NEURONAS, DENDRITAS, SINAPSIS Y MISTERIOS

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Hay dos lugares donde mi cabeza trabaja sin que medie pedido especial, sin que me lo proponga: la cama y el baño. Suele sucederme también en la cocina pero es menos frecuente y casi siempre es la idea de algún cuento, o el final. Frases enteras, armaditas que cuando quiero escribirlas quedaron en la olla o se lavaron con detergente.

En cambio, baño y cama son infalibles.

Entre mis familiares y amigos son conocidas las anécdotas y estoy segura de que no me creen.

Sin remontarme a primaria o secundaria, donde también me pasaba, pongo un primer ejemplo.

Ya teníamos las dos primeras hijas y se me ocurrió retomar la carrera de Bioquímica. Estudiaba con Lidia para rendir Química Analítica o Inorgánica, no lo recuerdo y no tiene importancia. Habíamos estado todo el día peleando contra un problema. Ella venía a las ocho y, con las habituales interrupciones de las nenas, comida, compras y ropa que lavar, habíamos llegado a la hora de cenar sin poder resolverlo.

Sugerí que comiera con nosotros y después podríamos continuar dos o tres horas más, porque estábamos ahí del examen. Ella, más inteligente, dijo que no. “Mejor seguimos mañana, con la cabeza más fresca porque tengo números hasta en las orejas y así no le vamos a encontrar la vuelta”-

Eso hicimos.

Habrán sido las dos o tres de la madrugada. Sueño que estoy escribiendo en el cuaderno de hojas cuadriculadas y veo mi mano resolviendo el problema. Me desperté, calculo que del susto, fui hasta el comedor, abrí el cuaderno, anoté todo y me volví a la cama, a continuar durmiendo.

Cuando vino Lidia y le conté, después de reírse un rato, miró la solución y dijo: “Serás loca, pero está bien resuelto, es así”.

Creo que no figuraba en el examen ningún problema parecido, o sea, sólo sirvió para mi satisfacción. Aprobamos. Rendí un par de materias más y abandoné. Ella se recibió, por supuesto.

El baño también tiene que ver con números y letras y más cercano en el tiempo, no demasiado.

Trabajé siempre en la pieza del fondo: archivos, carga de datos, redacción de notas no frecuentes, temas legales, control de planillas, nada que tuviera que ver con la atención al público porque no tengo carácter ni paciencia con los adultos.

En esos años cumplía horario de tarde. Me pidieron una nota bastante complicada que debería enviar mi compañera al correo a la mañana siguiente. No es que ella no supiera redactar, sino que no conocía el tema ni la historia del asunto.

En mi escritorio tenía un “tractor” Olivetti que soportó el ruidoso tecleo un par de horas y varias hojas del derecho y del revés tiradas al papelero. Muy enojada, porque me saca de quicio no poder hacer algo que se supone que sé, dejé anotado: “No hay caso, no me sale. Mañana la hago en casa, te llamo y te la dicto”. Y me volví.

Cocinar, comer, atender las necesidades escolares de las cuatro y cuanta cosa haya hecho hasta acostarme, estuvo signada por esa idea en mi cabeza. Qué escribir y cómo.

Al día siguiente, después de desayunar, me fui a bañar. Necesitaba tiempo porque eran años de ruleros y no me gustaba, ni me gusta, usar el secador de pelo.

¡Hermosa ducha del milagro! Lavándome la cabeza empezaron a ocurrírseme una frase tras otra. Salí corriendo, envuelta en toalla, busqué papel y birome y por fin tuve la nota lista y bonita.

Llamé a mi compañera, le conté dónde lo había logrado y escuché lo mismo que antes: “Sos loca, pero efectiva”.

Más de una vez me llamó para decirme “Bañate que necesito nota para el Ministerio”,  “Bañate y fijate si te acordás dónde está tal cosa” o “Date un baño iluminador y…”.

Hubo otros mientras estudiaba periodismo pero los obviaré para no cansar.

Esta mañana me levanté con una sonrisa y entusiasmada.

Durante la noche, mientras creí dormir plácidamente, me despertaron unas puntadas agudísimas en la “boca” del estómago. Al rato, dando vueltas para buscar una ubicación que paliara el dolor, me di cuenta de que los intereses de los plazos fijos que no se retiran, se capitalizan. Generan un nuevo capital. Una pavada, cualquiera lo sabe, pero no lo había pensado así hasta hoy a las tres y cuarto de la madrugada.

Como si fuera poco, con los ojos cerrados y en la oscuridad “vi” un pizarrón de los viejos, negros despintados, de la Escuela de Comercio con una fórmula:

 

Interés =   Capital x Razón x Tiempo

               100 x Unidad de Tiempo

 

No me sirve para nada.

¡Pero qué lindo fue recordar fórmulas inútiles en lugar de dormir!

Cosa misteriosa y apasionante, la memoria.

 

 

 

 

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UN NINO EN EL SUPERMERCADO

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Entró empujando un carrito que le llegaba a los hombros. En el sector de las verduras, cortó una bolsa en la que puso tres zanahorias. La colocó a la altura del celular y preguntó si eran suficientes. La mujer contestó: “Sí, hijo, buscá pimientos, dos”. Al chico, con no más de diez años, no le daba la altura. Pidió ayuda a uno de los empleados, agradeció, los embolsó y fue hacia las manzanas. Acercó el celular y con la aprobación materna, tomó seis. Se dirigió hacia la balanza y lo perdí de vista durante un rato hasta que lo crucé enfocando los precios de los quesos. Seguí con mis compras pensando en lo maravillosa que es la tecnología. Seguramente la madre estaría enferma o cuidando hermanos menores y él puede verificar que lo que está eligiendo es lo que su mamá necesita.

Al dirigirme a la caja lo encontré recibiendo el vuelto, embolsando lo comprado y contándole a la cajera que su mamá está esperando, que como estuvieron de paro se atrasó todo. Que por fin mañana parece que le ponen la prótesis y después tendrá que hacer rehabilitación. Que lo más difícil es conseguir taxis que los lleven. Que ayer fueron al banco y el taxista los ayudó con la silla y los esperó, por suerte, porque muchas veces no quieren esperar hasta que terminen el trámite, a pesar de que los atienden rápido. Que si la ven en silla de ruedas siguen de largo y si esconden la silla para que los levanten, ella se cansa de estar parada en una sola pierna. Todavía le duele la operación, dice. Se expresa como un adulto cuando se queja de que si la deja adentro del banco, los taxis tampoco paran cuando lo ven solo. Se encoje de hombros y pregunta; ¿Dónde dice que un chico no puede tomar un taxi? La cajera le desea suerte para mañana y manda saludos a la mamá.

Nos miramos alteradas, compungidas, con algo de bronca.

Le comento que lo vi mientras recorría el local con el celular y recibo un relato que completa lo que escuché:

“Fernando (no es éste su nombre) está prácticamente solo. Peor, porque tiene que cuidar a su madre discapacitada, ahora con una pierna menos, y de su abuelo de noventa años, perdido, mal y que poco puede hacer, o nada. Su padre hace unos cuatro años que murió en un accidente. Él hace las compras, cocina, se ocupa de la casa, porque la mamá no se lleva bien con la cuñada así que no la ayuda. Las que suelen darle una mano son las mamás de sus compañeritos de escuela. Pero el pobre tiene que llevar a su madre al banco, al hospital o adonde sea y cuidarla como si fuera grande.”

Salí llevándome los ojos turbios de la cajera y pensando con qué facilidad juzgamos por las apariencias: Yo alabando la tecnología cuando seguramente el pibe hubiera preferido una madre sana, una familia, una vida de niño.

 

21/03/2018

CODA

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No diría que fue al principio de mi vida pero sí muy temprano que descubrí, asombrada, que las había flacas, gordas, blancas, negras, con ondas o no, que a veces hacen silencio y otras veces son capaces de correr, deslizándose una detrás de la otra, de un extremo al otro a velocidades increíbles, que suelen andar solas o marchando en grupo al compás.

Pude comprender, intuir y hasta adivinar en qué momento iba a cerrar los ojos, esperando a esas que, seguro, me harían humedecer los ojos y derramar lágrimas.

Pude saber a cuáles necesitaba para alegrar mi vida de adolescente que recuerdo siempre triste.

Pude entenderlas, unirlas, acariciarlas, disfrutarlas y, con una alegría sin límites, transmitir ese goce a mis hijas.

Pude bailar, pude cantar, pude soñar y hacer, en cierta medida, un sueño, realidad.

Hablo de mi amor por la música, por ese sordo genial y por esas ochenta y ocho notas que forman mi silencioso e íntimo mundo, el piano.

 

27/01/08

JULIA

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Fuimos un miércoles.

Pancho tenía una combi con la que, de jueves a domingos, llevaba a las orquestas a tocar en los pueblos y ciudades más variados. Los demás días descansaba, salvo que saliera algún viaje extra o changa mecánica.

Esa semana sería distinta. El martes, sentado en su silla petisa esperando que tía Julia sirviera la comida, me preguntó:

–¿Vos conocés la Basílica de Luján?

–No fui nunca, por fotos nomás.

–Nosotros vamos mañana, ¿querés venir?

–Bueno, dije con mediano entusiasmo.

Por razones de trabajo habíamos recalado en Rosario, donde vivían los Muñiz: Victoria, Julia, Tita y Miguel.

Tíos políticos que fueron muy buenos conmigo sin lograr modificar mis días  aburridos, a veces tristes, ni la esperanza de volver a Santa Fe.

Tía Julia, la que más quise, trataba de acompañarme e intentó hacer, a su manera, un poco más entretenida esa estancia: todas las tardes mientras tomábamos mates dulces con algún yuyo, los que no tuve más remedio que aceptar, me contaba anécodatas familiares y vecinales.

Las familiares quedarán en la intimidad. Jugosas historias que no sólo ella sabía pero que fue la única en destaparlas, literalmente.

En cuanto a las sociales, era la persona más informada del barrio. Justo debajo de la ventanita de la cocina que daba a la calle, había una mesa con tres sillas. Sentada todo el día debido a su disminución física, intercambiaba chismes con sus amigas sin disimulo: desde la vereda y acodadas en el marco le susurraban novedades. Era propiamente una cadena, porque ella recibía de unas que transmitía a las otras y viceversa.

Por ahí atendía al verdulero, al panadero y al quinielero, que se llevaba su moneda diaria de cinco o diez pesos a cambio de un número que nunca era el mismo. Para no equivocarse, tía Julia los anotaba en una libretita a razón de tres columnas por página y cuando ganaba ponía los billetes en una lata de bizcochos Canale.

Esos ahorros estaban destinados a su hijo adolescente, que por su comportamiento rebelde, a diario recibía respuestas paternas negativas. Llegó un momento, después del tercer permiso “sacá de ahí”, en que la lata se convirtió en un autoservicio.

Ella siempre aclaraba que no tenía plata, sólo la que su marido le dejaba para la comida. Tan conocida era la historia de los Canale como públicas las letanías de  supuestas desdichas financieras y, sin embargo, Pancho pagó sin chistar el regalo que le llevarían a la virgen.

Lo que pida mi Julita yo lo hago, dijo abrazándola  contra su panzota. Vamos, que eso no era tan así. Todos, ella también, sospechábamos que cuando viajaba no se conformaba con su Julita. Al respecto, lo común era el silencio.

Una vez por semana tía Tita iba a baldear el piso de ladrillos de esa galería larguísima y también limpiaba el resto de la casa.

Julia sufría una insuficiencia respiratoria que sólo le permitía algunas tareas, cocinar, lavar y colgar la ropa y poco más. Dependió, para todo, de todos. Pero era Tita la que siempre estaba para ayudarle.

El asmopul sobre la mesita de luz, la imagen de la Virgen de Luján en cuadro con ramita de laurel en el vértice izquierdo y un rosario de cuentas blancas, pendiendo de un crucifijo colaboraban, de hecho, para que sobrellevara su existencia con alegría impensada.

No iba los domingos a misa. Sin mucha explicación me dijo que no necesitaba nada de los curas y con “el de arriba yo me arreglo sola”.

Pero ahora vas a ir a Luján, le cuestioné la noche en que preparábamos los bártulos para el viaje.

“Es la única que me escuchó y voy a agradecerle”.

Hubo que dejar la camioneta algo lejos y tía Julia caminó, despacio, sostenida por mi brazo, con la mirada en la basílica y temblando.

Pancho fue a buscar al cura. Ella se sentó a descansar en el banco más cercano a la puerta. A su lado, yo miraba incrédula esas paredes forradas de vitrinas con toda clase de objetos, desde trajes de novia sin uso a escarpines desteñidos. Cartelitos alusivos con fechas, fotos, flores secas, de papel o de tela.

Boquiabierta me acerqué a una donde estaban, ordenaditos y colgando de clavos muy chiquitos las más diversas figuras en relieve, en oro o plata, de partes del cuerpo humano.

¿Eso trae la gente? Le pregunté, pero no contestó porque ya llegaba el cura.

Ella se incorporó, alcancé a escuchar el silbido típico: apenas podía respirar de la emoción, sacó de su bolsillo una cajita, la abrió y se la entregó.

Pude ver un dorado pulmón izquierdo, al tiempo que escuchaba su explicación:

“Padre, le prometí a la Virgen que, si después de la operación que me hicieron por la tuberculosis, podía tener y ver crecer un hijo sano le traería, en oro, la imagen del pulmón que me quedaba. Demoré unos años, como quince, pero aquí está.”

A la vuelta, en silencio, le cebaba mates a Pancho para que no se durmiera.

Unos meses después, nos volvimos a Santa Fe.

Allá quedó Julia, respirando apenas pero con fuerzas para llegar a ver a su hijo casado y conocer al primero de sus tres nietos.

Murió en su casa de ladrillos pegados con barro, maderas, chapas y pisos de lechinada de portland porque nunca quiso mudarse. Pudiendo hacerlo, dijo no. Prefirió un horno en verano, el polo en invierno y siempre, un húmedo desastre para su débil salud.

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AQUEL GRAN VIAJE

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A mediados de 1960, mi papá con dos amigos galvenses, Walter B. y Carlos C. más una profesora de inglés, Susana G. viajaron a Estados Unidos. Ellos, a la Convención de Rotary Internacional y ella a un curso de perfeccionamiento del idioma.

Una vez que llegaron, alquilaron un auto y, si la memoria no me falla, hicieron algún viaje de pocos días los cuatro juntos hasta la fecha en que ella comenzaría los estudios.

Cuando se separaron vivieron, por decirlo rápido y fácil, la cruda realidad aunque la situación había sido prevista. Ninguno de los tres sabía casi nada de inglés. El que mejor se las arreglaba era el gringo, siempre ayudado por un diccionario y los apuntes de las clases que Susana les había dado durante algún tiempo antes del viaje.

Lo que estaba escrito era fácil. Las complicaciones y malentendidos surgían cuando querían hablar o trataban de entender indicaciones.

Hubo anécdotas de varios colores que el tiempo ha ido borrando, sólo recuerdo dos o tres.

Una, cuando tuvieron que dejar una bolsa con manzanas en el puesto fronterizo entre un Estado y otro, porque este último era productor y sus leyes prohibían el ingreso de la fruta. Era gracioso escucharlo contar las pretendidas discusiones con los de la garita: Los yanquis no hacían esfuerzo por entenderles el castellano mechado con palabras que no sonaban a inglés. Y, a pesar de las señas y carteles indicadores, ellos no entendían por qué sólo podrían continuar si dejaban la fruta o pagaban la multa.

Aquiles desembolsó y arrancó.

“Están todos locos en este país. Allá nadie te dice nada si te vas a Tucumán con naranjas de Coronda”, refunfuñaba Walter.

Carlos contaba en las charlas galvenses: “Si algo nos faltaba en ese viaje eran dólares. Yo les hubiera dado la bolsa y que se las coman ellos pero el gringo no quiso”.

“¡Y después tenías que comprar cualquier otra cosa para comer, era lo mismo!”,  retrucaba el aludido

Fue un viaje gasolero. El Rotary algo les pagaba, un poco tenían ahorrado y el resto lo consiguieron prestado sin intereses, de palabra: “Estás loco, ¡qué me vas a firmar!, “me los devolvés cuando podás”. Pero ninguno quiso endeudarse demasiado. Pidieron lo que sabían que podrían pagar. Pueblo, año sesenta.

Otra situación, entre incómoda y graciosa, se dio cuando decidieron comer en uno de esos restaurantes que están al costado de las rutas. Un muchacho muy amable les dejó a cada uno un papel en tonos marrones con el menú.

Pidieron las bebidas, fácil. Y se dedicaron al diccionario para descubrir qué tendrían en el medio esos panes redondos, luego llamaron al mozo.

Carlos puso el índice en el renglón numerado 19, al tiempo que señalaba a Walter y movía las manos indicando que querían “de éste, uno para cada uno”.

Hasta aquí, todo iba sobre ruedas.

Aquiles le señala un número y aclara “no ketchup”. El chico, no pudiendo creer lo que escuchaba, contesta algo así como “es con ketchup”. “Pero yo no quiero con ketchup”. “No se puede no ketchup”. Diez minutos discutiendo el con y sin ketchup hasta que un mexicano que acababa de llegar, escuchó las maldiciones en castellano y se acercó a preguntarle qué problema tenía.

“Pedí un sandwich que dice que lleva ketchup y yo lo quiero sin aderezo, estoy descompuesto, sólo puedo comer la carne, el tomate y el queso.”

Pues no, señor, usted quiere el 21 y cuando el mozo le pide al de la cocina un 21 el cocinerito sabe lo que tiene que poner y eso es lo que hace. Es así, o come lo que está indicado o elige otro, señor.

El gringo tragó saliva, le agradeció los buenos servicios, ratificó el 21 y lo destapó para quitarle una buena cantidad de ketchup. “Peor hubiera sido reventarme el hígado con salchichas”, se conformó.

Origen de varias cargadas por mucho tiempo fue el inconveniente que sufrió  Walter. Pararon en una estación de servicio y se dividieron de acuerdo a las necesidades. Carlos fue a comprar algo para comer que, señalando y conociendo la moneda, no le resultaría difícil. Aquiles quedó encargado de la nafta, aceite, agua, revisión general del auto mientras Walter se dirigió al baño.

Apenas unos segundos después, lo ve venir al “Gordo” corriendo desesperado y se larga una hermosa carcajada.

“Sos muy gracioso tratando de correr, ¿qué te falta? “

“¡Gringo de mierda! ¡Si sabías, por qué no me avisaste que sin monedas no se abre la puerta!”

“Aquí se paga por todo, lo que no sabía es que vos no tenías” y seguía riéndose aún después de habérselas dado.

No recuerdo si el problema fue que no tenía monedas, lo que sería insólito o,  como me inclino a pensar, no tenía las del valor requerido.

Cambio de ropa y a seguir viaje al norte.

Unos meses antes, Aquiles se había contactado con su tío materno, el “zío”  Carmine, que vivía en Chicago y a quien, por supuesto, quería visitar. Treinta años habían pasado desde que salió de Italia. Si ahora hacía miles de kilómetros, ¡cómo no dar un paso más para abrazarlo, borrar con una mirada tanta guerra, posguerra, migraciones y añoranzas!

Le avisó que iría con dos amigos. Carmine respondió que todos eran bienvenidos. Y allá fueron, buscando en los conocidos mapas de papel la dirección que apenas un par de veces había escrito en los sobres.

Cuando dieron vuelta en una esquina, la sorpresa fue enorme y los dejó mudos: Zío Carmine había cerrado la calle. Rodeada de veinte o treinta sillas (nunca llegó a contarlas) había una larga mesa con mantel, vajilla y servilletas.

Se miraron reconociéndose, se abrazaron, lloraron, hablaron al unísono y comenzaron las presentaciones. Porque “mi sobrino viene de Argentina con unos amigos y vamos a recibirlos como corresponde” significaba que todos los que vivían en esa cuadra iban a agasajar a los recién llegados.

Tío, sobrino y vecinos se entendieron en una mezcla de italiano, varios dialectos, inglés y castellano. Ni Carlos ni Walter entendieron mucho, para ser indulgente. Sin hacerse problema, se dedicaron a comer todo lo que caía en sus platos (ya sabemos la cantidad de comida que son capaces de hacer las italianas) exquisitamente regado con vino casero. ¿Qué gringo no tiene unas vides en el fondo de su casa?

Carmine y Aquiles hablaron toda la noche, los demás no se acuerdan a qué hora se acostaron. Cuando se despidieron lloraron todos, la mayoría por contagio, de pensar en el sufrimiento de la nueva separación.

Se fueron del barrio con el auto lleno de comida, bebida, besos, abrazos, más llantos y la promesa de que se verían al año siguiente y que Carmine cumplió.

La Convención del Rotary era en La Habana y si bien Estados Unidos no había impuesto el bloqueo a Cuba todavía, el gobierno de Fidel Castro empezaba la nacionalización de las empresas norteamericanas. Las relaciones se enfriaban cada vez más y no había vuelos comerciales entre los países. Debieron volar a México donde visitaron la imponente y prestigiosa Universidad  Nacional Autónoma y los no menos prestigiosos bares del Distrito Federal.

Tranquilos y seguros, cruzaron el Golfo y llegaron a la isla.

Es fácil darse cuenta de que tanto en México como en Cuba pudieron conversar sin muchos problemas, sobre todo porque podían pedir aclaraciones de los modismos.

Con la Revolución en sus comienzos, comenzaba a también aplicarse la primera reforma agraria. Las calles de La Habana hervían de gente con ropa de fajina y felices de ir a levantar la zafra o a trabajar su propia parcela.

En el bellísimo edificio Bacardí, ya expropiado, se realizó la Convención y entre los mármoles rojos del hall principal, posaron los Rotarios para la foto.

Entre todas las cosas que trajo de ese primer gran viaje, tengo el “merchandising” de la Revolución plasmado en dos prendedores de metal.

Uno, que era para mi mamá, es un fusil rojo que dice, orgulloso: “QUE VENGAN”.

El mío, es un machete rojo y negro que ostenta una bandera cubana y avisa: “La R. AGRARIA VA”.

Desde 1961, año de la segunda reforma agraria que no lo uso.

 

Una perlita: El Rotary Club de La Habana en abril cumplió sus cien años y nunca tuvo problemas con el gobierno. Inclusive, aunque desde 1979 no se permitieron más sedes que las que ya estaban funcionando, colaboró y continúa colaborando con lo que les haga falta: en junio llegó a Cuba un contenedor con 275 silla de ruedas.

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03/12/2016

 

 

MIS QUERIDOS GATITOS:

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Ya sé que no son míos y dudo de que sean totalmente de mis vecinos porque los gatos, dicen las malas lenguas, no pertenecen a nadie. Lo cierto es que un día llegaron, encontraron alguien que les dio de comer y se quedaron. De hecho, se apoltronan sobre la chimenea del asador a tomar sol mirándome con displicencia o caminan orondos por mis tapiales sin pedir permiso.

Son tan independientes que caminan y corren por todas las casas de la manzana, de día y de noche.

Lo peor, siempre, es la noche porque cuando saltan los pasillos de las casas linderas para caer sobre mis techos se escuchan esos ruidos secos, pesados, en las chapas de zinc. No lo tomen a mal pero me despierto asustada: pienso que pueden ser ladrones, intrusos, sujetos, cacos, rufianes, amigos de lo ajeno que se podrían ganar al interior de mi vivienda. Disculpen, estuve leyendo la sección “Sucesos” en El Litoral.

También de noche suelen trenzarse en terribles peleas con diferentes melodías de maullidos y ahí sí, distingo bien que son suyos esos golpes que siento casi sobre mi cama.

Lo que me desespera es el lamento de dolor del que queda herido, hasta que al día siguiente escuche que corren cuando los llaman a comer.

Ahora, cuando se instalan a charlar, discutir, cantar o arrullarse con frases de amor durante larguísimos minutos, tal vez horas y me desvelo, me dan ganas de zapatearlos como en las mejores películas.

Los saludo con una rascadita en la cabeza, sepan que los quiero mucho pero por favor, ¡déjenme dormir una noche entera!

gatos

M.C.

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Martes 4 de abril de 1995.

Querida amiga:

Amiga de los años difíciles de la adolescencia, amiga que quedó siempre en mi corazón a pesar de la distancia, poca o mucha, pero que estableció una pequeña valla en nuestras vidas.

(…)

Bueno, ¿y por qué esta carta, y por qué esta necesidad de acercamiento? Quiero estar junto a vos en este cumpleaños que se me ocurrió debe ser más especial que otros.

Y es increíble cómo en lugar de encontrar palabras para escribirte, encuentro imágenes, pero son imágenes y recuerdos lindos, que traen la alegría de unos años vividos con mucha fuerza. ¿Te acordás de los días de educación física en el club? Estábamos metidas en todos los deportes y con la T, por supuesto. A mí me ha quedado ese gusto por la vida al aire libre y los deportes.

¡Ni qué hablar de los años en la escuela! No hay anécdota en la que no estemos juntas…

(…)

Los hijos crecen y suelen irse, aunque nos duela: V. sigue viviendo en Barcelona, G. está en Chubut y G. todavía en casa. Es el músico de la familia y estudia guitarra.

(…)

Voy a yoga dos veces por semana y peleo por cambiar mis modelos mentales, la pelea es dura pero mientras exista significa que vivo. Hoy terminé un libro que me sirvió mucho: “Usted puede sanar su vida”. No tiene nada que ver con la escuela y mucho con eso de vivir mejor. Permitime que te lo recomiende.

Me pregunto si cuando éramos adolescentes existía esa bibliografía o yo no leía. ¿Vos te acordás? ¿O será que ahora muchos se replantean que hay valores muy importantes que se dejaron a la sombra del avance de la tecnología y de la urgencia de los tiempos modernos o posmodernos como se suele decir?

(…)

No te asustes, Lucy, no estoy loquita, estoy buscando cómo disfrutar cada día y cómo diablos puedo hacer para romper con un montón de esquemas mentales que han sido, muchas veces, trabas para mí.

Bueno, querida amiga, cuando cierre el sobre voy a guardar un abrazo muy fuerte y sé que lo vas a sentir.

¡Feliz cumpleaños!

Hasta siempre.

M.

 

El 8 de enero de 2001, a las 8 de la mañana recibí un llamado de T.

A la alegría inicial y lógica le siguió un desconsolado silencio: había muerto M.C. en Esquel, en un accidente. Todavía no sé nada, ella no tenía precisiones y no me animo a hablar por teléfono. ¿Qué le puedo decir a H. si era el que manejaba el auto? ¿Qué palabras alcanzan para acompañar al tipo que le bancó todas sus locuras (y eran muchas), sus depresiones (bastante agudas y prolongadas) y que sin embargo, aún con su mirada triste y serios problemas laborales en la fábrica, siguió a su lado, queriéndola y sosteniéndola siempre?

¿Y si me atiende “la Nelly”? El 29 va a cumplir los 80 y estaban preparándose para hacer una gran fiesta. No, ni quiero saber cómo estará, ninguna madre se  repone de semejante pérdida.

Finalmente, cobardemente no llamé.

Pero no pude evitar escribir esto ahora porque, sin buscarla, encontré aquella  carta.

Nomeolvides

11/04/2016

 

 

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