Antes de ir a abrir su peluquería, Rita se dirigió hacia la comisaría del barrio, a unas pocas cuadras de su casa. Hay trámites que, aunque sencillos, no dejan de incomodarla. Éste era uno.

Apenas traspuso la puerta, le hizo la pregunta pertinente al policía que estaba de guardia. Solícito y amable, éste le indicó:

–Girá a la izquierda en el primer pasillo, segunda puerta, sentáte que ya te van a atender.

Tras unos minutos de espera, apareció el comisario con el cabo sumariante. La saludó, se ubicó en el escritorio y mediante una seña la invitó a sentarse frente a él.

La peluquera miró a Ojeda, que acababa de acomodarse muy atento frente a la computadora y sonrió recordando el apodo que con su amiga Ada lo habían bautizado.

Tantos años teniéndolos como vecinos se borraban al verlos con semejante compostura y seriedad en el trabajo. Mientras el Comisario movía la cabeza concentradísimo leyendo papeles, Ojeda golpeaba las teclas como si no le hubieran modernizado su querida Olivetti. Ella pensó: “A vos te falta poco para que también te jubilen”.

–Decime, Rita. ¿Mariana subió las escaleras sin encender las luces? ¿Vos la viste llegar anoche?

La sorprendió la pregunta, sobre todo porque no era la que esperaba pero no se le ocurrió aclarar nada, sólo atinó a responder:

–La vi llegar pero en las luces no me fijé, Poroto, pe…

–¡Ojeda, seleccioná lo que escribís! ¡Rita! ¡Aquí soy el Comisario!

–Disculpe, Comisario Poroto, pero no creo.

– Ojeda…¡Atenti con lo que ponés! Rita, sin Poroto, por favor.

–Bueno, Comisario, pero usted sabe que yo le corto el pelo desde que era chico, un porotito así que no se levantaba un palmo del suelo.

–¡Decime de una vez si Mariana subió con luz o sin luz, sola o con algún hombre!

–Sí, señor Comisario –seguía sin entender pero por el tono accedió a contestar, amablemente aunque no de muy buena gana.

–Con la luz apagada, entonces.

–No, señor Comisario, quise decir que sí, que ya se lo iba a contar…

–Te escucho.

–Diría que no, tiene que haber subido con la luz prendida. No ve dos en un burro de día y con anteojos, ¡menos va a ver de noche y sin luz!

–Aquí no valen deducciones, Rita, no viste nada, entonces…

–Sí, la vi subir a ella con un hombre –contestó con un leve movimiento de hombros. Su desconcierto iba en progresivo aumento. Todo era demasiado formal y raro, muy raro.

–¡Ah! ¡Entonces viste al ladrón!

–Aquí no valen deducciones, Comisario, y menos adivinanzas, no tenía un cartel que dijera “soy ladrón”. Le digo más, señor Comisario, no era.

–No te burles ni me retruques…

–….

– Continuá, Rita, llegó con un hombre. ¿Y subió, subieron?

–…

–¡Contestame, Rita!

–¡Primero me decís que no te conteste y después me gritás si me callo!

Rita, dándose cuenta de su error, se corrigió. No quería empezar a tener problemas con la autoridad. Bajó apenas la voz y modificó el tono.

–Disculpe, señor Comisario, pero póngase de acuerdo, ¿qué hago?

Con los ojos desorbitados, las manos crispadas y los pies hechos un nudo, el Comisario tragó saliva tratando de tranquilizarse.

–Decime qué viste, poor favorrr.

–¡Otra vez! La vi a Mariana, como a las once, llegar con un hombre a su casa. Abrió la puerta y subieron, como hacen siempre que el Sirirí viene a visitarla, porque era él, lo conozco bien. Y no vi nada más, yo había salido a sacar la bolsa de basura pero justo empezaba mi serie favorita, así que entré a mirar televisión.

–No vamos a empezar de nuevo… Si no viste nada…bueno, nada fuera de lo común, ¿me querés decir a qué viniste? Yo estoy preocupado, investigando un hecho policial porque a Mariana le robaron y vos me hacés perder el tiempo…

–¿Yo? Yo vine a hacer la denuncia porque perdí el documento, pero vos no me dejaste hablar, ¡Poroto!

Fermín Ojeda, el sumariante, a quien apodaban “Casquito” porque cuando andaba en moto usaba el casco de su hijo más chico, ya no podía escribir. Lloraba de tanto reír a boca cerrada.

–Eso es en la oficina que sigue, andá a que Isabel te tome los datos. Vos, Ojeda, ¡anulá la declaración y no te rías!

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06/02/09

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