NEURONAS, DENDRITAS, SINAPSIS Y MISTERIOS

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Hay dos lugares donde mi cabeza trabaja sin que medie pedido especial, sin que me lo proponga: la cama y el baño. Suele sucederme también en la cocina pero es menos frecuente y casi siempre es la idea de algún cuento, o el final. Frases enteras, armaditas que cuando quiero escribirlas quedaron en la olla o se lavaron con detergente.

En cambio, baño y cama son infalibles.

Entre mis familiares y amigos son conocidas las anécdotas y estoy segura de que no me creen.

Sin remontarme a primaria o secundaria, donde también me pasaba, pongo un primer ejemplo.

Ya teníamos las dos primeras hijas y se me ocurrió retomar la carrera de Bioquímica. Estudiaba con Lidia para rendir Química Analítica o Inorgánica, no lo recuerdo y no tiene importancia. Habíamos estado todo el día peleando contra un problema. Ella venía a las ocho y, con las habituales interrupciones de las nenas, comida, compras y ropa que lavar, habíamos llegado a la hora de cenar sin poder resolverlo.

Sugerí que comiera con nosotros y después podríamos continuar dos o tres horas más, porque estábamos ahí del examen. Ella, más inteligente, dijo que no. “Mejor seguimos mañana, con la cabeza más fresca porque tengo números hasta en las orejas y así no le vamos a encontrar la vuelta”-

Eso hicimos.

Habrán sido las dos o tres de la madrugada. Sueño que estoy escribiendo en el cuaderno de hojas cuadriculadas y veo mi mano resolviendo el problema. Me desperté, calculo que del susto, fui hasta el comedor, abrí el cuaderno, anoté todo y me volví a la cama, a continuar durmiendo.

Cuando vino Lidia y le conté, después de reírse un rato, miró la solución y dijo: “Serás loca, pero está bien resuelto, es así”.

Creo que no figuraba en el examen ningún problema parecido, o sea, sólo sirvió para mi satisfacción. Aprobamos. Rendí un par de materias más y abandoné. Ella se recibió, por supuesto.

El baño también tiene que ver con números y letras y más cercano en el tiempo, no demasiado.

Trabajé siempre en la pieza del fondo: archivos, carga de datos, redacción de notas no frecuentes, temas legales, control de planillas, nada que tuviera que ver con la atención al público porque no tengo carácter ni paciencia con los adultos.

En esos años cumplía horario de tarde. Me pidieron una nota bastante complicada que debería enviar mi compañera al correo a la mañana siguiente. No es que ella no supiera redactar, sino que no conocía el tema ni la historia del asunto.

En mi escritorio tenía un “tractor” Olivetti que soportó el ruidoso tecleo un par de horas y varias hojas del derecho y del revés tiradas al papelero. Muy enojada, porque me saca de quicio no poder hacer algo que se supone que sé, dejé anotado: “No hay caso, no me sale. Mañana la hago en casa, te llamo y te la dicto”. Y me volví.

Cocinar, comer, atender las necesidades escolares de las cuatro y cuanta cosa haya hecho hasta acostarme, estuvo signada por esa idea en mi cabeza. Qué escribir y cómo.

Al día siguiente, después de desayunar, me fui a bañar. Necesitaba tiempo porque eran años de ruleros y no me gustaba, ni me gusta, usar el secador de pelo.

¡Hermosa ducha del milagro! Lavándome la cabeza empezaron a ocurrírseme una frase tras otra. Salí corriendo, envuelta en toalla, busqué papel y birome y por fin tuve la nota lista y bonita.

Llamé a mi compañera, le conté dónde lo había logrado y escuché lo mismo que antes: “Sos loca, pero efectiva”.

Más de una vez me llamó para decirme “Bañate que necesito nota para el Ministerio”,  “Bañate y fijate si te acordás dónde está tal cosa” o “Date un baño iluminador y…”.

Hubo otros mientras estudiaba periodismo pero los obviaré para no cansar.

Esta mañana me levanté con una sonrisa y entusiasmada.

Durante la noche, mientras creí dormir plácidamente, me despertaron unas puntadas agudísimas en la “boca” del estómago. Al rato, dando vueltas para buscar una ubicación que paliara el dolor, me di cuenta de que los intereses de los plazos fijos que no se retiran, se capitalizan. Generan un nuevo capital. Una pavada, cualquiera lo sabe, pero no lo había pensado así hasta hoy a las tres y cuarto de la madrugada.

Como si fuera poco, con los ojos cerrados y en la oscuridad “vi” un pizarrón de los viejos, negros despintados, de la Escuela de Comercio con una fórmula:

 

Interés =   Capital x Razón x Tiempo

               100 x Unidad de Tiempo

 

No me sirve para nada.

¡Pero qué lindo fue recordar fórmulas inútiles en lugar de dormir!

Cosa misteriosa y apasionante, la memoria.

 

 

 

 

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POMPÓN, MAMÁ Y YO

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Fue hasta ese momento una gran persona, muy cariñosa, buena, solidaria y generosa a quien queríamos mucho. Un hada madrina de cuento.

Pero nos hirió a los dos, aunque sea sólo yo quien lo exprese.

No pidió perdón ni me importa, soy de los que se sientan a esperar que pase el cadáver del enemigo. He visto a varios doblar la cerviz, tal vez no aquí en este jardín pero la satisfacción es la misma.

Además, no quiero engañar a nadie, la palabra “olvido” no figura en mi diccionario.

Volver invisible a la gente es un ejercicio que comencé tal vez desde muy chico, sin darme cuenta. Las burlas de mis supuestos amigos, las risas acalladas cuando doblaba la esquina, las falsas citas en algún café, el apodo “Bonavena” porque ni con la gorra puesta lograba pesar cincuenta kilos, los carteles “PEGUE QUE NO DUELE” fijados con alfileres a mi espalda forjaron, lentamente, ese rasgo en mi carácter.

Primero me enfurezco y luego decreto la “muerte” del agresor.

En aquel momento se lo dije (además, me conocía bien) pero no me escuchó. Empeñada en escupir lo peor, cada palabra era un dardo acercándose al blanco. Entonces, opté por lo que se merecía: le hice la cruz. Chau. Fuiste.

Desde que nací vivimos en esta casita que mamá logró comprar con un crédito a pagar durante miles de años pero qué importaba si iba a ser nuestra.

Poco tiempo después vino a vivir a la vuelta su mejor amiga, ya viuda. Las casas se tocan patio con patio, jardín con jardín y a través del alambrado pasaron gatos, perros, gallinas, ropa, comida y plata.

Por una cuestión que tal vez ahora no se entienda pero que fue costumbre arraigada en nuestras familias, como era muy amiga de mi mamá yo le decía “tía”. Fue la tía Pompón porque tenía el culo grande y redondo, no por Asunción como ellas pensaron.

Aunque no trabajaba el dinero no era su problema. El finado era gerente de un banco cuando lo chocó el camión así que cobraba una buena pensión.

Sin hijos ni parientes a la vista, decía que yo era su ahijado aunque no hubiéramos pasado cerca de la pila bautismal.

Vivía comprándome golosinas, ropa, zapatillas, juguetes y el álbum de figuritas hasta que lo completé.

Mamá ponía reparos del tipo “va a ser un caprichoso” o “que no se acostumbre a tener todo porque después no valora nada” aunque era gastar pólvora en chimangos.

Cuando anunció que ella pagaría el viaje a Bariloche de fin de quinto, mi vieja se puso roja y empezó con las recriminaciones pero ella rapidito la atajó con un “la mortaja no tiene bolsillos”.

No estaba muy seguro de querer seguir estudiando. Dudaba entre la licenciatura en matemática y abogacía aunque veterinaria también me gustaba. Por fin encontré lo que creí que era una solución inteligente: trabajar hasta que pudiera decidir.

Ya había hablado con el panadero de la avenida para atender el mostrado o “blanquearme” en la cuadra pero mamá se opuso, ella quería que estudiara. Gran discusión sobre mi indecisión y, sobre todo, nuestras finanzas hasta que con mucha razón dijo: setenta kilómetros no son tantos, podés viajar los días en que tenés clase, sale más barato y de paso, no me quedo sola; vos vas a estudiar porque tenés cabeza, no como tu padre.

Se notó que lo tenía muy pensado porque lo largó de un tirón pero se le escapó ese  detalle, creo: lo había nombrado por primera vez. Aproveché para preguntarle quién era. Ya no importa, murió aplastado en una mina de carbón, por eso vos vas a estudiar, dijo haciendo mutis hacia el patio y no volvió abrir la boca. Tampoco insistí, la verdad.

No fue una gran sorpresa que tía Pompón, con una excusa baladí me hiciera ir con ella al banco y abriera una caja de ahorro a nombre de los dos. “Podés sacar lo que necesites para estudiar y si me pasa algo, es todo tuyo. No quiero regalarle nada al banco, ya le avisé a tu vieja para que no proteste”. La abracé y le dije: “Soy un tipo con suerte, tengo dos madrazas”.

Pero siempre hay un “pero”.

Fue un sábado, me acuerdo porque Unión estaba en la B y jugaba los sábados, que llegué de la cancha y los encontré a los tres. Mamá cebando mate a tía Pompón que tenía a un tipo agarrado del cogote, aunque ella pensara que era un abrazo. El gordo era igual a Porky hasta en el tartamudeo.

Todos los fines de semana visitaban a mamá, tomados de las manos, riéndose por nada. Felices.

No sé qué tienen los sábados pero el día que discutieron Unión jugaba en Jujuy y yo tenía la radio pegada a la oreja. Alcancé a oír algo referido a que Porky la miraba mucho a mi vieja o al revés. Cuando llegué a la cocina se estaban yendo, tía Pompón taconeando y sacudiendo el culo muy enojada y él, con pasos cortitos trataba de alcanzarla. Mamá quedó pasando el trapo a la mesa siempre en el mismo lugar y sin hacer preguntas volví a mi cuarto a escuchar los últimos minutos del partido.

La cosa no pasó de ahí, seguí viajando y ellos tomando mate con bizcochos o tortas fritas, que a mamá le salen riquísimas.

Por fin, con la última materia aprobada, era un licenciado más buscando laburo. Salí de la facultad, mis amigos me bañaron con agua y medio almacén como premio y cuando logré abrir los ojos vi a los tres parados en la vereda de enfrente. Se me aflojaron las piernas porque no los esperaba. Estaba feliz, feliz.

Volvimos todos juntos como una familia y como tal terminamos enojados. Porky absorto en el volante, mamá en silencio y la tía Pompón largando indirectas sobre esa supuesta relación que la corroía.

Al llegar a casa le dije: “Basta tía Pompón, te estás poniendo estúpida”.

“Ya me vas a dar la razón”, contestó muy segura.

No vale la pena continuar con un relato pormenorizado de los desatinos de tía Pompón que, por supuesto, fueron incrementándose. Porky se cansó de sus celos y ¿qué hizo? Le dio el gusto y se fue con otra sin decirle ni buenas tardes. Pompón no podía creer que su Peladito se hubiera ido con la hija de don Cosme, que rebosaba veintitantos. No, insistía con que en algún lugar se encontraba con mi mamá. Se paseaba por el patio hablando tan fuerte que la hubiera escuchado hasta el arcángel Gabriel.

“Yo sé que te encontrás con él en algún lado. Dónde, no tengo idea pero estoy segura de que se ríen de mí, que soy la tonta que está en la boca de todo el mundo. Ah…Pero ya me voy a enterar, alguien me va a contar que los vieron juntitos y ahí ¡agarrate!”.

Mientras tanto, mi pobre vieja sufría viendo a su amiga cada día más revirada.

Una tarde me estaba esperando en la puerta. Desesperada me contó que el Batuque había mostrado síntomas de envenenamiento y recién llegaba del veterinario. La conjunción de tres coordenadas: ser un perro cualunque, tener una dueña que en seguida adivinó qué le pasaba y la mano maestra del veterinario logró salvarle la vida.

Entonces la llamé a Pompón por el jardín y la encaré.

– ¡Sos una bruja, vengativa y traicionera! – fue lo primero que le dije ni bien asomó su cabeza –dejá a mi vieja en paz.

– ¡Callate vos, que no sos quién para faltarme el respeto!

– ¡Vieja estúpida y cornuda, agarrártela con el Batuque! ¿Qué te hizo el pobre perro?

– Para que aprendan lo que duelen ciertas cosas. Vos jodé nomás defendiéndola a ésa y te cierro la cuenta, a ver si seguís tan cocorito.

– Qué me importa la plata, loca, cométela en guiso.

A partir de aquí, se metió mi mamá y los insultos fueron creciendo.

Hasta que Pompón le gritó, ya roja de rabia, con el alambrado casi incrustado en la cara:

– ¡Y vos callate, que si no fuera por mí no lo tendrías!

– ¡Para seguir de joda, por egoísta me lo diste!

– ¡Por estéril lo agarraste! ¡Yerba mala, yerba seca! ¡Ni para hacer un hijo serviste!

Nunca debió decir eso.

Abracé a mi mamá y la llevé adentro, deshecha.

– ¡Con mi madre no te metás! ¡A mi madre nadie la hace llorar! ¡Para mí moriste y no digás que no te avisé!

Se fue corriendo hacia la casa.

No la vimos más.

Tampoco averigüé en el Banco el destino de la cuenta conjunta.

Un domingo, Unión ya estaba en primera, cuando volví de la cancha don Cosme nos contó que la habían internado en terapia intensiva con neumonía. Intentó pedirnos que fuéramos a verla pero calló.

Miré a mamá, abrí una cerveza y nos sentamos a respirar el aire puro del jardín.

 

15/05/2018

UN NINO EN EL SUPERMERCADO

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Entró empujando un carrito que le llegaba a los hombros. En el sector de las verduras, cortó una bolsa en la que puso tres zanahorias. La colocó a la altura del celular y preguntó si eran suficientes. La mujer contestó: “Sí, hijo, buscá pimientos, dos”. Al chico, con no más de diez años, no le daba la altura. Pidió ayuda a uno de los empleados, agradeció, los embolsó y fue hacia las manzanas. Acercó el celular y con la aprobación materna, tomó seis. Se dirigió hacia la balanza y lo perdí de vista durante un rato hasta que lo crucé enfocando los precios de los quesos. Seguí con mis compras pensando en lo maravillosa que es la tecnología. Seguramente la madre estaría enferma o cuidando hermanos menores y él puede verificar que lo que está eligiendo es lo que su mamá necesita.

Al dirigirme a la caja lo encontré recibiendo el vuelto, embolsando lo comprado y contándole a la cajera que su mamá está esperando, que como estuvieron de paro se atrasó todo. Que por fin mañana parece que le ponen la prótesis y después tendrá que hacer rehabilitación. Que lo más difícil es conseguir taxis que los lleven. Que ayer fueron al banco y el taxista los ayudó con la silla y los esperó, por suerte, porque muchas veces no quieren esperar hasta que terminen el trámite, a pesar de que los atienden rápido. Que si la ven en silla de ruedas siguen de largo y si esconden la silla para que los levanten, ella se cansa de estar parada en una sola pierna. Todavía le duele la operación, dice. Se expresa como un adulto cuando se queja de que si la deja adentro del banco, los taxis tampoco paran cuando lo ven solo. Se encoje de hombros y pregunta; ¿Dónde dice que un chico no puede tomar un taxi? La cajera le desea suerte para mañana y manda saludos a la mamá.

Nos miramos alteradas, compungidas, con algo de bronca.

Le comento que lo vi mientras recorría el local con el celular y recibo un relato que completa lo que escuché:

“Fernando (no es éste su nombre) está prácticamente solo. Peor, porque tiene que cuidar a su madre discapacitada, ahora con una pierna menos, y de su abuelo de noventa años, perdido, mal y que poco puede hacer, o nada. Su padre hace unos cuatro años que murió en un accidente. Él hace las compras, cocina, se ocupa de la casa, porque la mamá no se lleva bien con la cuñada así que no la ayuda. Las que suelen darle una mano son las mamás de sus compañeritos de escuela. Pero el pobre tiene que llevar a su madre al banco, al hospital o adonde sea y cuidarla como si fuera grande.”

Salí llevándome los ojos turbios de la cajera y pensando con qué facilidad juzgamos por las apariencias: Yo alabando la tecnología cuando seguramente el pibe hubiera preferido una madre sana, una familia, una vida de niño.

 

21/03/2018

CRÓNICA BISAGRA

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Ésta es la historia de un tipo que nació Pascual Bisgarra, hermano de muchos a quienes, con o sin ánimo de burla, el pueblo llamó “Los Bisagra” y la cuento con la libertad de saber que hace rato que ya no está entre nosotros, como se suele decir.

Haciendo honor a la etimología, comienzo esta crónica por su infancia.

Supe que era descarriado, no muy buen alumno, de esos con poco seso para el estudio y menos ganas de usarlo, nada tonto, especialista en cálculos mentales y en hacerse de cosas ajenas. No robaba, decía, sólo “encontraba” masitas, gomas de borrar o cartucheras. De regreso de la escuela, completaba la colección del día con bolitas, caramelos, chicles y sobres con figuritas del kiosco de Abel Molinero.

Tenía dos cajas de zapatos. En una guardaba las bolitas y figuritas “encontradas” en lo de Abel y en la otra, las muchas que había ganado jugando.

No tardó en darse cuenta de que era bueno para las dos cosas.

Sus progenitores continuaban con la tarea de traer hijos a este mundo, más por ignorancia que por mandato bíblico. Al ser uno de los del medio, se las ingeniaba para permanecer oculto a la vigilancia de sus hermanos mayores, Daniel, Angelita, Lidia y Segundo; mientras miraba crecer con poca simpatía a Norberto, María Elena y Víctor, a quienes se suponía que debía atender y cuidar. Los pobres recibían pellizcones, empujones, tirones de cabello, les quitaba chupetes y mamaderas, todo era bueno para que lloraran y así lograr que lo relevaran de la obligación.

Cuando las familias son numerosas, los padres trabajan de sol a sol y las madres cuidan a los más chicos, en este caso a las “mellis” Carmencita y Azucena, que fueron el regalo  y el moño.

Vivían en una casa chorizo a la que el Viejo Bisagra iba agregando habitaciones con la ayuda de los varones. Al comenzar la última llamó a Pascual para que acarreara los ladrillos, mientras Norberto iba y volvía llevando de a medio balde con agua.

Si bien los obligaba a ir a la escuela, el Viejo quería que sus hijos aprendieran a trabajar. Las mujeres, niñas todavía, cuidaban los hijos de los vecinos por un jarro de leche con un par de galletas marineras. Ya con doce años y terminada la escuela, ascendían al próximo escalón de sus carreras: aprendían a limpiar, lavar la ropa y plancharla con almidón. Para ese entonces solían pagarles unos pocos pesos que iban al bolsillo de la madre, gran malabarista administrativa. Al llegar a la mayoría el camino se bifurcaba. Si tenían novio caminaban derechito al civil, luego a la iglesia y a sus propias casas. Si no, también se iban, en colectivo a la gran ciudad como domésticas cama adentro para ya no volver.

Los varones, si no ayudaban en la construcción, marchaban a carpir frutilla. Vamos, que cualquier niño lo puede hacer, de una a cinco de la tarde, con un gorro y una bolsa de arpillera húmeda en la espalda. ¡Ah! Y agua fresca de la bomba y agradecé que venís a aprender, así que date por pagado. Después, quedarán de peones en el campo como el Viejo. O en el pueblo, donde Daniel ya era oficial albañil y Segundo, medio oficial. Cuando volvieran del Servicio Militar podrían decidir qué hacer: ya eran hombres.

De  los Bisagra, el primero en cambiar esa rutina laboral fue Pascual, que convenció al farmacéutico de que podría ser el cadete que necesitaba. Sin paga, le dijo, sólo quería aprender para poder, algún día, ponerse una chaquetilla blanca. Por supuesto, aseguró, que sabía que tenía que ir a la secundaria. El pibe era tan simpático y entrador que el dueño no se negó. Además, dijo las palabras mágicas que abrían todas las puertas: “ir a la secundaria”. No sólo eso, cumplió sus dichos cuando el Viejo lo inscribió.

Durante el primer año en la escuela técnica, consta en el boletín, faltó veinte días, no estudió nunca y debía repetirlo.

En el trabajo, en cambio, perfeccionó sus innatas cualidades: recargaba el precio de los medicamentos que entregaba. Apenas un cinco por ciento porque, según pensaba, poco a la larga, suma. En tiempos en los que la palabra era sagrada, nadie pensaría mal y no era mucho el valor agregado. A veces se “encontraba” con algunas cajas de genioles, sellos antigripales o sobrecitos con valeriana, por lo general muy requeridos y los vendía, siempre en nombre de la Farmacia El Mercurio.

Hasta que su cabeza recibió dos alpargatazos revoleados con fuerza y fina puntería. Lo delató el inventario, algo que él desconocía que existiera porque cuando lo enseñaron estaba cazando ranas en el zanjón de la Fraulein.

Pasó luego por una serie de comercios: verdulería, carbonería, fábrica de hielo, fábrica de perchas de madera, sastrería. No volvió a experimentar el “yute nuquero” pero tampoco duró más de dos meses en ningún trabajo.

El Viejo sospechó o supo y para evitar más vergüenza, lo mandó a trabajar con los hermanos, como ayudante albañil. Ellos lo vigilarían, además de entregarle la paga a la madre.

Mucho problema no se hizo, las monedas guardadas se fueron multiplicando en apuestas a los caballos, los naipes, los dados, los gallos, los galgos y hasta en carreras de bicicletas. A veces ganaba mucho, a veces no, pero seguía sumando saldos a favor.

Ese trabajo en serie, tan naturalizado, se interrumpió cuando al Viejo le dio un infarto. Lo trajo el dueño del campo en su pickup Ford, tanta era la urgencia. Al ruso le dolió un poco que ningún familiar se acercara a decirle “gracias”. Después de todo, podría haberlo mandado en la chata con el capataz. Más tarde entendió que fue por la sorpresa, por la desesperación de no saber qué hacer y, sobre todo, por el miedo a quedarse sin subsistencia. En la salita de primeros auxilios el médico firmó el certificado y así quedó cambiado también el destino familiar.

Con el padre enterrado, y sabiendo que no había herencia ni a la vista ni a lo lejos, como cuando pisamos un hormiguero se desparramaron los hijos.

Sin darse cuenta, quedó Pascual teniendo que hacerse cargo de la familia, Toña Bisagra y las mellizas. Parece nombre de un cuarteto y, en efecto, eso era. Un cuarteto nada musical que debía apechugar la vida. Toña consiguió trabajo en la casa del director del hospital. Las chicas terminaron la secundaria al tiempo que comenzaban a noviar. Carmencita se casó y se fue a Río Negro. Pascual llegó a capataz de obra, sin sorpresas desagradables debidas al juego o a faltantes de ladrillos, bien tranquilo.

Azucena encontró trabajo en el Banco de la Nación. Allí conoció y se enamoró del contador Arcadio Navarro de simpático tonito jujeño, recién trasladado de Tres Cruces.

Hay vidas que se cuentan en un año y dos renglones: Se casaron y fueron a vivir a las casa de los Bisgarra, ahora tan grande y vacía.

Desde el primer día a Pascual no le gustó Navarro. En el bar, con sus amigos lo apodaron Navarrete para bromear con la rima.

Sin embargo, lo recibió como se merecía quien aportaría a la olla familiar: “¡Venga un abrazo, cuñau!”

Toña, en cambio, estaba feliz y orgullosa: era el único hombre de la familia que en lugar de overol, bombacha bataraza o uniforme azul, vestía traje, corbata y sombrero de fieltro para ir a trabajar.

Un domingo de almuerzo familiar, el yerno preferido quiso saber cómo manejaban las cuestiones financieras, pensando en su reciente incorporación: ingresos, egresos, saldos, esas cosas… La respuesta, rápida, de Pascual fue “paga quien tiene plata y listo, a veces uno, a veces otro”.

A Navarro se le evaporó la simpatía y el cantito jujeño. Con voz grave, ojos refulgentes y el índice levantado zanjó la cuestión: “A partir de ahora, cada uno de nosotros pondrá en una caja la mitad de su sueldo. Yo he de llevar la contabilidad y no se hable más.”

Y así se hizo.

Siempre hay un día en que parecen alinearse los planetas y eso fue cuando Arcadio sospechó de las salidas nocturnas de Pascual, a partir de la charla entre dos clientes que hacían fila en el Banco: “…a mí también me debe pero le iba a pedir a Toña”.

Con la excusa de que no habían llegado al Banco las sacas con los sueldos por una huelga de los ferroviarios, Navarro le pidió plata prestada a la suegra, que le devolvería en dos días o tres días. Lentamente caminó la vieja hacia la mesita de luz y buscó el pañuelo atado por las cuatro puntas donde guardaba sus ahorros. Estuvo a punto de desmayarse al sentir la liviandad. Arcadio la ayudó a sentarse en la cama mientras con dulzura trataba de calmarla: “No se preocupe, Toña, no diga nada que pueda preocupar a Azucena. Yo la plata no la necesito, sólo he querido comprobar lo que ya sabía. En un rato he de estar de vuelta”.

Fue al Bar Taco y Tiza.

Del cuello de la camisa lo arrastró hasta la vereda.

Le gritó “La próxima vez que le robés a tu vieja te mato”, con una trompada lo dejó  tirado en piso, le apoyó un pie en el estómago y silabeando bronca y palabras, agregó: “Durante todo un año has de poner tu sueldo entero en el pañuelo y quiero verlo”.

Pascual cumplió redoblando la apuesta: pagó primero las deudas a los prestamistas y luego a su madre. Nunca más se acercó a una mesa de billar.

Los bancarios son itinerantes como gitanos pero de mayor jerarquía, así que cuando a Navarro lo ascendieron a subgerente en San Juan, Azucena pidió trasladarse con su marido y se fueron.

Sin nadie que lo vigilara, Pascual hizo una cadena de macanas. Digamos que ni siquiera fue capaz de mantenerse, empeoró.

Se casó sin avisarle a nadie, sólo a Toña, a quien se lo dijo de la manera más fea y triste: “Me casé con la Cuqui, vieja, alquilé una casita; me llevo la cocina y te dejo el Bram-metal porque vamos a ser tres y vos estás sola, te podés arreglar”. Ella abrió la boca y la volvió a cerrar.

Recién había nacido su hijo cuando comenzó a trabajar en la Municipalidad, en la Oficina de Patentamiento y Control Vehicular. ¡Control, nada menos! No hace falta averiguar cómo hizo para comprarse un auto y viajar con su familia cada julio y enero a los centros turísticos más lujosos.

A estos tipos, hay gente que los quiere. El intendente, para no perjudicarlo demasiado, le pidió que renunciara y que por favor, encauzara su vida. “Prometémelo por la memoria mi amigo, hacélo por tu viejo pero también por vos, Bisagrita.”

Y Bisagrita le hizo caso.

No había pasado un mes cuando consiguió que Eduardo, el hijo del finado Abel Molinero lo asociara, más por simpatía que por plata, en un emprendimiento comercial ya consolidado: la concesionaria de tractores John Deere.

En menos que canta un gallo, una denuncia por estafa deshizo la sociedad. ¿Se preocupó un poco, al menos? No, para nada, los Tribunales son un camino largo y sinuoso.  Mientras tanto, sería la Cuqui la encargada de mantener la casa.

Una o dos veces por semana, Pascual visitaba a su madre y le llevaba una docena de cuernitos “porque sé que son tu debilidad, viejita”. Así se lo decía. Y ella, sabiendo que en los bolsillos de su hijo partían los billetes más grandes del famoso pañuelo de cuatro puntas, hacía una mueca por sonrisa.

Un día, Segundo llegó de Córdoba sin avisar. La encontró llorando profundo, apenas unas gotas en sus mejillas, sentada en la galería y con la mirada fija en el olivo. La abrazó, le secó las lágrimas con la manga de la camisa y, a punto de ir a denunciar a su hermano, le preguntó por qué nunca le puso freno a esa situación. “Porque es el más débil de todos. No aprendió de los más grandes ni pudo ser un buen ejemplo para los más chicos. No encontró su lugar. No le hagas nada, prometeme.”

Volvió a su casa sintiéndose impotente.

Cuando Toña murió, ni bien terminó con el papeleo, elegir féretro y hablar con el cura, Pascual llamó por teléfono a todos. A medida que iban llegando, Pascual los ubicaba en el hotel. “Ya arreglé todo, cuando vengan los Navarro vamos para la casa, que ahí la velamos”

¡Menuda sorpresa se llevaron cuando entraron a la casa y lo único que había era su cama! ¡Ni el cuadrito de la Virgen había dejado!

Las hermanas sólo lloraban pero los varones, hermanos y cuñados, lo sacudieron a gritos.

–¡No tenías derecho a vender nada!

–Yo la cuidé todos estos años– se defendió.

–¿Cuidarla? ¡Venías a sacarle plata, a eso venías! ¡Y la vieja nunca te dijo nada!– Se despachó, por fin, Segundo.

–¡Siempre fuiste su preferido, el privilegiado!– gritaba Daniel, agarrado por Norberto y Víctor, uno de cada lado para impedir las trompadas.

–Son puntos de vista– insistió.

–¿¿Cómo?? ¡Qué puntos de vista ni qué ocho cuartos! ¡Rajá de acá!– esta vez le gritaron a coro.

La Cuqui lo abandonó al día siguiente, después del entierro ella y su hijo se fueron a vivir con María Elena. Empezar de nuevo en un pueblito como Serodino era mejor que vivir con ese dolor enorme.

Quedó solo.

Cuando lo internaron porque había sufrido un derrame cerebral, la llamaron a Carmencita. No fue. Nadie fue. Ningún familiar le tuvo lástima.

Hasta que cada uno de ellos recibió la misma postal de las cataratas del Niágara timbrada en Canadá con tres palabras: “Tuve suerte. Pascual.”

Todo esto me lo contó, azorado, Eduardo Molinero.

Te lo juro por ésta que fue así, dijo.

Y yo le creo.

 

 

03/03/18

 

 

 

 

 

CODA

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No diría que fue al principio de mi vida pero sí muy temprano que descubrí, asombrada, que las había flacas, gordas, blancas, negras, con ondas o no, que a veces hacen silencio y otras veces son capaces de correr, deslizándose una detrás de la otra, de un extremo al otro a velocidades increíbles, que suelen andar solas o marchando en grupo al compás.

Pude comprender, intuir y hasta adivinar en qué momento iba a cerrar los ojos, esperando a esas que, seguro, me harían humedecer los ojos y derramar lágrimas.

Pude saber a cuáles necesitaba para alegrar mi vida de adolescente que recuerdo siempre triste.

Pude entenderlas, unirlas, acariciarlas, disfrutarlas y, con una alegría sin límites, transmitir ese goce a mis hijas.

Pude bailar, pude cantar, pude soñar y hacer, en cierta medida, un sueño, realidad.

Hablo de mi amor por la música, por ese sordo genial y por esas ochenta y ocho notas que forman mi silencioso e íntimo mundo, el piano.

 

27/01/08

TAROT

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No todas las brujas son feas, desgarbadas y viejas como las de los cuentos infantiles.

Pude comprobarlo cuando, previo paso por el escritorio de la secretaria a dejar unos módicos doscientos pesos, vi recostada a la rubia de cuarentipico como la maja de Goya pero en una chaise longue.

Hecha a medida de su corta estatura, en pino barnizado caoba, tapizado en cuerina blanca -alias “cuero ecológico”- que realzaba su deshabillé rojo, pero chaise longue al fin.

Se incorporó con sonrisa Colgate y alargó la mano no para saludarme como pensé, sino para indicar una butaca.

Sin dejar de mirarle las uñas larguísimas con las que comenzó a barajar las cartas, me senté como pude en eso que, supuse después, era tan angosto como para que nadie pudiera sentirse cómodo.

Hasta ahí, todo en misterioso silencio.

Comenzó a enumerar una desgracia detrás de la otra que yo iba reconociendo con los ojos como dos de oro hasta que, con cierta parsimonia estudiada y revoleando sus pestañas postizas, dijo:

–A todo eso le sumamos algo que en las cartas no sale pero que yo veo en tus manos: se rompió el vidrio de una ventana ¡ay, con este frío! y también la heladera, sobrecargada de comidas y bebidas. ¡Uy, con tanta humedad! Lo lógico es que todo eso suceda hoy, un sábado a la tarde, ya se sabe.

Moví la cabeza de arriba abajo y mientras escuchaba el “crsh crsh” de mi articulación atlas-axis musité:

–¿Y qué puedo hacer?

–Conseguite cinco kilos de ruda macho y ponelos detrás de la puerta de calle, a ver si dejan de entrar las desgracias.

–¿Cinco kilos?

–Con menos te arriesgás a tropezarte con alguna baldosa floja.

Mañana salgo temprano, les aviso.

¡MUERE, ASESINA!

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No pensó en que era chico el puñal, que tal vez poco daño le haría. No. Levantó la mano y al primer golpe sintió que traspasaba su vieja piel, más dura que lo habitual por los años, las heridas, los accidentes y, sobre todo, los choques. Era muy común que atropellara todo lo que se le aparecía en el horizonte o lo que podría ser algo así para ella. Un dicho que es una ridiculez. Lo que se llama horizonte es siempre algo tan lejano que nada puede aparecerse y estar ahí nomás, a un paso para tocarlo.

Lo cierto es que, con horizonte o sin él, ella acababa de chocarse un barco de esos de piratas, no tan grande como majestuoso, con bandera negra de calavera y huesos cruzados. Barcos de pisos mojados por los constantes embates de las olas que hamacan a los tripulantes de babor a estribor, ida y vuelta, donde acaban golpeándose si no se aferran con fuerza. Con algún viejo que fuma en pipa y hace ruido con su pata de palo cuando de noche recorre la cubierta. Esos que tienen sogas gruesas que sólo hieren las manos suaves de los grumetes, jamás las callosidades de los marineros con años de agua salada en la piel. ¡Y con un ancla pesada, de gruesa cadena que hace un ruido infernal, delicioso y esperanzador al fondearla!

¡Qué ansiedad, navegar hasta la isla habiéndola avistado con el catalejo!

Esa noche, en esas precisas coordenadas, nadie esperaba semejante ataque.

La sorpresa les impidió modificar la escora y por el fuerte empujón el barco dio una vuelta campana arrojando a sus cinco tripulantes al agua.

El reflejo de la luz de la luna en las olas provocadas le permitió ver cómo los otros se hundían. Sólo los locos se embarcan sin saber nadar. Era imposible salvarlos.

Entonces él, envalentonado como todo petiso, sacó de la cintura su puñal, subió al lomo de la ballena y comenzó a darle, furioso y a los gritos, una puñalada tras otra.

Vengaría a sus amigos antes de morir de frío.

Catorce, catorce eran las puñaladas que llevaba clavándole con toda su furia.

A las tres y diez de la madrugada la madre, asustada, fue hasta su habitación y allí lo vio, saltando a horcajadas en la almohada mientras hundía su puño derecho al grito de “¡Te mataré, ballena asesina!”

Lo calmó suavemente para evitar que se despertara, lo tapó y puso fin a su aventura de piratas por los mares del sur.

 

 

 

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