesidad económica.

Buscó entre sus papeles y releyó el texto de la nota en la que “por expresas órdenes de S.E. el Sr. Ministro de Educación, a todos los propuestos para ocupar cátedras sean éstas en carácter de suplentes o provisorios, deberá exigírseles indefectiblemente el certificado que los acredite como afiliados al Partido Peronista, dejándose asimismo constancia del número y circunscripción a que pertenezcan, en la columna Observaciones de las fichas de proposición blancas o amarillas, según se trata. Firmado: Félix Nattkemper.”  Era del Director General de Enseñanza Normal y Secundaria del Ministerio de Educación de la Nación.

Pasaron algunos meses. El episodio no había sido olvidado porque el alquitrán no es fácil de quitar y ya todos sabían que él, como unos pocos más, seguían sin cumplir el llenado de la ficha. Sólo desocuparon el local y se distribuyeron, entre todos los afiliados, los libros que años después volverían, porfiados como ellos, a las estanterías de la biblioteca del  Partido.

Atribuyó el dolor abdominal a la comida, a la inestabilidad latente, a las consecuencias personales, familiares y hasta sociales de su negativa de afiliación hasta que se encontró internado con un diagnóstico indudable: apendicitis aguda.

Convalesciente aún de la cirugía recibió la nota, fechada el 9 de agosto de 1952, que en su punto primero decía: “Declarar cesante a los profesores provisorios de la Escuela de Comercio que a continuación se mencionan”. Leyó su nombre, apellido y documento. Quedaban atrás cuatro años de docencia exclusiva, de ejercicio de su indudable  vocación.

Empezaba otra etapa, sin dejar de lado sus convicciones ideológicas pero sin poder borrar de la pared la mancha de alquitrán, escupida por quienes se consideraban sus enemigos políticos.

 12/05/09

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