LA DANZA DE ESTEFANÍA

Apenas había terminado de restregarse los ojos cuando recordó que hoy se había comprometido a realizar una tarea nada agradable: desmalezar sus plantas.

Se estiró, retiró la sábana y notó que estaba algo fresco.

Se viene el otoño, fue lo primero que pensó y lo segundo fue que debía comenzar a hacer el cambio de ropa.

Estefanía, que no es como esas actrices que tienen más roperos que arrugas, durante varios días camina por su dormitorio esquivando el caos de cajas y bolsas, hasta que logra que todo quede en su lugar, inclusive su mal humor.  Ojalá ése fuera el fin del desorden, pero no, porque vuelve a hacer un calor de treinta grados a la sombra, después frío de dos con llovizna y ella busca y guarda ropa todo el tiempo.

Fue primero a la cocina, puso agua a calentar y luego, como una autómata, al baño. Esa rutina concluye en el momento justo para desandar el camino y preparar el té, que bebe de un sorbo, hablando sola y protestando por no vivir en una ciudad como la gente.

Se preguntó como qué gente. Ni que los demás fueran animales. ¡Estos dichos populares que repetimos sin que ninguno conozca el origen! En este caso preciso, se dio cuenta de quiénes pudieron haberlo creado y por una mera asociación, como surgen las ideas, recordó a José Frasehecha, el personaje de Tato Bores. Se lo extraña, pensó esbozando una sonrisa triste.

Prendió un cigarrillo, salió al patio y admiró sus plantas. No tiene lo que se dice un patio y menos aún tierra, césped, árboles frondosos, nada de eso. Sobre seis metros cuadrados de cerámicas rojas bien lustradas, catorce macetas con yuyos finos.

– Ojo al piojo – dijo a media voz – son yuyos pero necesitan cuidado y tienen nombres.

Ahí están la rosa color rojo desteñido comprada de mala gana al anciano que golpeó su puerta un domingo a las ocho de la mañana; un “croto” que trajo cuando fue a las cataratas; un par de “potos” que le dio una vecina;  un “jazmín del país” que creció de un gajo que encontró tirado en la calle; la gran “velo de novia”; tres helechos nacidos en los intersticios del tapial de ladrillos y algunos malvones. Conste que nadie puede certificar qué plantas son las que ella cree que son, salvo la rosa que, al igual que a los helechos y los cactus, nadie los discute.

Su lógica le indica que no es justo que esos yuyos sin estirpe quiten el poco nutriente que tiene la escasa tierra que cobija y da sustento al hermoso yuyo fino y con nombre más aristocrático como es el jazmín, por ejemplo.

Comenzó por los cebollines, logrando la mayoría de las veces cortarle las hojas antes que quitarlos de raíz, nunca por decisión propia. ¡La pucha que son profundas!

Había tréboles de diferentes tamaños y mientras los quitaba, buscó alguno de cuatro hojas. Casi al final de la tarea concluyó que para tener uno, más rápido y efectivo sería dibujarlo.

Ni bien extrajo el primer alfilerillo, decenas de hormigas comenzaron a correr desesperadas, para un lado, para otro, para el contrario, chocándose entre ellas y, algunas con más suerte que otras, desapareciendo en pequeñísimos agujeros.

– ¡Otra vez hormigas! – gritó Estefanía al aire – ¡Todas las semanas lo mismo! ¿De dónde carajo salen tantas?

Las siguiente maldiciones fueron apagadas por el sonido estridente del teléfono. Aplaudió para quitarse la tierra de las manos, tomó el inalámbrico, se lo calzó entre el hombro y la oreja izquierda y comenzó una extraña danza que consiste en agacharse y estirarse abriendo y cerrando puertas y cajones tratando de encontrar el insecticida. Arqueando la cintura revoleó los ojos buscando infructuosamente el cigarrillo que, por supuesto, no descansaba en ningún cenicero, mientras escuchaba la voz de su novio.

En esa posición semejante a un tronco de arrayán, sintió un tirón, un fuerte dolor en la cintura, donde comienza el nervio ciático. Primero el quejido y después la explicación a Luciano de porqué escuchó un ¡ayjnn!

Al darse vuelta, mientras continuaba con la búsqueda del insecticida encontró el cigarrillo, consumido sobre el flamante y ahora recién quemado lavarropas. Prendió otro.

Caminó hacia el baño con dificultad, arrastrando la pierna derecha, más cerca del jorobado de Notre Dame de lo que hubiera querido, desgranando rosarios, procesiones y letanías de palabrotas que fueron interrumpidas por Lucianito, que le estaba preguntando si tenía luz. Miró el microondas y sí, tenía, ¿por?

– ¡Ay, mi vida! Vos sabés que me olvidé de pagarla y ya se pasó el segundo vencimiento, te aviso porque te la van a cortar en cualquier momento.

Lo que Estefanía dijo después es irreproducible, era la cuarta vez que pasaba lo mismo, a pesar de que era quien él se ofrecía. “Dámelas, yo te las pago. Si no, ¿para qué llevo media vida laburando en el banco, me querés decir?”.

Ella ya se veía en la fila de la empresa pagando la reconexión, los intereses y queriendo matar a su novio por…

– ¡Aquí está! ¡Lo encontré!

– ¿Qué encontraste, pichona?……

– ¡El insecticida! No sabía dónde estaba…

– ¡Ah! ¿Y para qué?

– ¡Para ponértelo en la salsa!

Y cortó.

  15/05/08

Safe Creative #1106059387730

Anuncios