ENORME Y GRIS

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La soga iba de punta a punta del terreno. Nueve metros y cincuenta centímetros de ropa chorreando al sol. En el medio, la caña la sostenía en una muesca rudimentaria, motivo por el cual se caía cuando había mucho viento. En el piso de tierra había tres agujeros que determinaban la altura. Esto era importante porque colocada la caña en el primero, los tres paraísos cubrían el sol por las tardes y posibilitaban que la ropa de color no se “mareara” o destiñera. En cambio, puesta en el último hacía que las sábanas, increíblemente blancas, no se acercaran al suelo. Las hamacaba el sol de la mañana, todos los martes y sábados.

Había días en que el viento sur sacudía árboles, soga y ropas sin perdones, haciendo resbalar la caña, ensuciando lo recién colgado.

Si a Ema ya le costaba un gran esfuerzo lavar todo a mano, en doloroso ángulo sobre la pileta, era insoportable sumarle la rabia de una segunda vez.

Estaba cansada de pedirle a Dardo que arreglara de alguna manera ese sistema. Todos los domingos, cuando volvían de misa, se lo recordaba.

Él se limitaba a asentir con la cabeza mientras murmuraba: mi vieja la usó así toda la vida sin quejarse. Gran olvido el suyo. Ninguno de los varones estaba en la casa para saber las desdichas de su madre y cuando llegaban sólo acertaban a comer el puchero, lavarse los pies y a dormir.

Pero hubo un día en que no dijo nada, calladito fue hasta el fondo, sujetó soga y caña con un alambre y eso fue todo.

En los siguientes ocho años que vivieron allí no se volvió a caer la ropa.

Entonces Ema cambió de letanía: tanto tiempo yo trabajando el doble y tan fácil que había sido, Dardo…

En esa manzana, casi al final de pueblo, sólo había otras dos casas y el almacén de ramos generales del japonés que, en realidad, era indio toba pero si le decían indio o toba se enojaba. Ya nadie recuerda a quién se le ocurrió decir que parecía japonés y resultó que no le molestaba tanto que lo tildaran de extranjero como sí ser nativo, de acá nomás.

El almacén ocupaba casi media cuadra. Vendía desde caramelos a forraje y herramientas. En el fondo guardaba algunos arados en desuso por si acaso y compartía el tapial con los Peppo.

Fuente inagotable de cargadas y disgustos ese apellido para las tres hijas, Mirta, Silvia y Olga, las “Pepitas”, de nueve, ocho y siete años.

Tal vez por temor a generar peores burlas, no revelaban un dato curioso: sus nombres empezaban con la letra del mes en que nacieron. Costumbre ancestral de la familia de Ema que nadie se atrevería a quebrantar, como la de plantar una hierba con la misma inicial. Así, a la izquierda, un poco más allá de calas y achiras, estaban la menta, la salvia y el orégano. También había romero, laurel y perejil pero no tenían el mismo significado porque estaban allí desde que Dardo era chico. No las cuidaba tanto como a las suyas.

En ese patio de tierra jugaban las “Pepitas” con sus amigas de la escuela marcando con un palo la rayuela o dejando las Pampero azules de un incierto color grisáceo a medida que eran espolvoreadas cuando saltaban a la soga.

Con todos los elementos a su alrededor, se transformaban en rubias con polen de aromito, podían estar horas enhebrando flores de paraíso para hacer una joyería completa y ya al anochecer, engalanaban sus uñas con pétalos de malvones porque una vez pegados con la cantidad conveniente de saliva, era imposible usar las manos. Sólo quedaba admirar la obra. Como todas las nenas de esa edad y en ese tiempo.

A media tarde, Ema hervía dos o tres litros de leche en una olla de alumnio algo abollada, le agregaba un poco de azúcar y una taza de yerba. Luego la colaba, la distribuía en jarritos enlozados y agregaba una rodaja de pan trozado. La única que no tomaba la leche era Pipi. Decía, enrollándose en dos dedos el ruedo del vestido: gracias, doña Ema, pero el mate cocido me hace mal a las tripas, me da cagadera. Sólo el pan déme.

Un día, jugando a las escondidas, Mirta trató de subirse a un paraíso. El tapial era alto, viejísimo, con ladrillos mal colocados y otros a los que le faltaba el barro o lo que fuera que debía mantenerlos pegados. Puso la punta del pie en uno que estaba apenas hundido pero fue suficiente para que se deslizara hacia el patio del almancén.

Cuando terminaron de jugar, Mirta les propuso quitar ese ladrillo y un par más y así podrían escalar hasta llegar a la cima de una supuesta montaña. Sacaron tres pero no hicieron cumbre. En realidad, la única que podría haber subido era ella, ser la mayor le concedía autoridad y altura pero sin competencia no tenía gracia. Y por un tiempo quedaron olvidados los agujeros en el tapial.

Claro que no todo era jugar, así es como aquella tarde estaban las tres “Pepitas” haciendo los deberes –tarea se llamó muchos años después– en la cocina y Silvia trataba de memorizar la tabla del seis mirando por la ventana.

–Seis por siete… ¡Mirá, mami, el gatito del japonés se vino para acá!

–El japonés no tiene gatos, tiene dos perrazos bulldogs para que no le roben.

–Pero yo lo vi.

–Estudiá, mejor, debe ser de otro lado. ¿De qué color era?

–Gris.

–De don Fritz no es tampoco, porque el de él es negro y blanco. ¡Andá a saber de dónde vino! Ya se va a ir, así son los gatos. Dale con las tablas que después la Mirta te las toma.

–Yo quiero un gatito– dijo Olga.

–Lo que me falta a mí es otro animal. ¿No te alcanzan las gallinas, el Pedrito y el Batuque? Bueno, porque a mí sí, soy la única que les da de comer y los cuida. Aquí nadie se hace cargo de nada.

Lo dijo en general, pero era para Dardo en particular, sólo que él no estaba.

A la noche, Olguita, que sabía a quién pedirle, volvió a sacar el tema del gatito y el padre se lo prometió para el cumpleaños. Hasta octubre faltaba mucho, para ese entonces no se acordaría más.

Estaba llegando el invierno y como todos saben, oscurece tan temprano que todos los chicos se quedan en sus casas. Las “Pepitas” también.

Las dos más chicas estaban en la cocina jugando a la escoba del quince, Mirta leía en el comedor y Ema planchaba en la mesa de la galería que daba al patio.

Tanta humedad debía desembocar en esa llovizna que apenas hacía ruido al caer sobre las plantas.

–Silvia, entrá al Pedrito antes de que llueva más fuerte.

–Que vaya la Mirta, que nosotras estamos jugando.

–Ah, claro… Yo estoy leyendo, les contestó.

–Sí, ya sé –protestó Ema– al final le van a pedir al pobre loro que entre solo. Siempre lo mismo, termino yendo yo…

Un alarido, otro y otro. Agudísimos. Tremebundos.

Olga y Sivia quedaron estupefactas y no atinaron a moverse. Mirta tiró el libro al piso y corrió hacia la galería.

Ema estaba subida a la mesa. Sentada sobre las tablitas del delantal recién planchado, con una mano apretaba la plancha y con la otra, las piernas contra su cara. Cuando pudo, siempre a los gritos, dijo que había entrado una rata y andaba “por ahí”. Las chicas escucharon, olvidaron las cartas y treparon a la mesa de la cocina.

Mirta cerró la puerta del patio recibiendo otro griterío materno que sonaba algo como “dejá abierto para que salga”. Sin prestarle atención, constató que las puertas de los dormitorios estuvieran también cerradas, buscó la escoba y empezó la cacería.

Minutos que parecieron horas corrieron ambas dando vueltas por cocina, galería y comedor hasta que al final la acorraló y la mató a escobazos. La barrió hasta el patio y cerró la puerta con llave, única forma de que Ema se calmara.

Recién entonces, las chicas corrieron a la galería y se abrazaron a su madre que todavía estaba temblando, hecha un bollito sobre la mesa.

Dardo, que acababa de llegar, no entendía nada y preguntó qué pasaba.

Ema lo vio, bajó de la mesa y quedó apoyada, lívida, intentando explicarle. Pero fueron las “Pepitas” las que le contaron la ridícula situación y aprovecharon para reírse de la madre. Todos, Dardo también.

Hasta que Ema golpeó la mesa.

–¡Basta! Esa rata, que encima era enorme y gris, vino de lo del japonés porque ustedes sacaron los ladrillos. Mañana los ponen de nuevo y me consiguen un gato negro, blanco o verde, no me importa.

Y se ríe de mí quien no le tiene miedo a las langostas, las cucarachas o las arañas. Mirando a su marido agregó: o a una lechuza.

 

DE PIEDRAS AMARILLENTAS ERA EL FRENTE DE SU CASA.

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Sobre la avenida, con aberturas pintadas de verde oscuro. Sin árboles.

Tenía un porche que a la derecha comunicaba con un largo pasillo al que abrían las ventanas iluminando living, comedor y cocina.

Ahí vivía Jorge.

Un Jorgito morocho de ojos tan oscuros que no se distinguía iris de pupila. Un par de bolitas negras bordadas con pestañas larguísimas.

Un poco más chico que yo, se permitía llorar cuando sin piedad le ganaba una carrera y sonreír si le ayudaba a hacer los deberes creyendo, inocente, que su madre no se daría cuenta.

Tenía su dormitorio forrado con estanterías colmadas de juguetes, nacionales e importados. Cortinas y cubrecama de la misma tela, con dibujos infantiles.

Solía ir con mi abuela, caminando tranquilas las nueve cuadras, para llegar a tomar el té o, a lo sumo, un cafecito.

Ahí estaban, sentados en el living, Freddy leyendo los diarios de la mañana y Zita bordando tapices. Jorgito, entretenido con el mecano.

Un día cualquiera, un chaparrón intempestivo nos obligó aceptar la invitación de Zita y nos quedamos a comer para después, al amainar el temporal, volvernos en taxi.

De noche, los grandes suelen susurrar conversaciones pensando que los chicos duermen. A veces sí. A veces se enteran de lo que, se supone, no deberían.

Hacía un tiempo que yo sabía.

Por eso, mientras escuchaba la lluvia en el techo de zinc, con el coraje que da la luz apagada, le pregunté:

—Abu, ¿es cierto que Jorgito no es el hijo de Zita?.

Tras unos segundos volví a escuchar su respiración, apenas repuesta de la sorpresa.

—Sí, es cierto, pero no tenés que decir nada. Es un secreto. Ellos lo criaron desde que nació porque su mamá no podía cuidarlo y se los dio.

—¿Y por qué no lo podía cuidar? ¿Quién era su mamá?

—Es una sobrina de Freddy que se fue a trabajar muy lejos y allá no tenía quién lo cuidara. Por eso se los dio a ellos. Sabía que lo iban a querer mucho.

Sonaba a engaño eso de trabajar lejos. Ella se dio cuenta de que no le creí.

—¿Y vos cómo sabés?

—Escuché una noche que mi mamá y mi papá hablaban de que había sido un error, pero no entendí por qué. ¿Vos sabés qué cosa fue un error?

Se quedó, otra vez, sin habla y optó por lo más seguro:

—Dormí que es tarde.

Al cabo de unos meses, llegó a casa mi abuela y a punto de llorar, contó, después de que me mandaran al patio:

—Les sacaron el chico a Freddy y Zita. Vino la loca con la policía a quitárselos. ¿Podés creer que denunció que se lo robaron? ¡Siete años queriéndolo y cuidándolo como un hijo y ahora a ésa se le ocurre venir a buscarlo!

—¿Y Jorgito qué dijo?

—Gritaba que no quería ir, no entendía nada, lloraba, te imaginás que él no la conoce. Figurará en la partida de nacimiento que es su madre pero nada más. Zita no soportó la situación, se descompuso y está internada en el Italiano. Con una cura de sueño, algo así. Freddy instalado con ella.

—Menos mal que era la sobrina…A veces, los parientes son los peores— sentenció mi mamá, que tampoco contenía las lágrimas.

—Fue un error no pedir la adopción. Si ella lo abandonó, hubieran podido hacerlo.

No supe qué hacer y me fui a llorar al lado del gallinero.

Cuando volvimos a verlos, la casa no era la misma.

Intenté abrir la puerta del dormitorio de Jorgito cuando fui al baño. Estaba cerrado con llave.

Ellos, descuidados, hasta despeinados parecían en la penumbra de la lámpara de pie. Estaban sentados uno en cada sillón, en silencio, con las ventanas y cortinas cerradas.

Hubiera querido no verlos así.

Al poco tiempo, un cáncer de páncreas terminó con el dolor de Zita.

Freddy la siguió al año siguiente.

Nunca supe dónde llevaron a Jorgito.

Tampoco lo olvidé.

De piedras amarillentas es el frente de su casa.

Sobre la avenida, sin árboles que oculten la tristeza.

 

piedra-amarilla

MADRUGANDO

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A las seis sonó el despertador. Lo apagó, se sentó en la cama y escuchó lloviznar. Pensó en que a las zonas azotadas por la sequía le vendría bien aunque fuera un poco de agua. Miró a su marido, envidiándole ese sueño inconmovible. Le sacudió un poco el hombro como para despertarlo. Buscó ropa y fue a darse un baño.

Al salir, la situación no se había modificado.

–Tucho levantate, por favor –Alcanzó a decir mientras abría la ventana, única forma de decidir qué se pondría para ir a trabajar. Esa casi lluvia traería seguramente un sol radiante pocas horas más tarde y tendría calor. Típico día para vestirse “de cebolla”.

Preparó el café, buscó una galletitas e insistió:

–¡Vamos, Tucho!

–¡Ufa! –protestó, sin mayor entusiasmo y entendiendo bastante poco la razón de los reiterados llamados.

Volvió al baño, se quitó la toalla de la cabeza, se peinó, se maquilló, desayunó apurada y, mientras volvía a llamarlo, tomó las llaves del auto y fue a la cochera.

Cuando entró y lo vio todavía en la cama, lo destapó.

–¡Todos los días lo mismo, cómo cuesta sacarte la almohada! –y agregó el diccionario completo.

–¿Qué te pasa, loca? ¡Dejá de correr tan temprano!

–¿No pensás ir a trabajar vos?

–Hoy es San Jerónimo, es feriado, vení a dormir.

–Nooo…¡Qué estúpida!

 

durmiendo

(Basado en un hecho real y “adornado” en algún taller, hace muchos, muchos años)

RÉQUIEM

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Por ser hijo de un imprentero solía decirle a mis amigos que el viejo de esa lámina con rudimentario marco de madera despintada era Joaquín el tatarabuelo de mi papá, el impulsor del negocio familiar.

Venían casi siempre los fines de semana o alguna tarde si no teníamos gimnasia. Nos gustaba el olor de la tinta. Solíamos escondernos entre las suaves bobinas de papel. En ese entonces también bailábamos al ritmo acompasado de lo que, después, se transformaría en ruidos insoportables.

Mi padre nunca nos recriminó que jugáramos en ese laberinto, que tomáramos por asalto su lugar casi sagrado guillotinando cuanto papel dejaba a nuestro alcance.

Su ilusión, nunca expresada, fue que yo llegara a amar ese oficio y dedicara mi vida a emprender caminos más importantes que las consabidas invitaciones a casamientos o aquellos aburridos folletos de la pizzería de Manuel.

Preferí los números, el silencio de la investigación matemática y, cruzando fronteras, me fui.

El avance tecnológico y su edad lo decidieron a vender la imprenta. Me lo dijo por teléfono, casi sin darle importancia y lo primero que recordé fue aquel cuadrito.

Le pedí que me lo guardara.

–No me vas a creer pero siempre dije que ese viejo que está con la imprenta era un tatarabuelo tuyo, hasta que vi en el libro de Historia que era Gutenberg.

Intuí que sonreía perdonando el engaño ya descubierto, seguramente, por mis amigos.

Escuché un suspiro.

–Quedate tranquilo, te lo guardo y no voy a decir nada porque, en cierta forma, así fue– dijo con un tono más apagado.

Puede haber sido vergüenza por mi pretencioso engaño.

O, tal vez, pena ante el hecho indubitable de que no habría más olor a tinta.

Supongo, sólo puedo suponerlo.

 

gutenberg

¡QUIERO VALE CUATRO!

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Santa Fe. Ciudad universitaria que recibía todos los años gran cantidad de estudiantes de los pueblos, ciudades y provincias vecinas.

Rosy, Marcelino y sus dos pequeños vivían a un par de cuadras de la Facultad de Ingeniería Química y a pocas más de la de Derecho. Suipacha entre 9 de Julio y San Jerónimo, vereda impar. Caserón largo y flaco que años más tarde se modernizó transformándose en una clínica de traumatología.

Sobraba una habitación de esas tan comunes, cuatro por cuatro o más, piso de tablones de madera, techos altísimos, paredes pintadas con firuletes en marrón y beige hasta el metro y medio y de allí para arriba, un liso aburrido y parejo.

Siendo su marido viajante de comercio y con el país en plena crisis del ’30, era necesario un aporte más para solventar el alquiler y demás gastos.

Quiso la suerte que Rosy…¡Qué digo! Ni la suerte ni ella quisieron nada, no tuvo otra alternativa que alquilar esa habitación a estudiantes universitarios.

Rápido llegaron cuatro de donde nadie recuerda pero que fueron bien recibidos.

Las pensiones estudiantiles eran, en su mayoría, el salvoconducto de las viudas:constaban de una o más habitaciones compartidas entre dos, tres y hasta cuatro personas e incluían desayuno, almuerzo y cena.

Años más tarde, al establecerse el comedor universitario, sólo se alquilaban las habitaciones. Costumbre que, a su vez, cambia cuando comienza la “modernidad”: alquilar casas o departamentos.

Pero estábamos en la casa de Rosy, con Mimí que tenía poco más de cinco años y Toto con casi tres.

Los cuatro estudiantes y sus respectivas carreras fueron desdibujándose con el tiempo. Eran, al parecer, muy simpáticos, buenos pibes y compinches con la familia que los alojaba.

No tenían dinero suficiente para volver a sus hogares todos los fines de semana. Una vez por mes ya era toda una alegría, como la de recibir encomiendas con dulces caseros, encurtidos diversos y el sobrecito.

Llegado el domingo, si había sol era fácil: caminar hasta el Parque Garay, tomar mates con bizcochos y ¡a jugar unos picaditos!

Con lluvia la historia era otra.

Tenían lugar entonces, en la pensión, largas partidas de truco, chinchón y básica. Si era con dados, la infaltable generala y el ciento uno.

Carcajadas y porotos se desparramaban durante la tarde atrayendo la atención del pequeñín. Totito se instalaba en las piernas de uno y cuando se cansaba cambiaba de “sillita”.

Ellos lo dejaban, tranquilos porque sus pocos años lo hacían “no peligroso”, sumado a que lo suyo era lo que habitualmente se llama “media lengua” prolongada.

Pero siempre hay “un día”. Como siempre hay quien no quiere perder, aunque sean los porotos.

Así fue como Roberto, en algún momento que no fue posible precisar, le mostró una carta y le dijo:

–¿Ves esta carta, Totito?

Totito asintió.

–¿Ves que tiene un cuchillo grandote?

Y Totito otra vez movió la cabeza, intrigado.

–Bueno, cuando juguemos al truco, vos vas a mirar quién lo tiene y venís y me avisás. Yo después de doy unos caramelos de leche de esos que te gustan.

Totito dudó. No entendía.

El fullero se dio cuenta y agregó:

–Cuando yo te pregunte ¿querés caramelos? ya sabés que estamos jugando al truco, entonces te fijás quién tiene el cuchillo grandote y me decís. ¿Entendés?

–Sí –contestó sonriendo.

Finalmente, una siesta lluviosa jugaron al truco. Cuando Roberto dio la señal, Totito empezó la ronda. Hasta que vio la carta precisa y con el índice extendido gritó:

–¡Éte tiene e caturi cagonte!

Sorpresa. Les costó entender. Después sí, risas, enojos y fin del juego.

Pasado un tiempo, a Totito lo dejaron volver a disfrutar de los dibujos y colores de las barajas españolas.

Sin hablar.

truco

 

 

07/05/2015

SALA 3

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Éramos menos de diez personas en inexplicable y absoluto silencio. A nadie podría molestarle una palabra en voz alta, sin embargo, eso no sucede nunca. O casi nunca. Hace unos días, velando los restos de mi vecino cumplí con mi deber de manera entretenida: escuchando una conversación.

…es que no hay respeto como antes. Este velorio es palmaria muestra de lo que le digo.

Unas pocas flores y fíjese, en la cinta violeta no entran todos los que pusieron tres monedas. Chiquititas las letras y ucomprenden dos o tres generaciones de “flia”.

Ya va a ver cuando lo lleven, un par de autos va a ser suficiente. Si ni siquiera vinieron todos lo que viven acá, menos podría esperarse que apareciera el chango ése que se le fue al Paraguay.

Por eso le digo, antes no sé si había respeto por los vivos pero por los muertos, ¡seguro!

Mire, cuando alguien se moría usted recibía un sobre personal, a su nombre quiero decir, con bordes negros y adentro, notificándole la muerte, una tarjeta con los mismos lutos. En fina letra inglesa podía leerse “su esposa, sus hijos y demás deudos invitan a Vd. a acompañar los restos mortales a su última morada (los menos poéticos iban al ‘cementerio local’), mañana miércoles 19 a las 17 horas. Favor que agradecerán eternamente”.

Después de unos días, le mandaban otra tarjeta más chica, poniéndole fin al protocolo y que, con variantes más o menos literarias, incluían un “profundamente conmovidos por las muestras de apoyo al despedir a nuestro querido padre, le agradecemos su presencia. Familia Gómez Rodríguez”, por darle un ejemplo.

Le estoy hablando de cuando yo era chico, que como todavía no habían inventado las salas mortuorias, al finado lo velaban en su casa. Además, las honras fúnebres, casi siempre con misa de cuerpo presente, incluían pasearlo primero por casi todo el pueblo para que el hombre, sin disfrutarlo, se despidiera de su lugar más querido: el bazar de ramos generales, el club, la escuela o el hospital zonal. Usted no me va a creer, pero a medida que el coche fúnebre, tirado por dos caballos elegantes, brillosos y cepillados caminaba lentamente por las calles de tierra, las persianas de los comercios, talleres y bares se bajaban hasta la mitad. La gente se detenía, se santiguaba, los hombres se quitaban el sombrero y, si eran pocas las personas que acompañaban al difunto, en un acto humanitario se sumaban al cortejo. A los muertos no se los dejaba solos hasta que estaban bajo tierra.

Con Crispín, el hielero, pasó.

Cuando enfermó para morir a los pocos meses, hacía muchos años que vivía solo. El sacristán no recordaba cómo se llamaba la gallega, porque Crispín le decía: “Mujer, alcánzame el pinche; mujer, pon la pava para los mates”.

Pues bien, la mujer un buen día salió de su casa con lo puesto y no se la vio más. Triste, pero nadie preguntó por ella

Era de esperar, entonces, que cuando murió las monjitas del hospital llamaran a su único amigo, el sacristán.

Gran amigo que, a pesar de saberlo republicano, ateo y renegado, decidió que no se iría de este mundo sin misa. Pobre, lo acristianaron sin su permiso allá en Coirós y de igual manera entraría a la iglesia de paso al cementerio.

Lo único que el sacristán no hizo fue las tarjetas fúnebres. No habiendo que notificar a nadie en particular, estuvo de acuerdo con lo que Crispín le había dicho: “Cualquier cosa que me pase” (hacía los cuernitos sin nombrarla) usted lleva la cajita ésa de jabones Maja al hospital de caridad, que ya no tendrá sentido gastar pólvora en chimangos.

El sacristán, un portugués de nombre Amancio, había nacido en Braganza, en el norte de la península. Vecinos allá y acá, después de unas ginebritas se reían y se trataban de “cuñaos”. “Al cabo, estamos más cerca que de nuestras verdaderas parentelas, que quedaron en la Madre Patria”, se decían en tono de poco lamento.

Pues bien, ni una botella entera de ginebra le evitaría estos tristes momentos. Ir en bicicleta a la empresa de pompas fúnebres, pedaleando despacio hasta casi perder el equilibrio, elegir cajón. Posó apenas la mirada en los cuatro que había y con voz quebrada dijo: “El más barato para este chimango”.

José no entendió ni lo pretendía: treinta años llevaba al frente de la funeraria escuchando galimatías. Se limitó a aclararle que el aviso a través de la propaladora estaba incluido en el servicio.

Amancio se encogió de hombros y fue a buscar ropa. Un traje siempre da elegante, aun en los muertos.

Llegó a la fábrica de hielo, pasó directamente al fondo, al dormitorio-cocina-comedor. Sacó la cajita del cajón de los cubiertos. Del roperito descolgó traje y camisa, buscó ropa interior, zapatos y acomodó todo en un bolso.

En la morgue entregó las ropas, se sentó debajo del eucaliptus y abrió la cajita. No es que esperara que hubiese jabones, por supuesto, pero tampoco que fueran tantos los billetes prolijamente acomodados: una fortuna.

La tapó y guardó, esta vez en su bolsillo. Volvió a la fábrica, limpió la mesa central para que José colocara el cajón y se sentó, cabizbajo, a esperar que llegara su amigo.

Por ese velorio pasó tanta gente que fue el comentario del bar de Cacho por muchos años. ¡Quién no le había comprado hielo al bueno de Crispín!

A la cinco de la tarde, que yo supongo que es el horario apropiado tanto para dejar dormir la siesta como para no interferir con los lisos de las siete, José fue a buscarlo. Amancio miró la calle de este a oeste. Nadie, sólo su bicicleta apoyada en el árbol, no le importó guardarla; tanteó el bolsillo, cerró la fábrica y se subió al auto, al único auto.

Congoja, ojos y nariz rojos, no podía creer que lo dejaran solo. No se hace eso con los muertos.

Sin embargo, a medida que iban camino a la iglesia, se bajaban las persianas y algunas mujeres, pero sobre todo los hombres, sombrero en mano se unían al cortejo. Y así fueron las veinte cuadras hasta el cementerio, con casi todo el pueblo acompañando a Crispín.

Al llegar al cementerio y ver semejante procesión no pudo más.

“Chau, cuñao”, musitó entre lágrimas al echar el primer puñado de tierra.

Cada uno volvió como había ido. A Amancio lo dejaron en la puerta de la fábrica.

No se animó a entrar.

Señal de la cruz, bicicleta, camino de tierra que algun día será ruta, sombra yendo a su derecha en el atardecer.

De todas maneras, las monjitas del hospital nunca creyeron que de verdad existiera la cajita de jabones con la fortuna que Crispín les había prometido.

jabon Maja

CELIA

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Y estabas aquí, Celia. Porque habías venido y me preguntabas ¿Qué te pasa niña? ¿Por qué esa angustia? ¿Ya no me escribes? No sé cómo apareciste a mi lado. ¿Habías cruzado el océano sólo para hacerme preguntas? ¿Será quizás que las dos necesitábamos vernos, hablar más, quitarnos las penas? Estuve a punto de contestarte pero no lo hice. A veces son muchos los porqués, aunque siempre hay uno que es la cereza del postre. Y caminábamos por la Costanera y te asombrabas: ¡Que es tan marrón el agua! Que, vale, es bonita pero muy diferente al azul del océano que tenemos por allá. Y no te contestaba pero ahora pienso que el marrón nos tiñe, nos da una pátina de existencia más cansina, más siestera, más triste; el azul, en cambio, refleja el cielo, te da energías, renueva esperanzas. Aunque no sé si será así, si habrá más esperanzas a la orilla del mar, porque no dijiste nada. Sólo caminabas y parecía que nada te asombraba, como si ya supieras todo, mágicamente. Por eso digo, para qué preguntas. Sé que yo estaba contenta de tenerte por aquí, de compartir como siempre este espacio, este enorme cielo con la Cruz del Sur y las Tres Marías, de que no pudieras creer la inmensidad de los campos, las enormes manchas de ganado pastando. Y después, sentadas a la orilla de la laguna, la miramos, tan quitecita por falta de brisa que ni camalotes trae. Está egoísta el río, como siempre, o casi. Hasta que se enoja, se pone bravo y se sale de madre para inundar todo, casas y casillas, de esas que se arman con chapas y cartones y nadan en la creciente y se vuelven a levantar.  Un par de pescadores esperan que la laguna se deje robar unas mojarritas, porque no debe haber patíes o bogas por aquí. De repente, empezabas a sacar fotos, una detrás de la otra, como si quisieras llevarte los pescadores, las luces, las lajas, todas esas horribles palmeras que plantaron. Yo te las regalo, te digo ahora, dejame los palo borrachos, dejame los ceibos, los sauces y los paraísos, que son míos de tanto verlos y disfrutarlos florecidos. Aquí hace demasiado calor, no alcanza con una palmerita de morondanga para sentarse a tomar mate, a leer o a charlar en su sombra. Habrán pensado, esos intendentes de morondanga, que si plantaban palmeras la Costanera, la nuestra, la de entrecasa se convertiría en un paseo carioca o cubano. Y dale con el click, click porque me decías, y seguías hablando sola, que no te olvidarías de este viaje tan así, tan de un chasquido, tan fácil y te reías con toda la boca y la cara y los ojos, esos bien negros, que no me digas que no son negros, para mí son tal cual el color de tu pelo. Justo cuando iba a hablar, cuando estaba a punto de empezar a contarte, te diste vuelta, te incorporaste y empezaste a caminar hacia el norte. Que mejor vamos donde el faro ése. ¡Vosotros sí que sois creativos! Si es algo que no sirve para lo que debería, podríais haber colocado algo bonito, al menos. Tuve que correr para alcanzarte, gallega (va con cariño esto, ya lo sabés), se nota que no estás todo el tiempo dándole a filología. ¡Y ahí si que soltaste la gran carcajada! Porque no lo pude decir pero, como siempre, lo adivinaste. Y continuabas monologando, que las flores de los lapachos, que bajando el sol se pone más bello el camino, que lo lindo que habrá sido cuando había mariposas y en ésas andábamos cuando me agarraste con la guardia baja. Volviste a la pregunta. Entonces quise hablar, pero ya sabes, no me resulta fácil, Celia. Me desperté con los dientes apretados y con un terrible dolor de estómago. Me di cuenta de que tenía hambre y si hubiera podido hablar en mi sueño, te habría contado que mi angustia se debía a que no había conseguido tortitas negras en ninguna panadería. Yo quería que probaras las nuestras, Celia.

Kandinsky1

31/03/09

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