Era la reunión de despedida de un grupo de estudiantes amigos, antes de partir hacia sus respectivos pueblos. Ya estaba amaneciendo cuando, sin que nadie supiera cómo, surgió el tema de los vendedores ambulantes. Esos caminantes que golpean cada puerta para ofrecer lo que, supuso la mayoría, nadie les compra.

– No les compran ahora, pero el Tini Vigüenza bien que vendía – aseguró Manuel.

Ante la cara de asombro de unos y la mirada inquisidora de otros, se sirvió más cerveza y empezó a contar la historia del Tini.

Más o menos por los años cincuenta, cuando Rosario iba camino a ser una gran ciudad, los Baigorria vivían en las cercanías del Parque Independencia, zona de clase media baja. Baja pero trabajadora, aclaraban orgullosos.

Era más bien un barrio periférico, por donde tal vez rondaran los Galiffi, que manejaban todos los negocios ilegales ya conocidos y los que con creatividad inventaron.  “La Gata Galiffi” era la perla de la familia, no menos peligrosa que su padre, Chicho Grande y su eterno rival, Chicho Chico. Muchos, muchos años después supieron que, en realidad, era  “Ágata Galiffi”.

Años y calles de prostíbulos, cuchilleros y matones a sueldo, por lo general, de los políticos de turno.

Marcial Baigorria era ferroviario, un oficio más para el honor que para el puchero. Con Eloísa habían tenido un varón y cuatro mujercitas y de sus primeros años en el barrio nadie recuerda mucho.

La casa, típica de principios de siglo, tenía tres habitaciones conectadas entre sí que miraban al patio, resguardadas de la lluvia o del sol excesivo por una galería. Las macetas, altas y con tres patas, estaban colocadas a cada lado de las puertas, en forma simétrica, rigurosamente pintadas de rojo y todas con grandes helechos. En el patio, unos cuantos limoneros y más allá, estaba el tapial, de no más de dos metros de alto, marcando la ochava.

Una o dos veces por semana, Marcial se calzaba el uniforme de sarga coronado por la gorra que, en letras doradas, luego de la nacionalización ya diría “Ferrocarriles Argentinos” y partía orgulloso para el norte, de donde volvería luego de varios días con verduras, salames y quesos de campo.

Margarita, esa vecina infaltable en cada cuadra por la que nadie necesita comprar el diario, vivía justo frente al tapial y su casa parecía hecha para ella. O fue al revés y, por tener las ventanas a la calle, se acostumbró a mirar para afuera. Nada de lo que pasara en los alrededores le era desconocido. Estuviera en la cocina, en el dormitorio o arreglando las plantas del jardincito, ella veía todo.

Dijo no recordar cómo se dio cuenta pero sí que estaba segura: cada vez que Marcial se iba de mañana, cuando los chicos estaban en la escuela, Eloísa colgaba el mantel a cuadros rojos. Ella podía ver la soga perfectamente y porfiaba que ese mantel no flameaba en cualquier momento sino cuando rondaba el hombre de la boina, con batarazas y pañuelo al cuello… No, no podía ser casualidad. ¡No era casualidad!

¡Quién iba a pensarlo! – murmuraba Margarita, que decía no juzgar a nadie pero que puso más atención a lo que sucedía en esa esquina regodeándose en su propia imaginación.

Un día (ella jura que lo vio) cuando Marcial se fue, se levantó la soga con el mantel desplegado al viento y el de la boina, que ya no disimulaba tanto, entró. No se sabe si fue porque ya todo el barrio lo comentaba o por su propia intuición, pero esa vez Marcial no subió al tren y volvió a su casa, sólo para tener la certeza del engaño.

A partir de aquí, los detalles rayan en lo escabroso y no son tan precisos, sobre todo porque cada vez que Margarita lo contaba le agregaba algo, modificando el relato a gusto y requerimiento del interlocutor de turno.

Todo terminó con Marcial haciéndose cargo como pudo de sus hijos y Eloísa “de patitas en la calle, como correspondía”, aclaraba Margarita tomando partido.

Al poco tiempo, muy poco tiempo, entró por aquella puerta de hierro gris otra mujer, Antonia, que se instaló, como la Reina de Corazones, con sus tres hijos.

Esos siete casi hermanos forzosos compartían la escuela, la ropa, las pocas camas que cabían en los únicos dos dormitorios y la poca comida, ya que con el mismo sueldo hubo que dar de comer a varios más. Durante muchos años se acordarían del mate cocido con una cucharada de yerba para todos y del bofe frito como una herida marcada a fuego. Pero la vestimenta era lo más difícil. En la adolescencia los requerimientos eran mayores y se acotaban las posibilidades del intercambio de ropa.

Una vez por mes pasaba un muchacho de edad indefinida al que le decían el Turco, aunque en realidad era judío según supieron después, ofreciendo en su medio idioma “prendas bonitas para las niñas y ropa blanca para la señora”, todo bien dobladito en dos enormes valijas que abría, por turno, apoyándolas sobre una rodilla en maravilloso equilibrio.

Antonia compraba y, puntualmente, pagaba dos o tres pesos, que el Turco descontaba de la cuenta que llevaba en una libretita negra. Cuenta que tardaría años en saldar, en parte porque las necesidades eran continuas pero, sobre todo, porque en el precio estaba calculado ese ínfimo y continuado pago.

Era la forma en que la mayoría de las familias conseguía ropa, enseres para la cocina, vajilla, muebles y hasta pulseras de oro. Esos eran vendedores ambulantes.

– Esperá, Manu, Vigüenza no parece un apellido judío…¿O ése era otro?

-No, es el mismo, sólo que después le empezaron a decir “El Tini”…

Un día cualquiera, estaba el Turco parado en la puerta con una de sus valijas desplegada mientras la Piti miraba golosa dos o tres blusas, sin poder decidirse. El Turco le dijo: “prueba señorita”, al tiempo que alargaba la mano con la ropa.

No se sabe si por los hermosos ojos claros, su cabellera rojiza o el tono que usó ella, al Turco se le rompió el equilibrio y estuvo a punto de regar la vereda con toda clase de prendas, cuando la Piti, solícita, lo invitó: ¿Por qué no pasa y pone las valijas en la mesa?

“No, señorita, tini vigüenza” contestó en su típico cocoliche mientras abarajaba el desparramo como podía.

Así nació el Tini Vigüenza, vendedor ambulante, bautizado por los ojos de cielo de la Piti Baigorria y ahora, aplaudido con carcajadas por un puñado de estudiantes.

 02/05/07

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