Hace mucho tiempo que no nos vemos, Fina, y creo que tampoco nos reconoceríamos si estuviéramos frente a frente.

Te fuiste cuando tu mamá decidió que ibas a estar mejor en un colegio de monjas, que ibas a estudiar más, que te iban a disciplinar. Conociéndote, apostaría cien a uno que no lo lograron.

Tuvimos pocos años para jugar y, si algo recuerdo de nuestra infancia, no es tu despedida sino esos días en que tuviste “paperas”. Así le decíamos y así le sigo diciendo, no importa el nombre correcto y científico que tenga.

Entré a tu casa con un libro de la Colección Robin Hood para hacerte más llevadero el reposo obligatorio, deslizándome sobre dos trapitos de felpa verde hasta la hermosa escalera de madera lustrada. A pesar de la penumbra todo brillaba, maderas, bronces y  cristales.

Al llegar a tu dormitorio, te vi en la cama en esa posición ridícula, que no era  ángulo recto impuesto ni horizontal genuino, con todos los almohadones sosteniendo tu redondez.

Eras gorda, querida, y tenías la cara hinchada aún más redonda que lo habitual. Tu melena rubia coronándola me hizo decirte que parecías un girasol. Te reíste pero no te gustó, ya lo sé.

Tu madre te trajo una taza de té con tostadas y yo ahí, observando tu dificultad para tragar. Cuando terminaste, aún seguía mirando. En tu casa sobraba todo menos la facultad convidatoria.

Te digo que fue mejor que tu mamá no me diera té, prefiero el chocolate bien caliente, ése que tomé en mi casa cuando volví.

Aunque parezca raro, esta nena sanita sólo tuvo varicela y se pasó la infancia yendo a hacerle compañía a sus amigas. Como resultado de mi generosidad y esta transitoria necesidad pude entrar a tus aposentos, de otra manera no me lo hubieras permitido. Sólo hasta la sala y sin sentarme en los mullidos sillones.

Me pediste que te prestara el cuaderno para aprender lo que habíamos estudiado en esos seis días que llevabas sin ir a la escuela. Raro, justo a mí, que tengo tan mala memoria… Supongo que lo habrás conseguido de tus otras amigas, ésas con las que ibas al club a patinar, practicar tenis, natación y hockey.

Nunca fuiste muy inteligente, Fina, ambas lo sabemos. Los conocimientos te eludían, la matemática se te escurría de las manos y las letras resbalaban por tu frente como gotas de sudor, ésas que te secabas con el almidonado pañuelito que tenía tus iniciales bordadas y tantas puntillas.

Todavía sonrío al recordar el día en que, orgullosa, señalaste la pequeña biblioteca con puertas de cristal esmerilado para contarme que tu papá había comprado un libro inédito. Eras graciosa, Fina, aún sin quererlo. Ahora te lo digo, porque seguro que todavía tu tozudez no te ha permitido saberlo (y menos aún, admitirlo) que eso era un incunable. Inédito podría ser el cúmulo de barbaridades que decías. Como ese día, el único picnic de la primavera al que te dignaste a ir y haciéndote la canchera nos dijiste “Quieren que tomemos unos “d’arienzos” en lugar de matienzos.

Podría continuar recordando anécdotas si tuviera tiempo, ¡tenías capacidad ilimitada para hacernos reír!

Ayer leí en un diario el apellido, rarísimo, de un escritor polaco y me pregunté si podría ser un hijo tuyo, de esos que superan a las madres…y a los padres porque, convengamos, el polaco con el que te casaste tendrá mucha plata pero poco lustre.

Por eso me acordé de vos y del libro.

Quiero que sepas, Finita, que aunque no hayas leído “El cuervo Banjo” te lo podés quedar, para que haga juego con algún otro libro de lomo amarillo y las cortinas al tono.

Con mi cariño de siempre,

Andrea

03/04/09
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