POMPÓN, MAMÁ Y YO

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Fue hasta ese momento una gran persona, muy cariñosa, buena, solidaria y generosa a quien queríamos mucho. Un hada madrina de cuento.

Pero nos hirió a los dos, aunque sea sólo yo quien lo exprese.

No pidió perdón ni me importa, soy de los que se sientan a esperar que pase el cadáver del enemigo. He visto a varios doblar la cerviz, tal vez no aquí en este jardín pero la satisfacción es la misma.

Además, no quiero engañar a nadie, la palabra “olvido” no figura en mi diccionario.

Volver invisible a la gente es un ejercicio que comencé tal vez desde muy chico, sin darme cuenta. Las burlas de mis supuestos amigos, las risas acalladas cuando doblaba la esquina, las falsas citas en algún café, el apodo “Bonavena” porque ni con la gorra puesta lograba pesar cincuenta kilos, los carteles “PEGUE QUE NO DUELE” fijados con alfileres a mi espalda forjaron, lentamente, ese rasgo en mi carácter.

Primero me enfurezco y luego decreto la “muerte” del agresor.

En aquel momento se lo dije (además, me conocía bien) pero no me escuchó. Empeñada en escupir lo peor, cada palabra era un dardo acercándose al blanco. Entonces, opté por lo que se merecía: le hice la cruz. Chau. Fuiste.

Desde que nací vivimos en esta casita que mamá logró comprar con un crédito a pagar durante miles de años pero qué importaba si iba a ser nuestra.

Poco tiempo después vino a vivir a la vuelta su mejor amiga, ya viuda. Las casas se tocan patio con patio, jardín con jardín y a través del alambrado pasaron gatos, perros, gallinas, ropa, comida y plata.

Por una cuestión que tal vez ahora no se entienda pero que fue costumbre arraigada en nuestras familias, como era muy amiga de mi mamá yo le decía “tía”. Fue la tía Pompón porque tenía el culo grande y redondo, no por Asunción como ellas pensaron.

Aunque no trabajaba el dinero no era su problema. El finado era gerente de un banco cuando lo chocó el camión así que cobraba una buena pensión.

Sin hijos ni parientes a la vista, decía que yo era su ahijado aunque no hubiéramos pasado cerca de la pila bautismal.

Vivía comprándome golosinas, ropa, zapatillas, juguetes y el álbum de figuritas hasta que lo completé.

Mamá ponía reparos del tipo “va a ser un caprichoso” o “que no se acostumbre a tener todo porque después no valora nada” aunque era gastar pólvora en chimangos.

Cuando anunció que ella pagaría el viaje a Bariloche de fin de quinto, mi vieja se puso roja y empezó con las recriminaciones pero ella rapidito la atajó con un “la mortaja no tiene bolsillos”.

No estaba muy seguro de querer seguir estudiando. Dudaba entre la licenciatura en matemática y abogacía aunque veterinaria también me gustaba. Por fin encontré lo que creí que era una solución inteligente: trabajar hasta que pudiera decidir.

Ya había hablado con el panadero de la avenida para atender el mostrado o “blanquearme” en la cuadra pero mamá se opuso, ella quería que estudiara. Gran discusión sobre mi indecisión y, sobre todo, nuestras finanzas hasta que con mucha razón dijo: setenta kilómetros no son tantos, podés viajar los días en que tenés clase, sale más barato y de paso, no me quedo sola; vos vas a estudiar porque tenés cabeza, no como tu padre.

Se notó que lo tenía muy pensado porque lo largó de un tirón pero se le escapó ese  detalle, creo: lo había nombrado por primera vez. Aproveché para preguntarle quién era. Ya no importa, murió aplastado en una mina de carbón, por eso vos vas a estudiar, dijo haciendo mutis hacia el patio y no volvió abrir la boca. Tampoco insistí, la verdad.

No fue una gran sorpresa que tía Pompón, con una excusa baladí me hiciera ir con ella al banco y abriera una caja de ahorro a nombre de los dos. “Podés sacar lo que necesites para estudiar y si me pasa algo, es todo tuyo. No quiero regalarle nada al banco, ya le avisé a tu vieja para que no proteste”. La abracé y le dije: “Soy un tipo con suerte, tengo dos madrazas”.

Pero siempre hay un “pero”.

Fue un sábado, me acuerdo porque Unión estaba en la B y jugaba los sábados, que llegué de la cancha y los encontré a los tres. Mamá cebando mate a tía Pompón que tenía a un tipo agarrado del cogote, aunque ella pensara que era un abrazo. El gordo era igual a Porky hasta en el tartamudeo.

Todos los fines de semana visitaban a mamá, tomados de las manos, riéndose por nada. Felices.

No sé qué tienen los sábados pero el día que discutieron Unión jugaba en Jujuy y yo tenía la radio pegada a la oreja. Alcancé a oír algo referido a que Porky la miraba mucho a mi vieja o al revés. Cuando llegué a la cocina se estaban yendo, tía Pompón taconeando y sacudiendo el culo muy enojada y él, con pasos cortitos trataba de alcanzarla. Mamá quedó pasando el trapo a la mesa siempre en el mismo lugar y sin hacer preguntas volví a mi cuarto a escuchar los últimos minutos del partido.

La cosa no pasó de ahí, seguí viajando y ellos tomando mate con bizcochos o tortas fritas, que a mamá le salen riquísimas.

Por fin, con la última materia aprobada, era un licenciado más buscando laburo. Salí de la facultad, mis amigos me bañaron con agua y medio almacén como premio y cuando logré abrir los ojos vi a los tres parados en la vereda de enfrente. Se me aflojaron las piernas porque no los esperaba. Estaba feliz, feliz.

Volvimos todos juntos como una familia y como tal terminamos enojados. Porky absorto en el volante, mamá en silencio y la tía Pompón largando indirectas sobre esa supuesta relación que la corroía.

Al llegar a casa le dije: “Basta tía Pompón, te estás poniendo estúpida”.

“Ya me vas a dar la razón”, contestó muy segura.

No vale la pena continuar con un relato pormenorizado de los desatinos de tía Pompón que, por supuesto, fueron incrementándose. Porky se cansó de sus celos y ¿qué hizo? Le dio el gusto y se fue con otra sin decirle ni buenas tardes. Pompón no podía creer que su Peladito se hubiera ido con la hija de don Cosme, que rebosaba veintitantos. No, insistía con que en algún lugar se encontraba con mi mamá. Se paseaba por el patio hablando tan fuerte que la hubiera escuchado hasta el arcángel Gabriel.

“Yo sé que te encontrás con él en algún lado. Dónde, no tengo idea pero estoy segura de que se ríen de mí, que soy la tonta que está en la boca de todo el mundo. Ah…Pero ya me voy a enterar, alguien me va a contar que los vieron juntitos y ahí ¡agarrate!”.

Mientras tanto, mi pobre vieja sufría viendo a su amiga cada día más revirada.

Una tarde me estaba esperando en la puerta. Desesperada me contó que el Batuque había mostrado síntomas de envenenamiento y recién llegaba del veterinario. La conjunción de tres coordenadas: ser un perro cualunque, tener una dueña que en seguida adivinó qué le pasaba y la mano maestra del veterinario logró salvarle la vida.

Entonces la llamé a Pompón por el jardín y la encaré.

– ¡Sos una bruja, vengativa y traicionera! – fue lo primero que le dije ni bien asomó su cabeza –dejá a mi vieja en paz.

– ¡Callate vos, que no sos quién para faltarme el respeto!

– ¡Vieja estúpida y cornuda, agarrártela con el Batuque! ¿Qué te hizo el pobre perro?

– Para que aprendan lo que duelen ciertas cosas. Vos jodé nomás defendiéndola a ésa y te cierro la cuenta, a ver si seguís tan cocorito.

– Qué me importa la plata, loca, cométela en guiso.

A partir de aquí, se metió mi mamá y los insultos fueron creciendo.

Hasta que Pompón le gritó, ya roja de rabia, con el alambrado casi incrustado en la cara:

– ¡Y vos callate, que si no fuera por mí no lo tendrías!

– ¡Para seguir de joda, por egoísta me lo diste!

– ¡Por estéril lo agarraste! ¡Yerba mala, yerba seca! ¡Ni para hacer un hijo serviste!

Nunca debió decir eso.

Abracé a mi mamá y la llevé adentro, deshecha.

– ¡Con mi madre no te metás! ¡A mi madre nadie la hace llorar! ¡Para mí moriste y no digás que no te avisé!

Se fue corriendo hacia la casa.

No la vimos más.

Tampoco averigüé en el Banco el destino de la cuenta conjunta.

Un domingo, Unión ya estaba en primera, cuando volví de la cancha don Cosme nos contó que la habían internado en terapia intensiva con neumonía. Intentó pedirnos que fuéramos a verla pero calló.

Miré a mamá, abrí una cerveza y nos sentamos a respirar el aire puro del jardín.

 

15/05/2018

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CRÓNICA BISAGRA

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Ésta es la historia de un tipo que nació Pascual Bisgarra, hermano de muchos a quienes, con o sin ánimo de burla, el pueblo llamó “Los Bisagra” y la cuento con la libertad de saber que hace rato que ya no está entre nosotros, como se suele decir.

Haciendo honor a la etimología, comienzo esta crónica por su infancia.

Supe que era descarriado, no muy buen alumno, de esos con poco seso para el estudio y menos ganas de usarlo, nada tonto, especialista en cálculos mentales y en hacerse de cosas ajenas. No robaba, decía, sólo “encontraba” masitas, gomas de borrar o cartucheras. De regreso de la escuela, completaba la colección del día con bolitas, caramelos, chicles y sobres con figuritas del kiosco de Abel Molinero.

Tenía dos cajas de zapatos. En una guardaba las bolitas y figuritas “encontradas” en lo de Abel y en la otra, las muchas que había ganado jugando.

No tardó en darse cuenta de que era bueno para las dos cosas.

Sus progenitores continuaban con la tarea de traer hijos a este mundo, más por ignorancia que por mandato bíblico. Al ser uno de los del medio, se las ingeniaba para permanecer oculto a la vigilancia de sus hermanos mayores, Daniel, Angelita, Lidia y Segundo; mientras miraba crecer con poca simpatía a Norberto, María Elena y Víctor, a quienes se suponía que debía atender y cuidar. Los pobres recibían pellizcones, empujones, tirones de cabello, les quitaba chupetes y mamaderas, todo era bueno para que lloraran y así lograr que lo relevaran de la obligación.

Cuando las familias son numerosas, los padres trabajan de sol a sol y las madres cuidan a los más chicos, en este caso a las “mellis” Carmencita y Azucena, que fueron el regalo  y el moño.

Vivían en una casa chorizo a la que el Viejo Bisagra iba agregando habitaciones con la ayuda de los varones. Al comenzar la última llamó a Pascual para que acarreara los ladrillos, mientras Norberto iba y volvía llevando de a medio balde con agua.

Si bien los obligaba a ir a la escuela, el Viejo quería que sus hijos aprendieran a trabajar. Las mujeres, niñas todavía, cuidaban los hijos de los vecinos por un jarro de leche con un par de galletas marineras. Ya con doce años y terminada la escuela, ascendían al próximo escalón de sus carreras: aprendían a limpiar, lavar la ropa y plancharla con almidón. Para ese entonces solían pagarles unos pocos pesos que iban al bolsillo de la madre, gran malabarista administrativa. Al llegar a la mayoría el camino se bifurcaba. Si tenían novio caminaban derechito al civil, luego a la iglesia y a sus propias casas. Si no, también se iban, en colectivo a la gran ciudad como domésticas cama adentro para ya no volver.

Los varones, si no ayudaban en la construcción, marchaban a carpir frutilla. Vamos, que cualquier niño lo puede hacer, de una a cinco de la tarde, con un gorro y una bolsa de arpillera húmeda en la espalda. ¡Ah! Y agua fresca de la bomba y agradecé que venís a aprender, así que date por pagado. Después, quedarán de peones en el campo como el Viejo. O en el pueblo, donde Daniel ya era oficial albañil y Segundo, medio oficial. Cuando volvieran del Servicio Militar podrían decidir qué hacer: ya eran hombres.

De  los Bisagra, el primero en cambiar esa rutina laboral fue Pascual, que convenció al farmacéutico de que podría ser el cadete que necesitaba. Sin paga, le dijo, sólo quería aprender para poder, algún día, ponerse una chaquetilla blanca. Por supuesto, aseguró, que sabía que tenía que ir a la secundaria. El pibe era tan simpático y entrador que el dueño no se negó. Además, dijo las palabras mágicas que abrían todas las puertas: “ir a la secundaria”. No sólo eso, cumplió sus dichos cuando el Viejo lo inscribió.

Durante el primer año en la escuela técnica, consta en el boletín, faltó veinte días, no estudió nunca y debía repetirlo.

En el trabajo, en cambio, perfeccionó sus innatas cualidades: recargaba el precio de los medicamentos que entregaba. Apenas un cinco por ciento porque, según pensaba, poco a la larga, suma. En tiempos en los que la palabra era sagrada, nadie pensaría mal y no era mucho el valor agregado. A veces se “encontraba” con algunas cajas de genioles, sellos antigripales o sobrecitos con valeriana, por lo general muy requeridos y los vendía, siempre en nombre de la Farmacia El Mercurio.

Hasta que su cabeza recibió dos alpargatazos revoleados con fuerza y fina puntería. Lo delató el inventario, algo que él desconocía que existiera porque cuando lo enseñaron estaba cazando ranas en el zanjón de la Fraulein.

Pasó luego por una serie de comercios: verdulería, carbonería, fábrica de hielo, fábrica de perchas de madera, sastrería. No volvió a experimentar el “yute nuquero” pero tampoco duró más de dos meses en ningún trabajo.

El Viejo sospechó o supo y para evitar más vergüenza, lo mandó a trabajar con los hermanos, como ayudante albañil. Ellos lo vigilarían, además de entregarle la paga a la madre.

Mucho problema no se hizo, las monedas guardadas se fueron multiplicando en apuestas a los caballos, los naipes, los dados, los gallos, los galgos y hasta en carreras de bicicletas. A veces ganaba mucho, a veces no, pero seguía sumando saldos a favor.

Ese trabajo en serie, tan naturalizado, se interrumpió cuando al Viejo le dio un infarto. Lo trajo el dueño del campo en su pickup Ford, tanta era la urgencia. Al ruso le dolió un poco que ningún familiar se acercara a decirle “gracias”. Después de todo, podría haberlo mandado en la chata con el capataz. Más tarde entendió que fue por la sorpresa, por la desesperación de no saber qué hacer y, sobre todo, por el miedo a quedarse sin subsistencia. En la salita de primeros auxilios el médico firmó el certificado y así quedó cambiado también el destino familiar.

Con el padre enterrado, y sabiendo que no había herencia ni a la vista ni a lo lejos, como cuando pisamos un hormiguero se desparramaron los hijos.

Sin darse cuenta, quedó Pascual teniendo que hacerse cargo de la familia, Toña Bisagra y las mellizas. Parece nombre de un cuarteto y, en efecto, eso era. Un cuarteto nada musical que debía apechugar la vida. Toña consiguió trabajo en la casa del director del hospital. Las chicas terminaron la secundaria al tiempo que comenzaban a noviar. Carmencita se casó y se fue a Río Negro. Pascual llegó a capataz de obra, sin sorpresas desagradables debidas al juego o a faltantes de ladrillos, bien tranquilo.

Azucena encontró trabajo en el Banco de la Nación. Allí conoció y se enamoró del contador Arcadio Navarro de simpático tonito jujeño, recién trasladado de Tres Cruces.

Hay vidas que se cuentan en un año y dos renglones: Se casaron y fueron a vivir a las casa de los Bisgarra, ahora tan grande y vacía.

Desde el primer día a Pascual no le gustó Navarro. En el bar, con sus amigos lo apodaron Navarrete para bromear con la rima.

Sin embargo, lo recibió como se merecía quien aportaría a la olla familiar: “¡Venga un abrazo, cuñau!”

Toña, en cambio, estaba feliz y orgullosa: era el único hombre de la familia que en lugar de overol, bombacha bataraza o uniforme azul, vestía traje, corbata y sombrero de fieltro para ir a trabajar.

Un domingo de almuerzo familiar, el yerno preferido quiso saber cómo manejaban las cuestiones financieras, pensando en su reciente incorporación: ingresos, egresos, saldos, esas cosas… La respuesta, rápida, de Pascual fue “paga quien tiene plata y listo, a veces uno, a veces otro”.

A Navarro se le evaporó la simpatía y el cantito jujeño. Con voz grave, ojos refulgentes y el índice levantado zanjó la cuestión: “A partir de ahora, cada uno de nosotros pondrá en una caja la mitad de su sueldo. Yo he de llevar la contabilidad y no se hable más.”

Y así se hizo.

Siempre hay un día en que parecen alinearse los planetas y eso fue cuando Arcadio sospechó de las salidas nocturnas de Pascual, a partir de la charla entre dos clientes que hacían fila en el Banco: “…a mí también me debe pero le iba a pedir a Toña”.

Con la excusa de que no habían llegado al Banco las sacas con los sueldos por una huelga de los ferroviarios, Navarro le pidió plata prestada a la suegra, que le devolvería en dos días o tres días. Lentamente caminó la vieja hacia la mesita de luz y buscó el pañuelo atado por las cuatro puntas donde guardaba sus ahorros. Estuvo a punto de desmayarse al sentir la liviandad. Arcadio la ayudó a sentarse en la cama mientras con dulzura trataba de calmarla: “No se preocupe, Toña, no diga nada que pueda preocupar a Azucena. Yo la plata no la necesito, sólo he querido comprobar lo que ya sabía. En un rato he de estar de vuelta”.

Fue al Bar Taco y Tiza.

Del cuello de la camisa lo arrastró hasta la vereda.

Le gritó “La próxima vez que le robés a tu vieja te mato”, con una trompada lo dejó  tirado en piso, le apoyó un pie en el estómago y silabeando bronca y palabras, agregó: “Durante todo un año has de poner tu sueldo entero en el pañuelo y quiero verlo”.

Pascual cumplió redoblando la apuesta: pagó primero las deudas a los prestamistas y luego a su madre. Nunca más se acercó a una mesa de billar.

Los bancarios son itinerantes como gitanos pero de mayor jerarquía, así que cuando a Navarro lo ascendieron a subgerente en San Juan, Azucena pidió trasladarse con su marido y se fueron.

Sin nadie que lo vigilara, Pascual hizo una cadena de macanas. Digamos que ni siquiera fue capaz de mantenerse, empeoró.

Se casó sin avisarle a nadie, sólo a Toña, a quien se lo dijo de la manera más fea y triste: “Me casé con la Cuqui, vieja, alquilé una casita; me llevo la cocina y te dejo el Bram-metal porque vamos a ser tres y vos estás sola, te podés arreglar”. Ella abrió la boca y la volvió a cerrar.

Recién había nacido su hijo cuando comenzó a trabajar en la Municipalidad, en la Oficina de Patentamiento y Control Vehicular. ¡Control, nada menos! No hace falta averiguar cómo hizo para comprarse un auto y viajar con su familia cada julio y enero a los centros turísticos más lujosos.

A estos tipos, hay gente que los quiere. El intendente, para no perjudicarlo demasiado, le pidió que renunciara y que por favor, encauzara su vida. “Prometémelo por la memoria mi amigo, hacélo por tu viejo pero también por vos, Bisagrita.”

Y Bisagrita le hizo caso.

No había pasado un mes cuando consiguió que Eduardo, el hijo del finado Abel Molinero lo asociara, más por simpatía que por plata, en un emprendimiento comercial ya consolidado: la concesionaria de tractores John Deere.

En menos que canta un gallo, una denuncia por estafa deshizo la sociedad. ¿Se preocupó un poco, al menos? No, para nada, los Tribunales son un camino largo y sinuoso.  Mientras tanto, sería la Cuqui la encargada de mantener la casa.

Una o dos veces por semana, Pascual visitaba a su madre y le llevaba una docena de cuernitos “porque sé que son tu debilidad, viejita”. Así se lo decía. Y ella, sabiendo que en los bolsillos de su hijo partían los billetes más grandes del famoso pañuelo de cuatro puntas, hacía una mueca por sonrisa.

Un día, Segundo llegó de Córdoba sin avisar. La encontró llorando profundo, apenas unas gotas en sus mejillas, sentada en la galería y con la mirada fija en el olivo. La abrazó, le secó las lágrimas con la manga de la camisa y, a punto de ir a denunciar a su hermano, le preguntó por qué nunca le puso freno a esa situación. “Porque es el más débil de todos. No aprendió de los más grandes ni pudo ser un buen ejemplo para los más chicos. No encontró su lugar. No le hagas nada, prometeme.”

Volvió a su casa sintiéndose impotente.

Cuando Toña murió, ni bien terminó con el papeleo, elegir féretro y hablar con el cura, Pascual llamó por teléfono a todos. A medida que iban llegando, Pascual los ubicaba en el hotel. “Ya arreglé todo, cuando vengan los Navarro vamos para la casa, que ahí la velamos”

¡Menuda sorpresa se llevaron cuando entraron a la casa y lo único que había era su cama! ¡Ni el cuadrito de la Virgen había dejado!

Las hermanas sólo lloraban pero los varones, hermanos y cuñados, lo sacudieron a gritos.

–¡No tenías derecho a vender nada!

–Yo la cuidé todos estos años– se defendió.

–¿Cuidarla? ¡Venías a sacarle plata, a eso venías! ¡Y la vieja nunca te dijo nada!– Se despachó, por fin, Segundo.

–¡Siempre fuiste su preferido, el privilegiado!– gritaba Daniel, agarrado por Norberto y Víctor, uno de cada lado para impedir las trompadas.

–Son puntos de vista– insistió.

–¿¿Cómo?? ¡Qué puntos de vista ni qué ocho cuartos! ¡Rajá de acá!– esta vez le gritaron a coro.

La Cuqui lo abandonó al día siguiente, después del entierro ella y su hijo se fueron a vivir con María Elena. Empezar de nuevo en un pueblito como Serodino era mejor que vivir con ese dolor enorme.

Quedó solo.

Cuando lo internaron porque había sufrido un derrame cerebral, la llamaron a Carmencita. No fue. Nadie fue. Ningún familiar le tuvo lástima.

Hasta que cada uno de ellos recibió la misma postal de las cataratas del Niágara timbrada en Canadá con tres palabras: “Tuve suerte. Pascual.”

Todo esto me lo contó, azorado, Eduardo Molinero.

Te lo juro por ésta que fue así, dijo.

Y yo le creo.

 

 

03/03/18

 

 

 

 

 

TAROT

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No todas las brujas son feas, desgarbadas y viejas como las de los cuentos infantiles.

Pude comprobarlo cuando, previo paso por el escritorio de la secretaria a dejar unos módicos doscientos pesos, vi recostada a la rubia de cuarentipico como la maja de Goya pero en una chaise longue.

Hecha a medida de su corta estatura, en pino barnizado caoba, tapizado en cuerina blanca -alias “cuero ecológico”- que realzaba su deshabillé rojo, pero chaise longue al fin.

Se incorporó con sonrisa Colgate y alargó la mano no para saludarme como pensé, sino para indicar una butaca.

Sin dejar de mirarle las uñas larguísimas con las que comenzó a barajar las cartas, me senté como pude en eso que, supuse después, era tan angosto como para que nadie pudiera sentirse cómodo.

Hasta ahí, todo en misterioso silencio.

Comenzó a enumerar una desgracia detrás de la otra que yo iba reconociendo con los ojos como dos de oro hasta que, con cierta parsimonia estudiada y revoleando sus pestañas postizas, dijo:

–A todo eso le sumamos algo que en las cartas no sale pero que yo veo en tus manos: se rompió el vidrio de una ventana ¡ay, con este frío! y también la heladera, sobrecargada de comidas y bebidas. ¡Uy, con tanta humedad! Lo lógico es que todo eso suceda hoy, un sábado a la tarde, ya se sabe.

Moví la cabeza de arriba abajo y mientras escuchaba el “crsh crsh” de mi articulación atlas-axis musité:

–¿Y qué puedo hacer?

–Conseguite cinco kilos de ruda macho y ponelos detrás de la puerta de calle, a ver si dejan de entrar las desgracias.

–¿Cinco kilos?

–Con menos te arriesgás a tropezarte con alguna baldosa floja.

Mañana salgo temprano, les aviso.

¡MUERE, ASESINA!

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No pensó en que era chico el puñal, que tal vez poco daño le haría. No. Levantó la mano y al primer golpe sintió que traspasaba su vieja piel, más dura que lo habitual por los años, las heridas, los accidentes y, sobre todo, los choques. Era muy común que atropellara todo lo que se le aparecía en el horizonte o lo que podría ser algo así para ella. Un dicho que es una ridiculez. Lo que se llama horizonte es siempre algo tan lejano que nada puede aparecerse y estar ahí nomás, a un paso para tocarlo.

Lo cierto es que, con horizonte o sin él, ella acababa de chocarse un barco de esos de piratas, no tan grande como majestuoso, con bandera negra de calavera y huesos cruzados. Barcos de pisos mojados por los constantes embates de las olas que hamacan a los tripulantes de babor a estribor, ida y vuelta, donde acaban golpeándose si no se aferran con fuerza. Con algún viejo que fuma en pipa y hace ruido con su pata de palo cuando de noche recorre la cubierta. Esos que tienen sogas gruesas que sólo hieren las manos suaves de los grumetes, jamás las callosidades de los marineros con años de agua salada en la piel. ¡Y con un ancla pesada, de gruesa cadena que hace un ruido infernal, delicioso y esperanzador al fondearla!

¡Qué ansiedad, navegar hasta la isla habiéndola avistado con el catalejo!

Esa noche, en esas precisas coordenadas, nadie esperaba semejante ataque.

La sorpresa les impidió modificar la escora y por el fuerte empujón el barco dio una vuelta campana arrojando a sus cinco tripulantes al agua.

El reflejo de la luz de la luna en las olas provocadas le permitió ver cómo los otros se hundían. Sólo los locos se embarcan sin saber nadar. Era imposible salvarlos.

Entonces él, envalentonado como todo petiso, sacó de la cintura su puñal, subió al lomo de la ballena y comenzó a darle, furioso y a los gritos, una puñalada tras otra.

Vengaría a sus amigos antes de morir de frío.

Catorce, catorce eran las puñaladas que llevaba clavándole con toda su furia.

A las tres y diez de la madrugada la madre, asustada, fue hasta su habitación y allí lo vio, saltando a horcajadas en la almohada mientras hundía su puño derecho al grito de “¡Te mataré, ballena asesina!”

Lo calmó suavemente para evitar que se despertara, lo tapó y puso fin a su aventura de piratas por los mares del sur.

 

 

 

ENORME Y GRIS

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La soga iba de punta a punta del terreno. Nueve metros y cincuenta centímetros de ropa chorreando al sol. En el medio, la caña la sostenía en una muesca rudimentaria, motivo por el cual se caía cuando había mucho viento. En el piso de tierra había tres agujeros que determinaban la altura. Esto era importante porque colocada la caña en el primero, los tres paraísos cubrían el sol por las tardes y posibilitaban que la ropa de color no se “mareara” o destiñera. En cambio, puesta en el último hacía que las sábanas, increíblemente blancas, no se acercaran al suelo. Las hamacaba el sol de la mañana, todos los martes y sábados.

Había días en que el viento sur sacudía árboles, soga y ropas sin perdones, haciendo resbalar la caña, ensuciando lo recién colgado.

Si a Ema ya le costaba un gran esfuerzo lavar todo a mano, en doloroso ángulo sobre la pileta, era insoportable sumarle la rabia de una segunda vez.

Estaba cansada de pedirle a Dardo que arreglara de alguna manera ese sistema. Todos los domingos, cuando volvían de misa, se lo recordaba.

Él se limitaba a asentir con la cabeza mientras murmuraba: mi vieja la usó así toda la vida sin quejarse. Gran olvido el suyo. Ninguno de los varones estaba en la casa para saber las desdichas de su madre y cuando llegaban sólo acertaban a comer el puchero, lavarse los pies y a dormir.

Pero hubo un día en que no dijo nada, calladito fue hasta el fondo, sujetó soga y caña con un alambre y eso fue todo.

En los siguientes ocho años que vivieron allí no se volvió a caer la ropa.

Entonces Ema cambió de letanía: tanto tiempo yo trabajando el doble y tan fácil que había sido, Dardo…

En esa manzana, casi al final de pueblo, sólo había otras dos casas y el almacén de ramos generales del japonés que, en realidad, era indio toba pero si le decían indio o toba se enojaba. Ya nadie recuerda a quién se le ocurrió decir que parecía japonés y resultó que no le molestaba tanto que lo tildaran de extranjero como sí ser nativo, de acá nomás.

El almacén ocupaba casi media cuadra. Vendía desde caramelos a forraje y herramientas. En el fondo guardaba algunos arados en desuso por si acaso y compartía el tapial con los Peppo.

Fuente inagotable de cargadas y disgustos ese apellido para las tres hijas, Mirta, Silvia y Olga, las “Pepitas”, de nueve, ocho y siete años.

Tal vez por temor a generar peores burlas, no revelaban un dato curioso: sus nombres empezaban con la letra del mes en que nacieron. Costumbre ancestral de la familia de Ema que nadie se atrevería a quebrantar, como la de plantar una hierba con la misma inicial. Así, a la izquierda, un poco más allá de calas y achiras, estaban la menta, la salvia y el orégano. También había romero, laurel y perejil pero no tenían el mismo significado porque estaban allí desde que Dardo era chico. No las cuidaba tanto como a las suyas.

En ese patio de tierra jugaban las “Pepitas” con sus amigas de la escuela marcando con un palo la rayuela o dejando las Pampero azules de un incierto color grisáceo a medida que eran espolvoreadas cuando saltaban a la soga.

Con todos los elementos a su alrededor, se transformaban en rubias con polen de aromito, podían estar horas enhebrando flores de paraíso para hacer una joyería completa y ya al anochecer, engalanaban sus uñas con pétalos de malvones porque una vez pegados con la cantidad conveniente de saliva, era imposible usar las manos. Sólo quedaba admirar la obra. Como todas las nenas de esa edad y en ese tiempo.

A media tarde, Ema hervía dos o tres litros de leche en una olla de alumnio algo abollada, le agregaba un poco de azúcar y una taza de yerba. Luego la colaba, la distribuía en jarritos enlozados y agregaba una rodaja de pan trozado. La única que no tomaba la leche era Pipi. Decía, enrollándose en dos dedos el ruedo del vestido: gracias, doña Ema, pero el mate cocido me hace mal a las tripas, me da cagadera. Sólo el pan déme.

Un día, jugando a las escondidas, Mirta trató de subirse a un paraíso. El tapial era alto, viejísimo, con ladrillos mal colocados y otros a los que le faltaba el barro o lo que fuera que debía mantenerlos pegados. Puso la punta del pie en uno que estaba apenas hundido pero fue suficiente para que se deslizara hacia el patio del almancén.

Cuando terminaron de jugar, Mirta les propuso quitar ese ladrillo y un par más y así podrían escalar hasta llegar a la cima de una supuesta montaña. Sacaron tres pero no hicieron cumbre. En realidad, la única que podría haber subido era ella, ser la mayor le concedía autoridad y altura pero sin competencia no tenía gracia. Y por un tiempo quedaron olvidados los agujeros en el tapial.

Claro que no todo era jugar, así es como aquella tarde estaban las tres “Pepitas” haciendo los deberes –tarea se llamó muchos años después– en la cocina y Silvia trataba de memorizar la tabla del seis mirando por la ventana.

–Seis por siete… ¡Mirá, mami, el gatito del japonés se vino para acá!

–El japonés no tiene gatos, tiene dos perrazos bulldogs para que no le roben.

–Pero yo lo vi.

–Estudiá, mejor, debe ser de otro lado. ¿De qué color era?

–Gris.

–De don Fritz no es tampoco, porque el de él es negro y blanco. ¡Andá a saber de dónde vino! Ya se va a ir, así son los gatos. Dale con las tablas que después la Mirta te las toma.

–Yo quiero un gatito– dijo Olga.

–Lo que me falta a mí es otro animal. ¿No te alcanzan las gallinas, el Pedrito y el Batuque? Bueno, porque a mí sí, soy la única que les da de comer y los cuida. Aquí nadie se hace cargo de nada.

Lo dijo en general, pero era para Dardo en particular, sólo que él no estaba.

A la noche, Olguita, que sabía a quién pedirle, volvió a sacar el tema del gatito y el padre se lo prometió para el cumpleaños. Hasta octubre faltaba mucho, para ese entonces no se acordaría más.

Estaba llegando el invierno y como todos saben, oscurece tan temprano que todos los chicos se quedan en sus casas. Las “Pepitas” también.

Las dos más chicas estaban en la cocina jugando a la escoba del quince, Mirta leía en el comedor y Ema planchaba en la mesa de la galería que daba al patio.

Tanta humedad debía desembocar en esa llovizna que apenas hacía ruido al caer sobre las plantas.

–Silvia, entrá al Pedrito antes de que llueva más fuerte.

–Que vaya la Mirta, que nosotras estamos jugando.

–Ah, claro… Yo estoy leyendo, les contestó.

–Sí, ya sé –protestó Ema– al final le van a pedir al pobre loro que entre solo. Siempre lo mismo, termino yendo yo…

Un alarido, otro y otro. Agudísimos. Tremebundos.

Olga y Sivia quedaron estupefactas y no atinaron a moverse. Mirta tiró el libro al piso y corrió hacia la galería.

Ema estaba subida a la mesa. Sentada sobre las tablitas del delantal recién planchado, con una mano apretaba la plancha y con la otra, las piernas contra su cara. Cuando pudo, siempre a los gritos, dijo que había entrado una rata y andaba “por ahí”. Las chicas escucharon, olvidaron las cartas y treparon a la mesa de la cocina.

Mirta cerró la puerta del patio recibiendo otro griterío materno que sonaba algo como “dejá abierto para que salga”. Sin prestarle atención, constató que las puertas de los dormitorios estuvieran también cerradas, buscó la escoba y empezó la cacería.

Minutos que parecieron horas corrieron ambas dando vueltas por cocina, galería y comedor hasta que al final la acorraló y la mató a escobazos. La barrió hasta el patio y cerró la puerta con llave, única forma de que Ema se calmara.

Recién entonces, las chicas corrieron a la galería y se abrazaron a su madre que todavía estaba temblando, hecha un bollito sobre la mesa.

Dardo, que acababa de llegar, no entendía nada y preguntó qué pasaba.

Ema lo vio, bajó de la mesa y quedó apoyada, lívida, intentando explicarle. Pero fueron las “Pepitas” las que le contaron la ridícula situación y aprovecharon para reírse de la madre. Todos, Dardo también.

Hasta que Ema golpeó la mesa.

–¡Basta! Esa rata, que encima era enorme y gris, vino de lo del japonés porque ustedes sacaron los ladrillos. Mañana los ponen de nuevo y me consiguen un gato negro, blanco o verde, no me importa.

Y se ríe de mí quien no le tiene miedo a las langostas, las cucarachas o las arañas. Mirando a su marido agregó: o a una lechuza.

 

DE PIEDRAS AMARILLENTAS ERA EL FRENTE DE SU CASA.

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Sobre la avenida, con aberturas pintadas de verde oscuro. Sin árboles.

Tenía un porche que a la derecha comunicaba con un largo pasillo al que abrían las ventanas iluminando living, comedor y cocina.

Ahí vivía Jorge.

Un Jorgito morocho de ojos tan oscuros que no se distinguía iris de pupila. Un par de bolitas negras bordadas con pestañas larguísimas.

Un poco más chico que yo, se permitía llorar cuando sin piedad le ganaba una carrera y sonreír si le ayudaba a hacer los deberes creyendo, inocente, que su madre no se daría cuenta.

Tenía su dormitorio forrado con estanterías colmadas de juguetes, nacionales e importados. Cortinas y cubrecama de la misma tela, con dibujos infantiles.

Solía ir con mi abuela, caminando tranquilas las nueve cuadras, para llegar a tomar el té o, a lo sumo, un cafecito.

Ahí estaban, sentados en el living, Freddy leyendo los diarios de la mañana y Zita bordando tapices. Jorgito, entretenido con el mecano.

Un día cualquiera, un chaparrón intempestivo nos obligó aceptar la invitación de Zita y nos quedamos a comer para después, al amainar el temporal, volvernos en taxi.

De noche, los grandes suelen susurrar conversaciones pensando que los chicos duermen. A veces sí. A veces se enteran de lo que, se supone, no deberían.

Hacía un tiempo que yo sabía.

Por eso, mientras escuchaba la lluvia en el techo de zinc, con el coraje que da la luz apagada, le pregunté:

—Abu, ¿es cierto que Jorgito no es el hijo de Zita?.

Tras unos segundos volví a escuchar su respiración, apenas repuesta de la sorpresa.

—Sí, es cierto, pero no tenés que decir nada. Es un secreto. Ellos lo criaron desde que nació porque su mamá no podía cuidarlo y se los dio.

—¿Y por qué no lo podía cuidar? ¿Quién era su mamá?

—Es una sobrina de Freddy que se fue a trabajar muy lejos y allá no tenía quién lo cuidara. Por eso se los dio a ellos. Sabía que lo iban a querer mucho.

Sonaba a engaño eso de trabajar lejos. Ella se dio cuenta de que no le creí.

—¿Y vos cómo sabés?

—Escuché una noche que mi mamá y mi papá hablaban de que había sido un error, pero no entendí por qué. ¿Vos sabés qué cosa fue un error?

Se quedó, otra vez, sin habla y optó por lo más seguro:

—Dormí que es tarde.

Al cabo de unos meses, llegó a casa mi abuela y a punto de llorar, contó, después de que me mandaran al patio:

—Les sacaron el chico a Freddy y Zita. Vino la loca con la policía a quitárselos. ¿Podés creer que denunció que se lo robaron? ¡Siete años queriéndolo y cuidándolo como un hijo y ahora a ésa se le ocurre venir a buscarlo!

—¿Y Jorgito qué dijo?

—Gritaba que no quería ir, no entendía nada, lloraba, te imaginás que él no la conoce. Figurará en la partida de nacimiento que es su madre pero nada más. Zita no soportó la situación, se descompuso y está internada en el Italiano. Con una cura de sueño, algo así. Freddy instalado con ella.

—Menos mal que era la sobrina…A veces, los parientes son los peores— sentenció mi mamá, que tampoco contenía las lágrimas.

—Fue un error no pedir la adopción. Si ella lo abandonó, hubieran podido hacerlo.

No supe qué hacer y me fui a llorar al lado del gallinero.

Cuando volvimos a verlos, la casa no era la misma.

Intenté abrir la puerta del dormitorio de Jorgito cuando fui al baño. Estaba cerrado con llave.

Ellos, descuidados, hasta despeinados parecían en la penumbra de la lámpara de pie. Estaban sentados uno en cada sillón, en silencio, con las ventanas y cortinas cerradas.

Hubiera querido no verlos así.

Al poco tiempo, un cáncer de páncreas terminó con el dolor de Zita.

Freddy la siguió al año siguiente.

Nunca supe dónde llevaron a Jorgito.

Tampoco lo olvidé.

De piedras amarillentas es el frente de su casa.

Sobre la avenida, sin árboles que oculten la tristeza.

 

piedra-amarilla

MADRUGANDO

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A las seis sonó el despertador. Lo apagó, se sentó en la cama y escuchó lloviznar. Pensó en que a las zonas azotadas por la sequía le vendría bien aunque fuera un poco de agua. Miró a su marido, envidiándole ese sueño inconmovible. Le sacudió un poco el hombro como para despertarlo. Buscó ropa y fue a darse un baño.

Al salir, la situación no se había modificado.

–Tucho levantate, por favor –Alcanzó a decir mientras abría la ventana, única forma de decidir qué se pondría para ir a trabajar. Esa casi lluvia traería seguramente un sol radiante pocas horas más tarde y tendría calor. Típico día para vestirse “de cebolla”.

Preparó el café, buscó una galletitas e insistió:

–¡Vamos, Tucho!

–¡Ufa! –protestó, sin mayor entusiasmo y entendiendo bastante poco la razón de los reiterados llamados.

Volvió al baño, se quitó la toalla de la cabeza, se peinó, se maquilló, desayunó apurada y, mientras volvía a llamarlo, tomó las llaves del auto y fue a la cochera.

Cuando entró y lo vio todavía en la cama, lo destapó.

–¡Todos los días lo mismo, cómo cuesta sacarte la almohada! –y agregó el diccionario completo.

–¿Qué te pasa, loca? ¡Dejá de correr tan temprano!

–¿No pensás ir a trabajar vos?

–Hoy es San Jerónimo, es feriado, vení a dormir.

–Nooo…¡Qué estúpida!

 

durmiendo

(Basado en un hecho real y “adornado” en algún taller, hace muchos, muchos años)

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