Se bañó, se perfumó, se puso lo que él denominaba “robe de chambre” pero que en cualquier barrio se llama bata, de tela de toalla marrón con finas rayas blancas, clásica.

Miró la copa a trasluz, buscó y sirvió un vino, añejado en su propio sótano,  se sentó en un antiguo sillón forrado en cuero, colocó los pies en una banqueta ad-hoc y ampulosamente marcó “play” en el equipo de música.

Wagner, necesitaba a Wagner, sentir el dramatismo del buque del Holandés sacudido por la tormenta en medio del mar embravecido. Aunque, en todo caso, también cabría Tristán e Isolda, por más que estaba visto y comprobado que su Isolda no volvería.

Convencido de haber colocado un disco del gran alemán, se asombró cuando escuchó Smetana. Era Mi Patria, poema sinfónico en el que, según el propio compositor, “el bardo canta el esplendor de la nación, sus batallas y finalmente, su declive, cuando la gloria ya es sólo un recuerdo”.

Lo sacudió esa frase escrita en el CD y como si fuera un contrapunto, recordó que su mujer lo había abandonado, yéndose detrás de un joven abogado recién graduado. Qué peliculón, pensó alzando apenas el labio superior izquierdo, esbozando una sonrisa irónica.

A medida que la música describía el esplendor de la nación checa, su memoria retrocedía.

Se vio esperando en soledad algún cliente. Tan desvalido que hasta hubiera sido capaz de aceptar un pleito de divorcio o discusiones de vecinos por paredes medianeras, bien lejos de los principales y  resonantes crímenes que siempre supo resolver a favor de sus clientes, como buen abogado penalista que era.

Smetana cuenta las batallas y él se ve adolescente, embobado con esa rubia que le promete amor eterno…

El Moldava pasa ancho, majestuoso, brillante y poderoso, pasa por Praga, aunque él ahora sea apenas un chiquillo de siete u ocho años, en la orilla de un riachuelo marrón, tranquilo, con uno que otro remolino y bellos camalotes en flor.

Repite el momento en que trata de que su padre lo perdone, pero no es posible, las palabras no le salen.

-Decime que fuiste vos, Daniel y no un peón, decime la verdad, no me hagas pasar el papelón de preguntarles a ellos.

Silencio de culpa.

-Daniel, te traje a pescar para que nadie más se entere, porque todos saben que era mi pipa preferida.

Silencio de arrepentimiento.

-¿Sabés qué pasa? Que yo sé qué hiciste pero no por qué. Es así de simple, vos me lo contás, yo lo comprendo y nos olvidamos del asunto.

Silencio de decisión.

-Te rompí la pipa porque la quería torcida, como la de Sherlock Holmes. Yo quiero ser detective, papá. Con la pinza…

Silencio de asombro.

-Vos tenés que ser abogado, qué Holmes ni Holmes…¡Dónde se ha visto en la familia un mequetrefe semejante!

Smetana pasea por los bosques y campos de Bohemia mientras un par de lágrimas caen tintineado en el vino.

Perdió la batalla. No podría decir si en aquél momento, por no insistir; luego, al recibirse de abogado o ahora, casi al final, entregado a nada.

Allegro. Presto.

Se levantó, abrió un cajón del escritorio y sacó una hoja de cartulina que decía:

“Primera Escuela Argentina de Detectives. Por cuanto el Sr. Daniel Vinciguerra ha aprobado el Curso de Detective Privado por Correspondencia, se le extiende el presente Diploma a los veinte días del mes de noviembre de mil novecientos setenta y tres.”

Acordes finales, de Mi Patria y de su vida.

Silencio absoluto.

08/11/08

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