JULIA

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Fuimos un miércoles.

Pancho tenía una combi con la que, de jueves a domingos, llevaba a las orquestas a tocar en los pueblos y ciudades más variados. Los demás días descansaba, salvo que saliera algún viaje extra o changa mecánica.

Esa semana sería distinta. El martes, sentado en su silla petisa esperando que tía Julia sirviera la comida, me preguntó:

–¿Vos conocés la Basílica de Luján?

–No fui nunca, por fotos nomás.

–Nosotros vamos mañana, ¿querés venir?

–Bueno, dije con mediano entusiasmo.

Por razones de trabajo habíamos recalado en Rosario, donde vivían los Muñiz: Victoria, Julia, Tita y Miguel.

Tíos políticos que fueron muy buenos conmigo sin lograr modificar mis días  aburridos, a veces tristes, ni la esperanza de volver a Santa Fe.

Tía Julia, la que más quise, trataba de acompañarme e intentó hacer, a su manera, un poco más entretenida esa estancia: todas las tardes mientras tomábamos mates dulces con algún yuyo, los que no tuve más remedio que aceptar, me contaba anécodatas familiares y vecinales.

Las familiares quedarán en la intimidad. Jugosas historias que no sólo ella sabía pero que fue la única en destaparlas, literalmente.

En cuanto a las sociales, era la persona más informada del barrio. Justo debajo de la ventanita de la cocina que daba a la calle, había una mesa con tres sillas. Sentada todo el día debido a su disminución física, intercambiaba chismes con sus amigas sin disimulo: desde la vereda y acodadas en el marco le susurraban novedades. Era propiamente una cadena, porque ella recibía de unas que transmitía a las otras y viceversa.

Por ahí atendía al verdulero, al panadero y al quinielero, que se llevaba su moneda diaria de cinco o diez pesos a cambio de un número que nunca era el mismo. Para no equivocarse, tía Julia los anotaba en una libretita a razón de tres columnas por página y cuando ganaba ponía los billetes en una lata de bizcochos Canale.

Esos ahorros estaban destinados a su hijo adolescente, que por su comportamiento rebelde, a diario recibía respuestas paternas negativas. Llegó un momento, después del tercer permiso “sacá de ahí”, en que la lata se convirtió en un autoservicio.

Ella siempre aclaraba que no tenía plata, sólo la que su marido le dejaba para la comida. Tan conocida era la historia de los Canale como públicas las letanías de  supuestas desdichas financieras y, sin embargo, Pancho pagó sin chistar el regalo que le llevarían a la virgen.

Lo que pida mi Julita yo lo hago, dijo abrazándola  contra su panzota. Vamos, que eso no era tan así. Todos, ella también, sospechábamos que cuando viajaba no se conformaba con su Julita. Al respecto, lo común era el silencio.

Una vez por semana tía Tita iba a baldear el piso de ladrillos de esa galería larguísima y también limpiaba el resto de la casa.

Julia sufría una insuficiencia respiratoria que sólo le permitía algunas tareas, cocinar, lavar y colgar la ropa y poco más. Dependió, para todo, de todos. Pero era Tita la que siempre estaba para ayudarle.

El asmopul sobre la mesita de luz, la imagen de la Virgen de Luján en cuadro con ramita de laurel en el vértice izquierdo y un rosario de cuentas blancas, pendiendo de un crucifijo colaboraban, de hecho, para que sobrellevara su existencia con alegría impensada.

No iba los domingos a misa. Sin mucha explicación me dijo que no necesitaba nada de los curas y con “el de arriba yo me arreglo sola”.

Pero ahora vas a ir a Luján, le cuestioné la noche en que preparábamos los bártulos para el viaje.

“Es la única que me escuchó y voy a agradecerle”.

Hubo que dejar la camioneta algo lejos y tía Julia caminó, despacio, sostenida por mi brazo, con la mirada en la basílica y temblando.

Pancho fue a buscar al cura. Ella se sentó a descansar en el banco más cercano a la puerta. A su lado, yo miraba incrédula esas paredes forradas de vitrinas con toda clase de objetos, desde trajes de novia sin uso a escarpines desteñidos. Cartelitos alusivos con fechas, fotos, flores secas, de papel o de tela.

Boquiabierta me acerqué a una donde estaban, ordenaditos y colgando de clavos muy chiquitos las más diversas figuras en relieve, en oro o plata, de partes del cuerpo humano.

¿Eso trae la gente? Le pregunté, pero no contestó porque ya llegaba el cura.

Ella se incorporó, alcancé a escuchar el silbido típico: apenas podía respirar de la emoción, sacó de su bolsillo una cajita, la abrió y se la entregó.

Pude ver un dorado pulmón izquierdo, al tiempo que escuchaba su explicación:

“Padre, le prometí a la Virgen que, si después de la operación que me hicieron por la tuberculosis, podía tener y ver crecer un hijo sano le traería, en oro, la imagen del pulmón que me quedaba. Demoré unos años, como quince, pero aquí está.”

A la vuelta, en silencio, le cebaba mates a Pancho para que no se durmiera.

Unos meses después, nos volvimos a Santa Fe.

Allá quedó Julia, respirando apenas pero con fuerzas para llegar a ver a su hijo casado y conocer al primero de sus tres nietos.

Murió en su casa de ladrillos pegados con barro, maderas, chapas y pisos de lechinada de portland porque nunca quiso mudarse. Pudiendo hacerlo, dijo no. Prefirió un horno en verano, el polo en invierno y siempre, un húmedo desastre para su débil salud.

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AQUEL GRAN VIAJE

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A mediados de 1960, mi papá con dos amigos galvenses, Walter B. y Carlos C. más una profesora de inglés, Susana G. viajaron a Estados Unidos. Ellos, a la Convención de Rotary Internacional y ella a un curso de perfeccionamiento del idioma.

Una vez que llegaron, alquilaron un auto y, si la memoria no me falla, hicieron algún viaje de pocos días los cuatro juntos hasta la fecha en que ella comenzaría los estudios.

Cuando se separaron vivieron, por decirlo rápido y fácil, la cruda realidad aunque la situación había sido prevista. Ninguno de los tres sabía casi nada de inglés. El que mejor se las arreglaba era el gringo, siempre ayudado por un diccionario y los apuntes de las clases que Susana les había dado durante algún tiempo antes del viaje.

Lo que estaba escrito era fácil. Las complicaciones y malentendidos surgían cuando querían hablar o trataban de entender indicaciones.

Hubo anécdotas de varios colores que el tiempo ha ido borrando, sólo recuerdo dos o tres.

Una, cuando tuvieron que dejar una bolsa con manzanas en el puesto fronterizo entre un Estado y otro, porque este último era productor y sus leyes prohibían el ingreso de la fruta. Era gracioso escucharlo contar las pretendidas discusiones con los de la garita: Los yanquis no hacían esfuerzo por entenderles el castellano mechado con palabras que no sonaban a inglés. Y, a pesar de las señas y carteles indicadores, ellos no entendían por qué sólo podrían continuar si dejaban la fruta o pagaban la multa.

Aquiles desembolsó y arrancó.

“Están todos locos en este país. Allá nadie te dice nada si te vas a Tucumán con naranjas de Coronda”, refunfuñaba Walter.

Carlos contaba en las charlas galvenses: “Si algo nos faltaba en ese viaje eran dólares. Yo les hubiera dado la bolsa y que se las coman ellos pero el gringo no quiso”.

“¡Y después tenías que comprar cualquier otra cosa para comer, era lo mismo!”,  retrucaba el aludido

Fue un viaje gasolero. El Rotary algo les pagaba, un poco tenían ahorrado y el resto lo consiguieron prestado sin intereses, de palabra: “Estás loco, ¡qué me vas a firmar!, “me los devolvés cuando podás”. Pero ninguno quiso endeudarse demasiado. Pidieron lo que sabían que podrían pagar. Pueblo, año sesenta.

Otra situación, entre incómoda y graciosa, se dio cuando decidieron comer en uno de esos restaurantes que están al costado de las rutas. Un muchacho muy amable les dejó a cada uno un papel en tonos marrones con el menú.

Pidieron las bebidas, fácil. Y se dedicaron al diccionario para descubrir qué tendrían en el medio esos panes redondos, luego llamaron al mozo.

Carlos puso el índice en el renglón numerado 19, al tiempo que señalaba a Walter y movía las manos indicando que querían “de éste, uno para cada uno”.

Hasta aquí, todo iba sobre ruedas.

Aquiles le señala un número y aclara “no ketchup”. El chico, no pudiendo creer lo que escuchaba, contesta algo así como “es con ketchup”. “Pero yo no quiero con ketchup”. “No se puede no ketchup”. Diez minutos discutiendo el con y sin ketchup hasta que un mexicano que acababa de llegar, escuchó las maldiciones en castellano y se acercó a preguntarle qué problema tenía.

“Pedí un sandwich que dice que lleva ketchup y yo lo quiero sin aderezo, estoy descompuesto, sólo puedo comer la carne, el tomate y el queso.”

Pues no, señor, usted quiere el 21 y cuando el mozo le pide al de la cocina un 21 el cocinerito sabe lo que tiene que poner y eso es lo que hace. Es así, o come lo que está indicado o elige otro, señor.

El gringo tragó saliva, le agradeció los buenos servicios, ratificó el 21 y lo destapó para quitarle una buena cantidad de ketchup. “Peor hubiera sido reventarme el hígado con salchichas”, se conformó.

Origen de varias cargadas por mucho tiempo fue el inconveniente que sufrió  Walter. Pararon en una estación de servicio y se dividieron de acuerdo a las necesidades. Carlos fue a comprar algo para comer que, señalando y conociendo la moneda, no le resultaría difícil. Aquiles quedó encargado de la nafta, aceite, agua, revisión general del auto mientras Walter se dirigió al baño.

Apenas unos segundos después, lo ve venir al “Gordo” corriendo desesperado y se larga una hermosa carcajada.

“Sos muy gracioso tratando de correr, ¿qué te falta? “

“¡Gringo de mierda! ¡Si sabías, por qué no me avisaste que sin monedas no se abre la puerta!”

“Aquí se paga por todo, lo que no sabía es que vos no tenías” y seguía riéndose aún después de habérselas dado.

No recuerdo si el problema fue que no tenía monedas, lo que sería insólito o,  como me inclino a pensar, no tenía las del valor requerido.

Cambio de ropa y a seguir viaje al norte.

Unos meses antes, Aquiles se había contactado con su tío materno, el “zío”  Carmine, que vivía en Chicago y a quien, por supuesto, quería visitar. Treinta años habían pasado desde que salió de Italia. Si ahora hacía miles de kilómetros, ¡cómo no dar un paso más para abrazarlo, borrar con una mirada tanta guerra, posguerra, migraciones y añoranzas!

Le avisó que iría con dos amigos. Carmine respondió que todos eran bienvenidos. Y allá fueron, buscando en los conocidos mapas de papel la dirección que apenas un par de veces había escrito en los sobres.

Cuando dieron vuelta en una esquina, la sorpresa fue enorme y los dejó mudos: Zío Carmine había cerrado la calle. Rodeada de veinte o treinta sillas (nunca llegó a contarlas) había una larga mesa con mantel, vajilla y servilletas.

Se miraron reconociéndose, se abrazaron, lloraron, hablaron al unísono y comenzaron las presentaciones. Porque “mi sobrino viene de Argentina con unos amigos y vamos a recibirlos como corresponde” significaba que todos los que vivían en esa cuadra iban a agasajar a los recién llegados.

Tío, sobrino y vecinos se entendieron en una mezcla de italiano, varios dialectos, inglés y castellano. Ni Carlos ni Walter entendieron mucho, para ser indulgente. Sin hacerse problema, se dedicaron a comer todo lo que caía en sus platos (ya sabemos la cantidad de comida que son capaces de hacer las italianas) exquisitamente regado con vino casero. ¿Qué gringo no tiene unas vides en el fondo de su casa?

Carmine y Aquiles hablaron toda la noche, los demás no se acuerdan a qué hora se acostaron. Cuando se despidieron lloraron todos, la mayoría por contagio, de pensar en el sufrimiento de la nueva separación.

Se fueron del barrio con el auto lleno de comida, bebida, besos, abrazos, más llantos y la promesa de que se verían al año siguiente y que Carmine cumplió.

La Convención del Rotary era en La Habana y si bien Estados Unidos no había impuesto el bloqueo a Cuba todavía, el gobierno de Fidel Castro empezaba la nacionalización de las empresas norteamericanas. Las relaciones se enfriaban cada vez más y no había vuelos comerciales entre los países. Debieron volar a México donde visitaron la imponente y prestigiosa Universidad  Nacional Autónoma y los no menos prestigiosos bares del Distrito Federal.

Tranquilos y seguros, cruzaron el Golfo y llegaron a la isla.

Es fácil darse cuenta de que tanto en México como en Cuba pudieron conversar sin muchos problemas, sobre todo porque podían pedir aclaraciones de los modismos.

Con la Revolución en sus comienzos, comenzaba a también aplicarse la primera reforma agraria. Las calles de La Habana hervían de gente con ropa de fajina y felices de ir a levantar la zafra o a trabajar su propia parcela.

En el bellísimo edificio Bacardí, ya expropiado, se realizó la Convención y entre los mármoles rojos del hall principal, posaron los Rotarios para la foto.

Entre todas las cosas que trajo de ese primer gran viaje, tengo el “merchandising” de la Revolución plasmado en dos prendedores de metal.

Uno, que era para mi mamá, es un fusil rojo que dice, orgulloso: “QUE VENGAN”.

El mío, es un machete rojo y negro que ostenta una bandera cubana y avisa: “La R. AGRARIA VA”.

Desde 1961, año de la segunda reforma agraria que no lo uso.

 

Una perlita: El Rotary Club de La Habana en abril cumplió sus cien años y nunca tuvo problemas con el gobierno. Inclusive, aunque desde 1979 no se permitieron más sedes que las que ya estaban funcionando, colaboró y continúa colaborando con lo que les haga falta: en junio llegó a Cuba un contenedor con 275 silla de ruedas.

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03/12/2016

 

 

MIS QUERIDOS GATITOS:

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Ya sé que no son míos y dudo de que sean totalmente de mis vecinos porque los gatos, dicen las malas lenguas, no pertenecen a nadie. Lo cierto es que un día llegaron, encontraron alguien que les dio de comer y se quedaron. De hecho, se apoltronan sobre la chimenea del asador a tomar sol mirándome con displicencia o caminan orondos por mis tapiales sin pedir permiso.

Son tan independientes que caminan y corren por todas las casas de la manzana, de día y de noche.

Lo peor, siempre, es la noche porque cuando saltan los pasillos de las casas linderas para caer sobre mis techos se escuchan esos ruidos secos, pesados, en las chapas de zinc. No lo tomen a mal pero me despierto asustada: pienso que pueden ser ladrones, intrusos, sujetos, cacos, rufianes, amigos de lo ajeno que se podrían ganar al interior de mi vivienda. Disculpen, estuve leyendo la sección “Sucesos” en El Litoral.

También de noche suelen trenzarse en terribles peleas con diferentes melodías de maullidos y ahí sí, distingo bien que son suyos esos golpes que siento casi sobre mi cama.

Lo que me desespera es el lamento de dolor del que queda herido, hasta que al día siguiente escuche que corren cuando los llaman a comer.

Ahora, cuando se instalan a charlar, discutir, cantar o arrullarse con frases de amor durante larguísimos minutos, tal vez horas y me desvelo, me dan ganas de zapatearlos como en las mejores películas.

Los saludo con una rascadita en la cabeza, sepan que los quiero mucho pero por favor, ¡déjenme dormir una noche entera!

gatos

M.C.

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Martes 4 de abril de 1995.

Querida amiga:

Amiga de los años difíciles de la adolescencia, amiga que quedó siempre en mi corazón a pesar de la distancia, poca o mucha, pero que estableció una pequeña valla en nuestras vidas.

(…)

Bueno, ¿y por qué esta carta, y por qué esta necesidad de acercamiento? Quiero estar junto a vos en este cumpleaños que se me ocurrió debe ser más especial que otros.

Y es increíble cómo en lugar de encontrar palabras para escribirte, encuentro imágenes, pero son imágenes y recuerdos lindos, que traen la alegría de unos años vividos con mucha fuerza. ¿Te acordás de los días de educación física en el club? Estábamos metidas en todos los deportes y con la T, por supuesto. A mí me ha quedado ese gusto por la vida al aire libre y los deportes.

¡Ni qué hablar de los años en la escuela! No hay anécdota en la que no estemos juntas…

(…)

Los hijos crecen y suelen irse, aunque nos duela: V. sigue viviendo en Barcelona, G. está en Chubut y G. todavía en casa. Es el músico de la familia y estudia guitarra.

(…)

Voy a yoga dos veces por semana y peleo por cambiar mis modelos mentales, la pelea es dura pero mientras exista significa que vivo. Hoy terminé un libro que me sirvió mucho: “Usted puede sanar su vida”. No tiene nada que ver con la escuela y mucho con eso de vivir mejor. Permitime que te lo recomiende.

Me pregunto si cuando éramos adolescentes existía esa bibliografía o yo no leía. ¿Vos te acordás? ¿O será que ahora muchos se replantean que hay valores muy importantes que se dejaron a la sombra del avance de la tecnología y de la urgencia de los tiempos modernos o posmodernos como se suele decir?

(…)

No te asustes, Lucy, no estoy loquita, estoy buscando cómo disfrutar cada día y cómo diablos puedo hacer para romper con un montón de esquemas mentales que han sido, muchas veces, trabas para mí.

Bueno, querida amiga, cuando cierre el sobre voy a guardar un abrazo muy fuerte y sé que lo vas a sentir.

¡Feliz cumpleaños!

Hasta siempre.

M.

 

El 8 de enero de 2001, a las 8 de la mañana recibí un llamado de T.

A la alegría inicial y lógica le siguió un desconsolado silencio: había muerto M.C. en Esquel, en un accidente. Todavía no sé nada, ella no tenía precisiones y no me animo a hablar por teléfono. ¿Qué le puedo decir a H. si era el que manejaba el auto? ¿Qué palabras alcanzan para acompañar al tipo que le bancó todas sus locuras (y eran muchas), sus depresiones (bastante agudas y prolongadas) y que sin embargo, aún con su mirada triste y serios problemas laborales en la fábrica, siguió a su lado, queriéndola y sosteniéndola siempre?

¿Y si me atiende “la Nelly”? El 29 va a cumplir los 80 y estaban preparándose para hacer una gran fiesta. No, ni quiero saber cómo estará, ninguna madre se  repone de semejante pérdida.

Finalmente, cobardemente no llamé.

Pero no pude evitar escribir esto ahora porque, sin buscarla, encontré aquella  carta.

Nomeolvides

11/04/2016

 

 

VICENTE (Pinceladas)

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1.- Llega del Mercado Central, quita el broche metálico que sujeta la pierna del pantalón (¿o eran bombachas color beige?) para que no se enganche en la cadena, lo coloca en un caño de la bicicleta y va derecho a la pileta de lavar la ropa, donde siempre lavó sus manos y cara transpirados.

Inolvidable la faja de tela negra dando varias vueltas alrededor de su cintura. De chica pensaba que sostenía sus pantalones. Algo de eso había pero después me di cuenta de que le protegía la columna de los grandes esfuerzos: ¡Hay que levantar y acarrear todos los días de tu vida las bolsas de papas o verduras y los cajones con fruta!

2.- La mesa está puesta; en el medio, el pan casero hecho en el horno de barro, redondo, de aroma característico y que durará una semana, más o menos, puede pesar, creo, entre uno y dos  kilos. El nono pasa su mano por la superficie, como una acaricia, lo apoya contra su pecho y comienza a cortar rebanadas llevando, peligrosamente, la cuchilla muy afilada formando un pequeño ángulo hacia su cara, hasta llegar a la mitad de la hogaza. Luego coloca un par al lado de cada plato. Lo he visto hacer rebanadas completas y siempre imaginé que se cortaría la barbilla. No, aunque lo mirara fijo frenaba en el lugar exacto.

3.- Todo se come con pan, lo más rico es poner sobre esa gran rodaja tres o cuatro aceitunas negras maceradas con ajo, orégano, ají molido y el aceite bañando la superficie. Pero también acompaña las pastas, verduras, sopas, higos, nueces y ¡ay! las mermeladas…Ésas hechas por la nona, con un sabor definido por la mezcla de todas las frutas que tenía. Exquisiteces de mi infancia.

4.- Hay tres olores que prefiero tener lejos: pescado, yogur y vino. ¿Cómo evitar, rodeada de italianos de pura cepa y sus descendientes las copas o vasos con tinto, blanco, rosado, con o sin burbujas; o los jarritos de aluminio o enlozados con sangría? Imposible, mejor poner la cara casi contra el plato y aguantar hasta el final, bien al final. Porque tanto el nono como mi papá solían cortar para saborear de postre peras, manzanas o duraznos y dejarlos macerar un rato en la copa con vino. ¿No había fruta? Pues marchaban trozos de pan mojados en el tinto y comidos con miradas de pícara satisfacción.

5.- Había una parra de uva chinche que mucho no me gustaba pero que comía con tal de subirme a la escalera para cortar los racimos. Había un granado que para marzo ya se pintaba de rojo. Sentados los dos bajo su sombra, en banquitos de madera o sillas petizas, el nono las parte con habilidad y me las da para que las desgrane. No como las semillas, el sabor no es algo preeminente y además, es una chanchada sacar de la boca la pasta que queda. Sin embargo, como todo, tiene un valor simbólico: el recuerdo imborrable de esos momentos y de las granadas que mi papá cortó y desgranó para sus nietas en el rancho durante su último domingo de Pascua.

6.- Y estaba el rey de la casa, el olivo. Me gustaba juntar aceitunas, elegir las bien negras y ponerlas en la canastita. Después la nona las lavaba bien y me  sentaba a machacarlas entre dos piedras. Era feliz con ese “trabajo”, que continuaba la que sabía: Mi nona las dejaba con agua en la pileta, ésa de usos múltiples; al cabo de una o dos semanas de cambiar el agua varias veces estaban listas para condimentarlas y dejarlas macerar. ¿Cómo no disfrutar esa maravilla que había contribuido a preparar? Nunca más comí aceitunas “de verdad”.

7.- Vicente era mi abuelo paterno y el único que conocí. Un nono cascarrabias que me retaba, cuando estaba de vacaciones en su casa, si al llegar del Mercado yo no había barrido la vereda. “Parece que no vive nadie aquí. Van a pensar que toda la casa está así de sucia”.

Famoso por hacer el clericó más rico del Barrio Barranquitas para celebrar Año Nuevo y cantar “È la Violetta la va la va la va…” hamacando la copa de lado a lado con nosotros tarareando porque nunca aprendimos la letra.

Con mi papá solían cantar “Santa Lucía”, creo que también “Torna a Surriento”.  O no. Tal vez yo hubiera querido escucharlas.

8.- Nunca le pregunté si estaba contento viviendo acá, si extrañaba su Calabria.

Simplemente, lo pensé alegre.

Hoy lo siento más bien triste.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=gsvYqu7Ob8c

FIN DE AÑO

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Durante todos estos años en facebook he escrito lo que se me cantó escribir.

He visto y leído exageraciones y mentiras, también loas, honras y panegíricos a la corte kirchnerista, su reina, príncipes consortes y siervos elocuentes.

Siempre traté de no interferir, no contestar y menos todavía insultar, eliminar o bloquear a los autores o sus repicantes campanitas.

Considero que cada uno tiene el derecho a pensar, sentir y creer en lo que le cabe.

En cambio, sí me gané respuestas airadas, cínicas, burlonas, insultos, vituperios, menosprecio, “amigos” que me eliminaron de sus listas de contactos y algunos que me bloquearon.

Sepan, aunque estos últimos no se enteren, que no me importan sus opiniones sobre mí.

Recuerden que muchos de ustedes creyeron lo de la tercera posición con el mismo énfasis y adoración con que ahora me la niegan a mí.

Durante demasiado tiempo, al decir que no creía en dios o que no era católica, automáticamente me tildaban de judía.

Del mismo modo, no ser kirchnerista es ¡obvio! ser macrista.

Les aviso que el sistema binario sirve para la computación, no para los cerebros. No para todos, al menos.

De paso, recuerden que eso de que el hombre es un ser gregario termina donde empiezan las guerras.

 

Ahora, el deseo:

Que el año que viene reciban todo lo que necesitan y, si piden “salud, dinero y amor” de entrada nomás, ya tienen letra para un vals.

Bailen, brinden y sean felices por tener buenas amigas y/o una hermosa familia, de ésas donde discutimos pero nos queremos, nos ayudamos. No es poco.

Se termina “la niña bonita” que nos ha hecho padecer bastante, vamos camino a los “dulces dieciséis”.

 

amanecer

¿QUÉ PIENSAS? Pregunta Facebook

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Pienso que soy una mujer afortunada: sin fortuna.

Con una cualidad irreconocible: la paciencia.

Objetivo: trámite administrativo en oficina pública.

Estuve dos horas y pico en la Municipalidad, donde me pasearon por CINCO oficinas, con sus correspondientes esperas y numeritos, en cada una de las cuales señoras y señoritas de mediana edad (calculo que con experiencia) escuchaban mi relato, me indicaban algo y me derivaban a la siguiente, donde después de volver a decir lo mismo me indicaban lo contrario y así sucesivamente. Ya parecía un monólogo de Tato.

Todo siempre con sonrisa, por favor, muchas gracias, entonces voy para allá, perfecto, felices fiestas.

De haber sido fortunada, hubiera pagado a alguien para lo hiciera por mí.

De no haber tenido paciencia habría algunas con un ojo negro, empezando por la del 0800 que fue la primera en indicarme mal el trámite.

Contando ésa, la número seis se merecería un helado, la verdad…

Con el arbolito casi plantado, enfrento la salida a los 38º a la sombra.

 

Ahí mismo, afuera, hay un cajero.

Había unas cuantas personas pero igual me quedé en la cola.

No tuve en cuenta, ni podía saber que el primer viejo iba a demorar veinte minutos.

Las viejas no sabíamos cómo pararnos.

Las jovencitas en esos “sandazancos” hablaban y mensajeaban sin apuro.

Las gordas se abanicaban con la tasa municipal.

Todas mujeres, todas al rayo del sol.

Pintoresco.

 

Salgo y camino hasta 9 de Julio a tomar el 2.

Miríadas de mujeres y chicos llorando porque a las doce todos lo chicos tienen hambre y porque, además, lloran aunque no tengan hambre.

Diez, veinte, veinticinco minutos. Sólo pasaban algunos 14 y, creo, un par de 3. Todas nos preguntábamos los mismo: ¿qué pasa? La “naranjita” verde flúo no decía ni pío.

Una vendedora ambulante, muy petisita detuvo su caminata y empezó a los gritos:

Tal y tal pasan por aquí porque doblan en la otra cuadra. Los demás, pasan por 4 de Enero porque más allá está cortado.

No sé si fue casualidad o la naranjita nos dio paso porque la marea humana puteando a gritos empezó a cruzar la calle sin mirar.

Nadie le agradeció. Ni yo, que siempre soy amable.

 

El 2 estaba parado en la esquina. Gente subiendo y las jovenzuelas corriendo sobre esos treinta centímetros de plataforma y sin romperse los ligamentos. Envidia total.

Una me gritó al pasar:

-¡Ahí está el dos, señora!

-Sí, lo ví, gracias. “Gracias, sobre todo, por pensar que puedo correr”, pensé…

Sin embargo, corrí los últimos metros y logré subir.

Estaba guardando la tarjeta cuando una voz de bajobajo me llama para cederme el asiento. Gran sobresalto: no es un gesto frecuente y, además, semejante vozarrón no entraba en el cuerpito de ese gurrumín

Ya sentada, viajé con “Sumer is icumen in” sonando en mi cabeza..

 

Ah… El trámite se puede hacer acá, a cinco cuadras, en la Belgrano.

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