¡MUERE, ASESINA!

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No pensó en que era chico el puñal, que tal vez poco daño le haría. No. Levantó la mano y al primer golpe sintió que traspasaba su vieja piel, más dura que lo habitual por los años, las heridas, los accidentes y, sobre todo, los choques. Era muy común que atropellara todo lo que se le aparecía en el horizonte o lo que podría ser algo así para ella. Un dicho que es una ridiculez. Lo que se llama horizonte es siempre algo tan lejano que nada puede aparecerse y estar ahí nomás, a un paso para tocarlo.

Lo cierto es que, con horizonte o sin él, ella acababa de chocarse un barco de esos de piratas, no tan grande como majestuoso, con bandera negra de calavera y huesos cruzados. Barcos de pisos mojados por los constantes embates de las olas que hamacan a los tripulantes de babor a estribor, ida y vuelta, donde acaban golpeándose si no se aferran con fuerza. Con algún viejo que fuma en pipa y hace ruido con su pata de palo cuando de noche recorre la cubierta. Esos que tienen sogas gruesas que sólo hieren las manos suaves de los grumetes, jamás las callosidades de los marineros con años de agua salada en la piel. ¡Y con un ancla pesada, de gruesa cadena que hace un ruido infernal, delicioso y esperanzador al fondearla!

¡Qué ansiedad, navegar hasta la isla habiéndola avistado con el catalejo!

Esa noche, en esas precisas coordenadas, nadie esperaba semejante ataque.

La sorpresa les impidió modificar la escora y por el fuerte empujón el barco dio una vuelta campana arrojando a sus cinco tripulantes al agua.

El reflejo de la luz de la luna en las olas provocadas le permitió ver cómo los otros se hundían. Sólo los locos se embarcan sin saber nadar. Era imposible salvarlos.

Entonces él, envalentonado como todo petiso, sacó de la cintura su puñal, subió al lomo de la ballena y comenzó a darle, furioso y a los gritos, una puñalada tras otra.

Vengaría a sus amigos antes de morir de frío.

Catorce, catorce eran las puñaladas que llevaba clavándole con toda su furia.

A las tres y diez de la madrugada la madre, asustada, fue hasta su habitación y allí lo vio, saltando a horcajadas en la almohada mientras hundía su puño derecho al grito de “¡Te mataré, ballena asesina!”

Lo calmó suavemente para evitar que se despertara, lo tapó y puso fin a su aventura de piratas por los mares del sur.

 

 

 

EL NIÑO Y LA MARIPOSA (De 1906 a 1976)

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1906 “El niño”

–Mariposa

vagarosa

rica en tintes y

en donaire

¿qué haces tú de

rosa en rosa?

¿de qué vives

en el aire?

 

 

1976 “La mariposa”

–Niño, pelotas;

eres tan ingenuo

y tan güebón

como supongo,

usando todavía

el lenguaje romántico de

Pombo

mientras yo

huyo tambaleando

para uno y

otro lado porque

hay hombres

con veneno

fumigando los

sembrados.

 

“El arca de Noé – David Sánchez Juliao

ENORME Y GRIS

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La soga iba de punta a punta del terreno. Nueve metros y cincuenta centímetros de ropa chorreando al sol. En el medio, la caña la sostenía en una muesca rudimentaria, motivo por el cual se caía cuando había mucho viento. En el piso de tierra había tres agujeros que determinaban la altura. Esto era importante porque colocada la caña en el primero, los tres paraísos cubrían el sol por las tardes y posibilitaban que la ropa de color no se “mareara” o destiñera. En cambio, puesta en el último hacía que las sábanas, increíblemente blancas, no se acercaran al suelo. Las hamacaba el sol de la mañana, todos los martes y sábados.

Había días en que el viento sur sacudía árboles, soga y ropas sin perdones, haciendo resbalar la caña, ensuciando lo recién colgado.

Si a Ema ya le costaba un gran esfuerzo lavar todo a mano, en doloroso ángulo sobre la pileta, era insoportable sumarle la rabia de una segunda vez.

Estaba cansada de pedirle a Dardo que arreglara de alguna manera ese sistema. Todos los domingos, cuando volvían de misa, se lo recordaba.

Él se limitaba a asentir con la cabeza mientras murmuraba: mi vieja la usó así toda la vida sin quejarse. Gran olvido el suyo. Ninguno de los varones estaba en la casa para saber las desdichas de su madre y cuando llegaban sólo acertaban a comer el puchero, lavarse los pies y a dormir.

Pero hubo un día en que no dijo nada, calladito fue hasta el fondo, sujetó soga y caña con un alambre y eso fue todo.

En los siguientes ocho años que vivieron allí no se volvió a caer la ropa.

Entonces Ema cambió de letanía: tanto tiempo yo trabajando el doble y tan fácil que había sido, Dardo…

En esa manzana, casi al final de pueblo, sólo había otras dos casas y el almacén de ramos generales del japonés que, en realidad, era indio toba pero si le decían indio o toba se enojaba. Ya nadie recuerda a quién se le ocurrió decir que parecía japonés y resultó que no le molestaba tanto que lo tildaran de extranjero como sí ser nativo, de acá nomás.

El almacén ocupaba casi media cuadra. Vendía desde caramelos a forraje y herramientas. En el fondo guardaba algunos arados en desuso por si acaso y compartía el tapial con los Peppo.

Fuente inagotable de cargadas y disgustos ese apellido para las tres hijas, Mirta, Silvia y Olga, las “Pepitas”, de nueve, ocho y siete años.

Tal vez por temor a generar peores burlas, no revelaban un dato curioso: sus nombres empezaban con la letra del mes en que nacieron. Costumbre ancestral de la familia de Ema que nadie se atrevería a quebrantar, como la de plantar una hierba con la misma inicial. Así, a la izquierda, un poco más allá de calas y achiras, estaban la menta, la salvia y el orégano. También había romero, laurel y perejil pero no tenían el mismo significado porque estaban allí desde que Dardo era chico. No las cuidaba tanto como a las suyas.

En ese patio de tierra jugaban las “Pepitas” con sus amigas de la escuela marcando con un palo la rayuela o dejando las Pampero azules de un incierto color grisáceo a medida que eran espolvoreadas cuando saltaban a la soga.

Con todos los elementos a su alrededor, se transformaban en rubias con polen de aromito, podían estar horas enhebrando flores de paraíso para hacer una joyería completa y ya al anochecer, engalanaban sus uñas con pétalos de malvones porque una vez pegados con la cantidad conveniente de saliva, era imposible usar las manos. Sólo quedaba admirar la obra. Como todas las nenas de esa edad y en ese tiempo.

A media tarde, Ema hervía dos o tres litros de leche en una olla de alumnio algo abollada, le agregaba un poco de azúcar y una taza de yerba. Luego la colaba, la distribuía en jarritos enlozados y agregaba una rodaja de pan trozado. La única que no tomaba la leche era Pipi. Decía, enrollándose en dos dedos el ruedo del vestido: gracias, doña Ema, pero el mate cocido me hace mal a las tripas, me da cagadera. Sólo el pan déme.

Un día, jugando a las escondidas, Mirta trató de subirse a un paraíso. El tapial era alto, viejísimo, con ladrillos mal colocados y otros a los que le faltaba el barro o lo que fuera que debía mantenerlos pegados. Puso la punta del pie en uno que estaba apenas hundido pero fue suficiente para que se deslizara hacia el patio del almancén.

Cuando terminaron de jugar, Mirta les propuso quitar ese ladrillo y un par más y así podrían escalar hasta llegar a la cima de una supuesta montaña. Sacaron tres pero no hicieron cumbre. En realidad, la única que podría haber subido era ella, ser la mayor le concedía autoridad y altura pero sin competencia no tenía gracia. Y por un tiempo quedaron olvidados los agujeros en el tapial.

Claro que no todo era jugar, así es como aquella tarde estaban las tres “Pepitas” haciendo los deberes –tarea se llamó muchos años después– en la cocina y Silvia trataba de memorizar la tabla del seis mirando por la ventana.

–Seis por siete… ¡Mirá, mami, el gatito del japonés se vino para acá!

–El japonés no tiene gatos, tiene dos perrazos bulldogs para que no le roben.

–Pero yo lo vi.

–Estudiá, mejor, debe ser de otro lado. ¿De qué color era?

–Gris.

–De don Fritz no es tampoco, porque el de él es negro y blanco. ¡Andá a saber de dónde vino! Ya se va a ir, así son los gatos. Dale con las tablas que después la Mirta te las toma.

–Yo quiero un gatito– dijo Olga.

–Lo que me falta a mí es otro animal. ¿No te alcanzan las gallinas, el Pedrito y el Batuque? Bueno, porque a mí sí, soy la única que les da de comer y los cuida. Aquí nadie se hace cargo de nada.

Lo dijo en general, pero era para Dardo en particular, sólo que él no estaba.

A la noche, Olguita, que sabía a quién pedirle, volvió a sacar el tema del gatito y el padre se lo prometió para el cumpleaños. Hasta octubre faltaba mucho, para ese entonces no se acordaría más.

Estaba llegando el invierno y como todos saben, oscurece tan temprano que todos los chicos se quedan en sus casas. Las “Pepitas” también.

Las dos más chicas estaban en la cocina jugando a la escoba del quince, Mirta leía en el comedor y Ema planchaba en la mesa de la galería que daba al patio.

Tanta humedad debía desembocar en esa llovizna que apenas hacía ruido al caer sobre las plantas.

–Silvia, entrá al Pedrito antes de que llueva más fuerte.

–Que vaya la Mirta, que nosotras estamos jugando.

–Ah, claro… Yo estoy leyendo, les contestó.

–Sí, ya sé –protestó Ema– al final le van a pedir al pobre loro que entre solo. Siempre lo mismo, termino yendo yo…

Un alarido, otro y otro. Agudísimos. Tremebundos.

Olga y Sivia quedaron estupefactas y no atinaron a moverse. Mirta tiró el libro al piso y corrió hacia la galería.

Ema estaba subida a la mesa. Sentada sobre las tablitas del delantal recién planchado, con una mano apretaba la plancha y con la otra, las piernas contra su cara. Cuando pudo, siempre a los gritos, dijo que había entrado una rata y andaba “por ahí”. Las chicas escucharon, olvidaron las cartas y treparon a la mesa de la cocina.

Mirta cerró la puerta del patio recibiendo otro griterío materno que sonaba algo como “dejá abierto para que salga”. Sin prestarle atención, constató que las puertas de los dormitorios estuvieran también cerradas, buscó la escoba y empezó la cacería.

Minutos que parecieron horas corrieron ambas dando vueltas por cocina, galería y comedor hasta que al final la acorraló y la mató a escobazos. La barrió hasta el patio y cerró la puerta con llave, única forma de que Ema se calmara.

Recién entonces, las chicas corrieron a la galería y se abrazaron a su madre que todavía estaba temblando, hecha un bollito sobre la mesa.

Dardo, que acababa de llegar, no entendía nada y preguntó qué pasaba.

Ema lo vio, bajó de la mesa y quedó apoyada, lívida, intentando explicarle. Pero fueron las “Pepitas” las que le contaron la ridícula situación y aprovecharon para reírse de la madre. Todos, Dardo también.

Hasta que Ema golpeó la mesa.

–¡Basta! Esa rata, que encima era enorme y gris, vino de lo del japonés porque ustedes sacaron los ladrillos. Mañana los ponen de nuevo y me consiguen un gato negro, blanco o verde, no me importa.

Y se ríe de mí quien no le tiene miedo a las langostas, las cucarachas o las arañas. Mirando a su marido agregó: o a una lechuza.

 

JULIA

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Fuimos un miércoles.

Pancho tenía una combi con la que, de jueves a domingos, llevaba a las orquestas a tocar en los pueblos y ciudades más variados. Los demás días descansaba, salvo que saliera algún viaje extra o changa mecánica.

Esa semana sería distinta. El martes, sentado en su silla petisa esperando que tía Julia sirviera la comida, me preguntó:

–¿Vos conocés la Basílica de Luján?

–No fui nunca, por fotos nomás.

–Nosotros vamos mañana, ¿querés venir?

–Bueno, dije con mediano entusiasmo.

Por razones de trabajo habíamos recalado en Rosario, donde vivían los Muñiz: Victoria, Julia, Tita y Miguel.

Tíos políticos que fueron muy buenos conmigo sin lograr modificar mis días  aburridos, a veces tristes, ni la esperanza de volver a Santa Fe.

Tía Julia, la que más quise, trataba de acompañarme e intentó hacer, a su manera, un poco más entretenida esa estancia: todas las tardes mientras tomábamos mates dulces con algún yuyo, los que no tuve más remedio que aceptar, me contaba anécodatas familiares y vecinales.

Las familiares quedarán en la intimidad. Jugosas historias que no sólo ella sabía pero que fue la única en destaparlas, literalmente.

En cuanto a las sociales, era la persona más informada del barrio. Justo debajo de la ventanita de la cocina que daba a la calle, había una mesa con tres sillas. Sentada todo el día debido a su disminución física, intercambiaba chismes con sus amigas sin disimulo: desde la vereda y acodadas en el marco le susurraban novedades. Era propiamente una cadena, porque ella recibía de unas que transmitía a las otras y viceversa.

Por ahí atendía al verdulero, al panadero y al quinielero, que se llevaba su moneda diaria de cinco o diez pesos a cambio de un número que nunca era el mismo. Para no equivocarse, tía Julia los anotaba en una libretita a razón de tres columnas por página y cuando ganaba ponía los billetes en una lata de bizcochos Canale.

Esos ahorros estaban destinados a su hijo adolescente, que por su comportamiento rebelde, a diario recibía respuestas paternas negativas. Llegó un momento, después del tercer permiso “sacá de ahí”, en que la lata se convirtió en un autoservicio.

Ella siempre aclaraba que no tenía plata, sólo la que su marido le dejaba para la comida. Tan conocida era la historia de los Canale como públicas las letanías de  supuestas desdichas financieras y, sin embargo, Pancho pagó sin chistar el regalo que le llevarían a la virgen.

Lo que pida mi Julita yo lo hago, dijo abrazándola  contra su panzota. Vamos, que eso no era tan así. Todos, ella también, sospechábamos que cuando viajaba no se conformaba con su Julita. Al respecto, lo común era el silencio.

Una vez por semana tía Tita iba a baldear el piso de ladrillos de esa galería larguísima y también limpiaba el resto de la casa.

Julia sufría una insuficiencia respiratoria que sólo le permitía algunas tareas, cocinar, lavar y colgar la ropa y poco más. Dependió, para todo, de todos. Pero era Tita la que siempre estaba para ayudarle.

El asmopul sobre la mesita de luz, la imagen de la Virgen de Luján en cuadro con ramita de laurel en el vértice izquierdo y un rosario de cuentas blancas, pendiendo de un crucifijo colaboraban, de hecho, para que sobrellevara su existencia con alegría impensada.

No iba los domingos a misa. Sin mucha explicación me dijo que no necesitaba nada de los curas y con “el de arriba yo me arreglo sola”.

Pero ahora vas a ir a Luján, le cuestioné la noche en que preparábamos los bártulos para el viaje.

“Es la única que me escuchó y voy a agradecerle”.

Hubo que dejar la camioneta algo lejos y tía Julia caminó, despacio, sostenida por mi brazo, con la mirada en la basílica y temblando.

Pancho fue a buscar al cura. Ella se sentó a descansar en el banco más cercano a la puerta. A su lado, yo miraba incrédula esas paredes forradas de vitrinas con toda clase de objetos, desde trajes de novia sin uso a escarpines desteñidos. Cartelitos alusivos con fechas, fotos, flores secas, de papel o de tela.

Boquiabierta me acerqué a una donde estaban, ordenaditos y colgando de clavos muy chiquitos las más diversas figuras en relieve, en oro o plata, de partes del cuerpo humano.

¿Eso trae la gente? Le pregunté, pero no contestó porque ya llegaba el cura.

Ella se incorporó, alcancé a escuchar el silbido típico: apenas podía respirar de la emoción, sacó de su bolsillo una cajita, la abrió y se la entregó.

Pude ver un dorado pulmón izquierdo, al tiempo que escuchaba su explicación:

“Padre, le prometí a la Virgen que, si después de la operación que me hicieron por la tuberculosis, podía tener y ver crecer un hijo sano le traería, en oro, la imagen del pulmón que me quedaba. Demoré unos años, como quince, pero aquí está.”

A la vuelta, en silencio, le cebaba mates a Pancho para que no se durmiera.

Unos meses después, nos volvimos a Santa Fe.

Allá quedó Julia, respirando apenas pero con fuerzas para llegar a ver a su hijo casado y conocer al primero de sus tres nietos.

Murió en su casa de ladrillos pegados con barro, maderas, chapas y pisos de lechinada de portland porque nunca quiso mudarse. Pudiendo hacerlo, dijo no. Prefirió un horno en verano, el polo en invierno y siempre, un húmedo desastre para su débil salud.

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AQUEL GRAN VIAJE

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A mediados de 1960, mi papá con dos amigos galvenses, Walter B. y Carlos C. más una profesora de inglés, Susana G. viajaron a Estados Unidos. Ellos, a la Convención de Rotary Internacional y ella a un curso de perfeccionamiento del idioma.

Una vez que llegaron, alquilaron un auto y, si la memoria no me falla, hicieron algún viaje de pocos días los cuatro juntos hasta la fecha en que ella comenzaría los estudios.

Cuando se separaron vivieron, por decirlo rápido y fácil, la cruda realidad aunque la situación había sido prevista. Ninguno de los tres sabía casi nada de inglés. El que mejor se las arreglaba era el gringo, siempre ayudado por un diccionario y los apuntes de las clases que Susana les había dado durante algún tiempo antes del viaje.

Lo que estaba escrito era fácil. Las complicaciones y malentendidos surgían cuando querían hablar o trataban de entender indicaciones.

Hubo anécdotas de varios colores que el tiempo ha ido borrando, sólo recuerdo dos o tres.

Una, cuando tuvieron que dejar una bolsa con manzanas en el puesto fronterizo entre un Estado y otro, porque este último era productor y sus leyes prohibían el ingreso de la fruta. Era gracioso escucharlo contar las pretendidas discusiones con los de la garita: Los yanquis no hacían esfuerzo por entenderles el castellano mechado con palabras que no sonaban a inglés. Y, a pesar de las señas y carteles indicadores, ellos no entendían por qué sólo podrían continuar si dejaban la fruta o pagaban la multa.

Aquiles desembolsó y arrancó.

“Están todos locos en este país. Allá nadie te dice nada si te vas a Tucumán con naranjas de Coronda”, refunfuñaba Walter.

Carlos contaba en las charlas galvenses: “Si algo nos faltaba en ese viaje eran dólares. Yo les hubiera dado la bolsa y que se las coman ellos pero el gringo no quiso”.

“¡Y después tenías que comprar cualquier otra cosa para comer, era lo mismo!”,  retrucaba el aludido

Fue un viaje gasolero. El Rotary algo les pagaba, un poco tenían ahorrado y el resto lo consiguieron prestado sin intereses, de palabra: “Estás loco, ¡qué me vas a firmar!, “me los devolvés cuando podás”. Pero ninguno quiso endeudarse demasiado. Pidieron lo que sabían que podrían pagar. Pueblo, año sesenta.

Otra situación, entre incómoda y graciosa, se dio cuando decidieron comer en uno de esos restaurantes que están al costado de las rutas. Un muchacho muy amable les dejó a cada uno un papel en tonos marrones con el menú.

Pidieron las bebidas, fácil. Y se dedicaron al diccionario para descubrir qué tendrían en el medio esos panes redondos, luego llamaron al mozo.

Carlos puso el índice en el renglón numerado 19, al tiempo que señalaba a Walter y movía las manos indicando que querían “de éste, uno para cada uno”.

Hasta aquí, todo iba sobre ruedas.

Aquiles le señala un número y aclara “no ketchup”. El chico, no pudiendo creer lo que escuchaba, contesta algo así como “es con ketchup”. “Pero yo no quiero con ketchup”. “No se puede no ketchup”. Diez minutos discutiendo el con y sin ketchup hasta que un mexicano que acababa de llegar, escuchó las maldiciones en castellano y se acercó a preguntarle qué problema tenía.

“Pedí un sandwich que dice que lleva ketchup y yo lo quiero sin aderezo, estoy descompuesto, sólo puedo comer la carne, el tomate y el queso.”

Pues no, señor, usted quiere el 21 y cuando el mozo le pide al de la cocina un 21 el cocinerito sabe lo que tiene que poner y eso es lo que hace. Es así, o come lo que está indicado o elige otro, señor.

El gringo tragó saliva, le agradeció los buenos servicios, ratificó el 21 y lo destapó para quitarle una buena cantidad de ketchup. “Peor hubiera sido reventarme el hígado con salchichas”, se conformó.

Origen de varias cargadas por mucho tiempo fue el inconveniente que sufrió  Walter. Pararon en una estación de servicio y se dividieron de acuerdo a las necesidades. Carlos fue a comprar algo para comer que, señalando y conociendo la moneda, no le resultaría difícil. Aquiles quedó encargado de la nafta, aceite, agua, revisión general del auto mientras Walter se dirigió al baño.

Apenas unos segundos después, lo ve venir al “Gordo” corriendo desesperado y se larga una hermosa carcajada.

“Sos muy gracioso tratando de correr, ¿qué te falta? “

“¡Gringo de mierda! ¡Si sabías, por qué no me avisaste que sin monedas no se abre la puerta!”

“Aquí se paga por todo, lo que no sabía es que vos no tenías” y seguía riéndose aún después de habérselas dado.

No recuerdo si el problema fue que no tenía monedas, lo que sería insólito o,  como me inclino a pensar, no tenía las del valor requerido.

Cambio de ropa y a seguir viaje al norte.

Unos meses antes, Aquiles se había contactado con su tío materno, el “zío”  Carmine, que vivía en Chicago y a quien, por supuesto, quería visitar. Treinta años habían pasado desde que salió de Italia. Si ahora hacía miles de kilómetros, ¡cómo no dar un paso más para abrazarlo, borrar con una mirada tanta guerra, posguerra, migraciones y añoranzas!

Le avisó que iría con dos amigos. Carmine respondió que todos eran bienvenidos. Y allá fueron, buscando en los conocidos mapas de papel la dirección que apenas un par de veces había escrito en los sobres.

Cuando dieron vuelta en una esquina, la sorpresa fue enorme y los dejó mudos: Zío Carmine había cerrado la calle. Rodeada de veinte o treinta sillas (nunca llegó a contarlas) había una larga mesa con mantel, vajilla y servilletas.

Se miraron reconociéndose, se abrazaron, lloraron, hablaron al unísono y comenzaron las presentaciones. Porque “mi sobrino viene de Argentina con unos amigos y vamos a recibirlos como corresponde” significaba que todos los que vivían en esa cuadra iban a agasajar a los recién llegados.

Tío, sobrino y vecinos se entendieron en una mezcla de italiano, varios dialectos, inglés y castellano. Ni Carlos ni Walter entendieron mucho, para ser indulgente. Sin hacerse problema, se dedicaron a comer todo lo que caía en sus platos (ya sabemos la cantidad de comida que son capaces de hacer las italianas) exquisitamente regado con vino casero. ¿Qué gringo no tiene unas vides en el fondo de su casa?

Carmine y Aquiles hablaron toda la noche, los demás no se acuerdan a qué hora se acostaron. Cuando se despidieron lloraron todos, la mayoría por contagio, de pensar en el sufrimiento de la nueva separación.

Se fueron del barrio con el auto lleno de comida, bebida, besos, abrazos, más llantos y la promesa de que se verían al año siguiente y que Carmine cumplió.

La Convención del Rotary era en La Habana y si bien Estados Unidos no había impuesto el bloqueo a Cuba todavía, el gobierno de Fidel Castro empezaba la nacionalización de las empresas norteamericanas. Las relaciones se enfriaban cada vez más y no había vuelos comerciales entre los países. Debieron volar a México donde visitaron la imponente y prestigiosa Universidad  Nacional Autónoma y los no menos prestigiosos bares del Distrito Federal.

Tranquilos y seguros, cruzaron el Golfo y llegaron a la isla.

Es fácil darse cuenta de que tanto en México como en Cuba pudieron conversar sin muchos problemas, sobre todo porque podían pedir aclaraciones de los modismos.

Con la Revolución en sus comienzos, comenzaba a también aplicarse la primera reforma agraria. Las calles de La Habana hervían de gente con ropa de fajina y felices de ir a levantar la zafra o a trabajar su propia parcela.

En el bellísimo edificio Bacardí, ya expropiado, se realizó la Convención y entre los mármoles rojos del hall principal, posaron los Rotarios para la foto.

Entre todas las cosas que trajo de ese primer gran viaje, tengo el “merchandising” de la Revolución plasmado en dos prendedores de metal.

Uno, que era para mi mamá, es un fusil rojo que dice, orgulloso: “QUE VENGAN”.

El mío, es un machete rojo y negro que ostenta una bandera cubana y avisa: “La R. AGRARIA VA”.

Desde 1961, año de la segunda reforma agraria que no lo uso.

 

Una perlita: El Rotary Club de La Habana en abril cumplió sus cien años y nunca tuvo problemas con el gobierno. Inclusive, aunque desde 1979 no se permitieron más sedes que las que ya estaban funcionando, colaboró y continúa colaborando con lo que les haga falta: en junio llegó a Cuba un contenedor con 275 silla de ruedas.

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03/12/2016

 

 

NO TE DETENGAS – WALT WHITMAN

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NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Versión de: Leandro Wolfson

DE PIEDRAS AMARILLENTAS ERA EL FRENTE DE SU CASA.

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Sobre la avenida, con aberturas pintadas de verde oscuro. Sin árboles.

Tenía un porche que a la derecha comunicaba con un largo pasillo al que abrían las ventanas iluminando living, comedor y cocina.

Ahí vivía Jorge.

Un Jorgito morocho de ojos tan oscuros que no se distinguía iris de pupila. Un par de bolitas negras bordadas con pestañas larguísimas.

Un poco más chico que yo, se permitía llorar cuando sin piedad le ganaba una carrera y sonreír si le ayudaba a hacer los deberes creyendo, inocente, que su madre no se daría cuenta.

Tenía su dormitorio forrado con estanterías colmadas de juguetes, nacionales e importados. Cortinas y cubrecama de la misma tela, con dibujos infantiles.

Solía ir con mi abuela, caminando tranquilas las nueve cuadras, para llegar a tomar el té o, a lo sumo, un cafecito.

Ahí estaban, sentados en el living, Freddy leyendo los diarios de la mañana y Zita bordando tapices. Jorgito, entretenido con el mecano.

Un día cualquiera, un chaparrón intempestivo nos obligó aceptar la invitación de Zita y nos quedamos a comer para después, al amainar el temporal, volvernos en taxi.

De noche, los grandes suelen susurrar conversaciones pensando que los chicos duermen. A veces sí. A veces se enteran de lo que, se supone, no deberían.

Hacía un tiempo que yo sabía.

Por eso, mientras escuchaba la lluvia en el techo de zinc, con el coraje que da la luz apagada, le pregunté:

—Abu, ¿es cierto que Jorgito no es el hijo de Zita?.

Tras unos segundos volví a escuchar su respiración, apenas repuesta de la sorpresa.

—Sí, es cierto, pero no tenés que decir nada. Es un secreto. Ellos lo criaron desde que nació porque su mamá no podía cuidarlo y se los dio.

—¿Y por qué no lo podía cuidar? ¿Quién era su mamá?

—Es una sobrina de Freddy que se fue a trabajar muy lejos y allá no tenía quién lo cuidara. Por eso se los dio a ellos. Sabía que lo iban a querer mucho.

Sonaba a engaño eso de trabajar lejos. Ella se dio cuenta de que no le creí.

—¿Y vos cómo sabés?

—Escuché una noche que mi mamá y mi papá hablaban de que había sido un error, pero no entendí por qué. ¿Vos sabés qué cosa fue un error?

Se quedó, otra vez, sin habla y optó por lo más seguro:

—Dormí que es tarde.

Al cabo de unos meses, llegó a casa mi abuela y a punto de llorar, contó, después de que me mandaran al patio:

—Les sacaron el chico a Freddy y Zita. Vino la loca con la policía a quitárselos. ¿Podés creer que denunció que se lo robaron? ¡Siete años queriéndolo y cuidándolo como un hijo y ahora a ésa se le ocurre venir a buscarlo!

—¿Y Jorgito qué dijo?

—Gritaba que no quería ir, no entendía nada, lloraba, te imaginás que él no la conoce. Figurará en la partida de nacimiento que es su madre pero nada más. Zita no soportó la situación, se descompuso y está internada en el Italiano. Con una cura de sueño, algo así. Freddy instalado con ella.

—Menos mal que era la sobrina…A veces, los parientes son los peores— sentenció mi mamá, que tampoco contenía las lágrimas.

—Fue un error no pedir la adopción. Si ella lo abandonó, hubieran podido hacerlo.

No supe qué hacer y me fui a llorar al lado del gallinero.

Cuando volvimos a verlos, la casa no era la misma.

Intenté abrir la puerta del dormitorio de Jorgito cuando fui al baño. Estaba cerrado con llave.

Ellos, descuidados, hasta despeinados parecían en la penumbra de la lámpara de pie. Estaban sentados uno en cada sillón, en silencio, con las ventanas y cortinas cerradas.

Hubiera querido no verlos así.

Al poco tiempo, un cáncer de páncreas terminó con el dolor de Zita.

Freddy la siguió al año siguiente.

Nunca supe dónde llevaron a Jorgito.

Tampoco lo olvidé.

De piedras amarillentas es el frente de su casa.

Sobre la avenida, sin árboles que oculten la tristeza.

 

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