TAROT

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No todas las brujas son feas, desgarbadas y viejas como las de los cuentos infantiles.

Pude comprobarlo cuando, previo paso por el escritorio de la secretaria a dejar unos módicos doscientos pesos, vi recostada a la rubia de cuarentipico como la maja de Goya pero en una chaise longue.

Hecha a medida de su corta estatura, en pino barnizado caoba, tapizado en cuerina blanca -alias “cuero ecológico”- que realzaba su deshabillé rojo, pero chaise longue al fin.

Se incorporó con sonrisa Colgate y alargó la mano no para saludarme como pensé, sino para indicar una butaca.

Sin dejar de mirarle las uñas larguísimas con las que comenzó a barajar las cartas, me senté como pude en eso que, supuse después, era tan angosto como para que nadie pudiera sentirse cómodo.

Hasta ahí, todo en misterioso silencio.

Comenzó a enumerar una desgracia detrás de la otra que yo iba reconociendo con los ojos como dos de oro hasta que, con cierta parsimonia estudiada y revoleando sus pestañas postizas, dijo:

–A todo eso le sumamos algo que en las cartas no sale pero que yo veo en tus manos: se rompió el vidrio de una ventana ¡ay, con este frío! y también la heladera, sobrecargada de comidas y bebidas. ¡Uy, con tanta humedad! Lo lógico es que todo eso suceda hoy, un sábado a la tarde, ya se sabe.

Moví la cabeza de arriba abajo y mientras escuchaba el “crsh crsh” de mi articulación atlas-axis musité:

–¿Y qué puedo hacer?

–Conseguite cinco kilos de ruda macho y ponelos detrás de la puerta de calle, a ver si dejan de entrar las desgracias.

–¿Cinco kilos?

–Con menos te arriesgás a tropezarte con alguna baldosa floja.

Mañana salgo temprano, les aviso.

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¡MUERE, ASESINA!

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No pensó en que era chico el puñal, que tal vez poco daño le haría. No. Levantó la mano y al primer golpe sintió que traspasaba su vieja piel, más dura que lo habitual por los años, las heridas, los accidentes y, sobre todo, los choques. Era muy común que atropellara todo lo que se le aparecía en el horizonte o lo que podría ser algo así para ella. Un dicho que es una ridiculez. Lo que se llama horizonte es siempre algo tan lejano que nada puede aparecerse y estar ahí nomás, a un paso para tocarlo.

Lo cierto es que, con horizonte o sin él, ella acababa de chocarse un barco de esos de piratas, no tan grande como majestuoso, con bandera negra de calavera y huesos cruzados. Barcos de pisos mojados por los constantes embates de las olas que hamacan a los tripulantes de babor a estribor, ida y vuelta, donde acaban golpeándose si no se aferran con fuerza. Con algún viejo que fuma en pipa y hace ruido con su pata de palo cuando de noche recorre la cubierta. Esos que tienen sogas gruesas que sólo hieren las manos suaves de los grumetes, jamás las callosidades de los marineros con años de agua salada en la piel. ¡Y con un ancla pesada, de gruesa cadena que hace un ruido infernal, delicioso y esperanzador al fondearla!

¡Qué ansiedad, navegar hasta la isla habiéndola avistado con el catalejo!

Esa noche, en esas precisas coordenadas, nadie esperaba semejante ataque.

La sorpresa les impidió modificar la escora y por el fuerte empujón el barco dio una vuelta campana arrojando a sus cinco tripulantes al agua.

El reflejo de la luz de la luna en las olas provocadas le permitió ver cómo los otros se hundían. Sólo los locos se embarcan sin saber nadar. Era imposible salvarlos.

Entonces él, envalentonado como todo petiso, sacó de la cintura su puñal, subió al lomo de la ballena y comenzó a darle, furioso y a los gritos, una puñalada tras otra.

Vengaría a sus amigos antes de morir de frío.

Catorce, catorce eran las puñaladas que llevaba clavándole con toda su furia.

A las tres y diez de la madrugada la madre, asustada, fue hasta su habitación y allí lo vio, saltando a horcajadas en la almohada mientras hundía su puño derecho al grito de “¡Te mataré, ballena asesina!”

Lo calmó suavemente para evitar que se despertara, lo tapó y puso fin a su aventura de piratas por los mares del sur.

 

 

 

ENORME Y GRIS

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La soga iba de punta a punta del terreno. Nueve metros y cincuenta centímetros de ropa chorreando al sol. En el medio, la caña la sostenía en una muesca rudimentaria, motivo por el cual se caía cuando había mucho viento. En el piso de tierra había tres agujeros que determinaban la altura. Esto era importante porque colocada la caña en el primero, los tres paraísos cubrían el sol por las tardes y posibilitaban que la ropa de color no se “mareara” o destiñera. En cambio, puesta en el último hacía que las sábanas, increíblemente blancas, no se acercaran al suelo. Las hamacaba el sol de la mañana, todos los martes y sábados.

Había días en que el viento sur sacudía árboles, soga y ropas sin perdones, haciendo resbalar la caña, ensuciando lo recién colgado.

Si a Ema ya le costaba un gran esfuerzo lavar todo a mano, en doloroso ángulo sobre la pileta, era insoportable sumarle la rabia de una segunda vez.

Estaba cansada de pedirle a Dardo que arreglara de alguna manera ese sistema. Todos los domingos, cuando volvían de misa, se lo recordaba.

Él se limitaba a asentir con la cabeza mientras murmuraba: mi vieja la usó así toda la vida sin quejarse. Gran olvido el suyo. Ninguno de los varones estaba en la casa para saber las desdichas de su madre y cuando llegaban sólo acertaban a comer el puchero, lavarse los pies y a dormir.

Pero hubo un día en que no dijo nada, calladito fue hasta el fondo, sujetó soga y caña con un alambre y eso fue todo.

En los siguientes ocho años que vivieron allí no se volvió a caer la ropa.

Entonces Ema cambió de letanía: tanto tiempo yo trabajando el doble y tan fácil que había sido, Dardo…

En esa manzana, casi al final de pueblo, sólo había otras dos casas y el almacén de ramos generales del japonés que, en realidad, era indio toba pero si le decían indio o toba se enojaba. Ya nadie recuerda a quién se le ocurrió decir que parecía japonés y resultó que no le molestaba tanto que lo tildaran de extranjero como sí ser nativo, de acá nomás.

El almacén ocupaba casi media cuadra. Vendía desde caramelos a forraje y herramientas. En el fondo guardaba algunos arados en desuso por si acaso y compartía el tapial con los Peppo.

Fuente inagotable de cargadas y disgustos ese apellido para las tres hijas, Mirta, Silvia y Olga, las “Pepitas”, de nueve, ocho y siete años.

Tal vez por temor a generar peores burlas, no revelaban un dato curioso: sus nombres empezaban con la letra del mes en que nacieron. Costumbre ancestral de la familia de Ema que nadie se atrevería a quebrantar, como la de plantar una hierba con la misma inicial. Así, a la izquierda, un poco más allá de calas y achiras, estaban la menta, la salvia y el orégano. También había romero, laurel y perejil pero no tenían el mismo significado porque estaban allí desde que Dardo era chico. No las cuidaba tanto como a las suyas.

En ese patio de tierra jugaban las “Pepitas” con sus amigas de la escuela marcando con un palo la rayuela o dejando las Pampero azules de un incierto color grisáceo a medida que eran espolvoreadas cuando saltaban a la soga.

Con todos los elementos a su alrededor, se transformaban en rubias con polen de aromito, podían estar horas enhebrando flores de paraíso para hacer una joyería completa y ya al anochecer, engalanaban sus uñas con pétalos de malvones porque una vez pegados con la cantidad conveniente de saliva, era imposible usar las manos. Sólo quedaba admirar la obra. Como todas las nenas de esa edad y en ese tiempo.

A media tarde, Ema hervía dos o tres litros de leche en una olla de alumnio algo abollada, le agregaba un poco de azúcar y una taza de yerba. Luego la colaba, la distribuía en jarritos enlozados y agregaba una rodaja de pan trozado. La única que no tomaba la leche era Pipi. Decía, enrollándose en dos dedos el ruedo del vestido: gracias, doña Ema, pero el mate cocido me hace mal a las tripas, me da cagadera. Sólo el pan déme.

Un día, jugando a las escondidas, Mirta trató de subirse a un paraíso. El tapial era alto, viejísimo, con ladrillos mal colocados y otros a los que le faltaba el barro o lo que fuera que debía mantenerlos pegados. Puso la punta del pie en uno que estaba apenas hundido pero fue suficiente para que se deslizara hacia el patio del almancén.

Cuando terminaron de jugar, Mirta les propuso quitar ese ladrillo y un par más y así podrían escalar hasta llegar a la cima de una supuesta montaña. Sacaron tres pero no hicieron cumbre. En realidad, la única que podría haber subido era ella, ser la mayor le concedía autoridad y altura pero sin competencia no tenía gracia. Y por un tiempo quedaron olvidados los agujeros en el tapial.

Claro que no todo era jugar, así es como aquella tarde estaban las tres “Pepitas” haciendo los deberes –tarea se llamó muchos años después– en la cocina y Silvia trataba de memorizar la tabla del seis mirando por la ventana.

–Seis por siete… ¡Mirá, mami, el gatito del japonés se vino para acá!

–El japonés no tiene gatos, tiene dos perrazos bulldogs para que no le roben.

–Pero yo lo vi.

–Estudiá, mejor, debe ser de otro lado. ¿De qué color era?

–Gris.

–De don Fritz no es tampoco, porque el de él es negro y blanco. ¡Andá a saber de dónde vino! Ya se va a ir, así son los gatos. Dale con las tablas que después la Mirta te las toma.

–Yo quiero un gatito– dijo Olga.

–Lo que me falta a mí es otro animal. ¿No te alcanzan las gallinas, el Pedrito y el Batuque? Bueno, porque a mí sí, soy la única que les da de comer y los cuida. Aquí nadie se hace cargo de nada.

Lo dijo en general, pero era para Dardo en particular, sólo que él no estaba.

A la noche, Olguita, que sabía a quién pedirle, volvió a sacar el tema del gatito y el padre se lo prometió para el cumpleaños. Hasta octubre faltaba mucho, para ese entonces no se acordaría más.

Estaba llegando el invierno y como todos saben, oscurece tan temprano que todos los chicos se quedan en sus casas. Las “Pepitas” también.

Las dos más chicas estaban en la cocina jugando a la escoba del quince, Mirta leía en el comedor y Ema planchaba en la mesa de la galería que daba al patio.

Tanta humedad debía desembocar en esa llovizna que apenas hacía ruido al caer sobre las plantas.

–Silvia, entrá al Pedrito antes de que llueva más fuerte.

–Que vaya la Mirta, que nosotras estamos jugando.

–Ah, claro… Yo estoy leyendo, les contestó.

–Sí, ya sé –protestó Ema– al final le van a pedir al pobre loro que entre solo. Siempre lo mismo, termino yendo yo…

Un alarido, otro y otro. Agudísimos. Tremebundos.

Olga y Sivia quedaron estupefactas y no atinaron a moverse. Mirta tiró el libro al piso y corrió hacia la galería.

Ema estaba subida a la mesa. Sentada sobre las tablitas del delantal recién planchado, con una mano apretaba la plancha y con la otra, las piernas contra su cara. Cuando pudo, siempre a los gritos, dijo que había entrado una rata y andaba “por ahí”. Las chicas escucharon, olvidaron las cartas y treparon a la mesa de la cocina.

Mirta cerró la puerta del patio recibiendo otro griterío materno que sonaba algo como “dejá abierto para que salga”. Sin prestarle atención, constató que las puertas de los dormitorios estuvieran también cerradas, buscó la escoba y empezó la cacería.

Minutos que parecieron horas corrieron ambas dando vueltas por cocina, galería y comedor hasta que al final la acorraló y la mató a escobazos. La barrió hasta el patio y cerró la puerta con llave, única forma de que Ema se calmara.

Recién entonces, las chicas corrieron a la galería y se abrazaron a su madre que todavía estaba temblando, hecha un bollito sobre la mesa.

Dardo, que acababa de llegar, no entendía nada y preguntó qué pasaba.

Ema lo vio, bajó de la mesa y quedó apoyada, lívida, intentando explicarle. Pero fueron las “Pepitas” las que le contaron la ridícula situación y aprovecharon para reírse de la madre. Todos, Dardo también.

Hasta que Ema golpeó la mesa.

–¡Basta! Esa rata, que encima era enorme y gris, vino de lo del japonés porque ustedes sacaron los ladrillos. Mañana los ponen de nuevo y me consiguen un gato negro, blanco o verde, no me importa.

Y se ríe de mí quien no le tiene miedo a las langostas, las cucarachas o las arañas. Mirando a su marido agregó: o a una lechuza.

 

DE PIEDRAS AMARILLENTAS ERA EL FRENTE DE SU CASA.

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Sobre la avenida, con aberturas pintadas de verde oscuro. Sin árboles.

Tenía un porche que a la derecha comunicaba con un largo pasillo al que abrían las ventanas iluminando living, comedor y cocina.

Ahí vivía Jorge.

Un Jorgito morocho de ojos tan oscuros que no se distinguía iris de pupila. Un par de bolitas negras bordadas con pestañas larguísimas.

Un poco más chico que yo, se permitía llorar cuando sin piedad le ganaba una carrera y sonreír si le ayudaba a hacer los deberes creyendo, inocente, que su madre no se daría cuenta.

Tenía su dormitorio forrado con estanterías colmadas de juguetes, nacionales e importados. Cortinas y cubrecama de la misma tela, con dibujos infantiles.

Solía ir con mi abuela, caminando tranquilas las nueve cuadras, para llegar a tomar el té o, a lo sumo, un cafecito.

Ahí estaban, sentados en el living, Freddy leyendo los diarios de la mañana y Zita bordando tapices. Jorgito, entretenido con el mecano.

Un día cualquiera, un chaparrón intempestivo nos obligó aceptar la invitación de Zita y nos quedamos a comer para después, al amainar el temporal, volvernos en taxi.

De noche, los grandes suelen susurrar conversaciones pensando que los chicos duermen. A veces sí. A veces se enteran de lo que, se supone, no deberían.

Hacía un tiempo que yo sabía.

Por eso, mientras escuchaba la lluvia en el techo de zinc, con el coraje que da la luz apagada, le pregunté:

—Abu, ¿es cierto que Jorgito no es el hijo de Zita?.

Tras unos segundos volví a escuchar su respiración, apenas repuesta de la sorpresa.

—Sí, es cierto, pero no tenés que decir nada. Es un secreto. Ellos lo criaron desde que nació porque su mamá no podía cuidarlo y se los dio.

—¿Y por qué no lo podía cuidar? ¿Quién era su mamá?

—Es una sobrina de Freddy que se fue a trabajar muy lejos y allá no tenía quién lo cuidara. Por eso se los dio a ellos. Sabía que lo iban a querer mucho.

Sonaba a engaño eso de trabajar lejos. Ella se dio cuenta de que no le creí.

—¿Y vos cómo sabés?

—Escuché una noche que mi mamá y mi papá hablaban de que había sido un error, pero no entendí por qué. ¿Vos sabés qué cosa fue un error?

Se quedó, otra vez, sin habla y optó por lo más seguro:

—Dormí que es tarde.

Al cabo de unos meses, llegó a casa mi abuela y a punto de llorar, contó, después de que me mandaran al patio:

—Les sacaron el chico a Freddy y Zita. Vino la loca con la policía a quitárselos. ¿Podés creer que denunció que se lo robaron? ¡Siete años queriéndolo y cuidándolo como un hijo y ahora a ésa se le ocurre venir a buscarlo!

—¿Y Jorgito qué dijo?

—Gritaba que no quería ir, no entendía nada, lloraba, te imaginás que él no la conoce. Figurará en la partida de nacimiento que es su madre pero nada más. Zita no soportó la situación, se descompuso y está internada en el Italiano. Con una cura de sueño, algo así. Freddy instalado con ella.

—Menos mal que era la sobrina…A veces, los parientes son los peores— sentenció mi mamá, que tampoco contenía las lágrimas.

—Fue un error no pedir la adopción. Si ella lo abandonó, hubieran podido hacerlo.

No supe qué hacer y me fui a llorar al lado del gallinero.

Cuando volvimos a verlos, la casa no era la misma.

Intenté abrir la puerta del dormitorio de Jorgito cuando fui al baño. Estaba cerrado con llave.

Ellos, descuidados, hasta despeinados parecían en la penumbra de la lámpara de pie. Estaban sentados uno en cada sillón, en silencio, con las ventanas y cortinas cerradas.

Hubiera querido no verlos así.

Al poco tiempo, un cáncer de páncreas terminó con el dolor de Zita.

Freddy la siguió al año siguiente.

Nunca supe dónde llevaron a Jorgito.

Tampoco lo olvidé.

De piedras amarillentas es el frente de su casa.

Sobre la avenida, sin árboles que oculten la tristeza.

 

piedra-amarilla

MADRUGANDO

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A las seis sonó el despertador. Lo apagó, se sentó en la cama y escuchó lloviznar. Pensó en que a las zonas azotadas por la sequía le vendría bien aunque fuera un poco de agua. Miró a su marido, envidiándole ese sueño inconmovible. Le sacudió un poco el hombro como para despertarlo. Buscó ropa y fue a darse un baño.

Al salir, la situación no se había modificado.

–Tucho levantate, por favor –Alcanzó a decir mientras abría la ventana, única forma de decidir qué se pondría para ir a trabajar. Esa casi lluvia traería seguramente un sol radiante pocas horas más tarde y tendría calor. Típico día para vestirse “de cebolla”.

Preparó el café, buscó una galletitas e insistió:

–¡Vamos, Tucho!

–¡Ufa! –protestó, sin mayor entusiasmo y entendiendo bastante poco la razón de los reiterados llamados.

Volvió al baño, se quitó la toalla de la cabeza, se peinó, se maquilló, desayunó apurada y, mientras volvía a llamarlo, tomó las llaves del auto y fue a la cochera.

Cuando entró y lo vio todavía en la cama, lo destapó.

–¡Todos los días lo mismo, cómo cuesta sacarte la almohada! –y agregó el diccionario completo.

–¿Qué te pasa, loca? ¡Dejá de correr tan temprano!

–¿No pensás ir a trabajar vos?

–Hoy es San Jerónimo, es feriado, vení a dormir.

–Nooo…¡Qué estúpida!

 

durmiendo

(Basado en un hecho real y “adornado” en algún taller, hace muchos, muchos años)

RÉQUIEM

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Por ser hijo de un imprentero solía decirle a mis amigos que el viejo de esa lámina con rudimentario marco de madera despintada era Joaquín el tatarabuelo de mi papá, el impulsor del negocio familiar.

Venían casi siempre los fines de semana o alguna tarde si no teníamos gimnasia. Nos gustaba el olor de la tinta. Solíamos escondernos entre las suaves bobinas de papel. En ese entonces también bailábamos al ritmo acompasado de lo que, después, se transformaría en ruidos insoportables.

Mi padre nunca nos recriminó que jugáramos en ese laberinto, que tomáramos por asalto su lugar casi sagrado guillotinando cuanto papel dejaba a nuestro alcance.

Su ilusión, nunca expresada, fue que yo llegara a amar ese oficio y dedicara mi vida a emprender caminos más importantes que las consabidas invitaciones a casamientos o aquellos aburridos folletos de la pizzería de Manuel.

Preferí los números, el silencio de la investigación matemática y, cruzando fronteras, me fui.

El avance tecnológico y su edad lo decidieron a vender la imprenta. Me lo dijo por teléfono, casi sin darle importancia y lo primero que recordé fue aquel cuadrito.

Le pedí que me lo guardara.

–No me vas a creer pero siempre dije que ese viejo que está con la imprenta era un tatarabuelo tuyo, hasta que vi en el libro de Historia que era Gutenberg.

Intuí que sonreía perdonando el engaño ya descubierto, seguramente, por mis amigos.

Escuché un suspiro.

–Quedate tranquilo, te lo guardo y no voy a decir nada porque, en cierta forma, así fue– dijo con un tono más apagado.

Puede haber sido vergüenza por mi pretencioso engaño.

O, tal vez, pena ante el hecho indubitable de que no habría más olor a tinta.

Supongo, sólo puedo suponerlo.

 

gutenberg

¡QUIERO VALE CUATRO!

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Santa Fe. Ciudad universitaria que recibía todos los años gran cantidad de estudiantes de los pueblos, ciudades y provincias vecinas.

Rosy, Marcelino y sus dos pequeños vivían a un par de cuadras de la Facultad de Ingeniería Química y a pocas más de la de Derecho. Suipacha entre 9 de Julio y San Jerónimo, vereda impar. Caserón largo y flaco que años más tarde se modernizó transformándose en una clínica de traumatología.

Sobraba una habitación de esas tan comunes, cuatro por cuatro o más, piso de tablones de madera, techos altísimos, paredes pintadas con firuletes en marrón y beige hasta el metro y medio y de allí para arriba, un liso aburrido y parejo.

Siendo su marido viajante de comercio y con el país en plena crisis del ’30, era necesario un aporte más para solventar el alquiler y demás gastos.

Quiso la suerte que Rosy…¡Qué digo! Ni la suerte ni ella quisieron nada, no tuvo otra alternativa que alquilar esa habitación a estudiantes universitarios.

Rápido llegaron cuatro de donde nadie recuerda pero que fueron bien recibidos.

Las pensiones estudiantiles eran, en su mayoría, el salvoconducto de las viudas:constaban de una o más habitaciones compartidas entre dos, tres y hasta cuatro personas e incluían desayuno, almuerzo y cena.

Años más tarde, al establecerse el comedor universitario, sólo se alquilaban las habitaciones. Costumbre que, a su vez, cambia cuando comienza la “modernidad”: alquilar casas o departamentos.

Pero estábamos en la casa de Rosy, con Mimí que tenía poco más de cinco años y Toto con casi tres.

Los cuatro estudiantes y sus respectivas carreras fueron desdibujándose con el tiempo. Eran, al parecer, muy simpáticos, buenos pibes y compinches con la familia que los alojaba.

No tenían dinero suficiente para volver a sus hogares todos los fines de semana. Una vez por mes ya era toda una alegría, como la de recibir encomiendas con dulces caseros, encurtidos diversos y el sobrecito.

Llegado el domingo, si había sol era fácil: caminar hasta el Parque Garay, tomar mates con bizcochos y ¡a jugar unos picaditos!

Con lluvia la historia era otra.

Tenían lugar entonces, en la pensión, largas partidas de truco, chinchón y básica. Si era con dados, la infaltable generala y el ciento uno.

Carcajadas y porotos se desparramaban durante la tarde atrayendo la atención del pequeñín. Totito se instalaba en las piernas de uno y cuando se cansaba cambiaba de “sillita”.

Ellos lo dejaban, tranquilos porque sus pocos años lo hacían “no peligroso”, sumado a que lo suyo era lo que habitualmente se llama “media lengua” prolongada.

Pero siempre hay “un día”. Como siempre hay quien no quiere perder, aunque sean los porotos.

Así fue como Roberto, en algún momento que no fue posible precisar, le mostró una carta y le dijo:

–¿Ves esta carta, Totito?

Totito asintió.

–¿Ves que tiene un cuchillo grandote?

Y Totito otra vez movió la cabeza, intrigado.

–Bueno, cuando juguemos al truco, vos vas a mirar quién lo tiene y venís y me avisás. Yo después de doy unos caramelos de leche de esos que te gustan.

Totito dudó. No entendía.

El fullero se dio cuenta y agregó:

–Cuando yo te pregunte ¿querés caramelos? ya sabés que estamos jugando al truco, entonces te fijás quién tiene el cuchillo grandote y me decís. ¿Entendés?

–Sí –contestó sonriendo.

Finalmente, una siesta lluviosa jugaron al truco. Cuando Roberto dio la señal, Totito empezó la ronda. Hasta que vio la carta precisa y con el índice extendido gritó:

–¡Éte tiene e caturi cagonte!

Sorpresa. Les costó entender. Después sí, risas, enojos y fin del juego.

Pasado un tiempo, a Totito lo dejaron volver a disfrutar de los dibujos y colores de las barajas españolas.

Sin hablar.

truco

 

 

07/05/2015

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