Olvídense del señor aquél que, cansado del ruido, construyó una bonita casa  allí donde la ruta se convierte en Avenida Jorge Newbery, con jardín, árboles y un terreno contiguo para la quinta.

Del tipo que hizo varios viajes, dentro y fuera del país y que estaba organizando con Mimí la anhelada vuelta a Francia.

Piensen, mejor, en el contador que para poder serlo trabajó desde la adolescencia sin descanso y con poca comida. Tan poca que recibió el título y,  al mismo tiempo, la orden médica de internar su esquelética figura en el Instituto Nacional de Nutrición de Buenos Aires.

Aquél de las varias mediasuelas y tacos de goma, a quien su mujer le limpiaba un traje con bencina, planchándolo con una tela húmeda mientras el otro estaba en uso permanente.

El que viajaba en colectivo por caminos de tierra a los pueblitos perdidos donde vivían sus clientes y volvía con la yapa: hormas de queso, tarros de dulce de leche, algunas perdices y bolsas llenas de hongos que había que secar desparramándolos en el patio.

Ese que no conocía las vacaciones ni el descanso dominical y que, llegado el terrorífico abril-vence-Réditos, pasaba noches enteras entre números. Literalmente.

Un docente innato que, años después, pagaba para dar clases en la Universidad (solía decir que era lo único que realmente le gustaba) porque los gastos en libros y combustible casi superaban el recibo mensual.

El que me enseñó a comer con pan las nueces, los higos, las uvas y las aceitunas negras maceradas en ajo, orégano y ají molido. ¡Simples exquisiteces! Pero que, al mismo tiempo, me obligó a probar todos los pescados preparados de mil maneras, sin lograr que me gustaran.

Un maestro que me enseñó a pensar, a entender y a discutir, que me politizó de chiquita con lecturas socialistas. También, el que me hizo llenar varios cuadernos de caligrafía para que tuviera una letra “pareja y linda”.

El gringo contradictorio que me transmitió su amor por la música pero puso cuanto argumento válido o excusa superflua pudo, dependiendo de la época y el humor, para no comprarme el piano.

El que reía hasta con los bigotes leyendo a Wimpi y jugando al truco con sus amigos en Santa Anita, donde los que perdían pagaban los cafés.

El tipo que un día me regalaba un excelente disco y al siguiente, uno que todavía no entiendo por qué lo compró. (Recuerdo que, al ver mi gesto de sorpresa, dijo “hay que tener la mente abierta para leer y escuchar todo”)

Esa especie, no tan rara en aquellos años, que era capaz de explicarte cualquier tema tomando tres caminos distintos.

Al que, siendo chica, dibujaba siempre de perfil con sombrero y pipa. Porque su atuendo diario era, por imperio de modas y circunstancias: traje, sombrero y pipa, con fósforos o encededor en el bolsillito del chaleco. Hasta que llegaron los Saratoga, Chesterfield, Parliament y el susto.

El insensato que me entregó la motoneta a los trece y me la prohibió a los catorce porque –dijo –“yo te quiero aunque no parezca”.

El mismo que, al año siguiente, me sentó en la Estanciera con apenas dos indicaciones y la consigna de que “alguien más tiene que saber manejar y tu madre no quiere”.

El padre que depositó, vanamente, demasiadas esperanzas en mí, creyendo que era lo que no estoy segura de haber podido ser muchos años después. Y que, de todas maneras, no vio.

Ése con quien, un domingo de otoño, me senté en el jardín teniendo a Dvorak y Brahms como melodiosos testigos, donde hicimos inventarios y balances, compensamos centavos, nos pasamos facturas, depuramos cuentas y saldamos deudas.

Quedamos a mano, sin reproches. Nos entendimos.

Lástima que, dos meses después, en aquél anochecer lluvioso del veintinueve de mayo, por culpa de un tractor sin luces que no debió estar en la ruta, se murió sin saludar.

 

 

pipa y tabaco

13/04/2013

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