DE PIEDRAS AMARILLENTAS ERA EL FRENTE DE SU CASA.

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Sobre la avenida, con aberturas pintadas de verde oscuro. Sin árboles.

Tenía un porche que a la derecha comunicaba con un largo pasillo al que abrían las ventanas iluminando living, comedor y cocina.

Ahí vivía Jorge.

Un Jorgito morocho de ojos tan oscuros que no se distinguía iris de pupila. Un par de bolitas negras bordadas con pestañas larguísimas.

Un poco más chico que yo, se permitía llorar cuando sin piedad le ganaba una carrera y sonreír si le ayudaba a hacer los deberes creyendo, inocente, que su madre no se daría cuenta.

Tenía su dormitorio forrado con estanterías colmadas de juguetes, nacionales e importados. Cortinas y cubrecama de la misma tela, con dibujos infantiles.

Solía ir con mi abuela, caminando tranquilas las nueve cuadras, para llegar a tomar el té o, a lo sumo, un cafecito.

Ahí estaban, sentados en el living, Freddy leyendo los diarios de la mañana y Zita bordando tapices. Jorgito, entretenido con el mecano.

Un día cualquiera, un chaparrón intempestivo nos obligó aceptar la invitación de Zita y nos quedamos a comer para después, al amainar el temporal, volvernos en taxi.

De noche, los grandes suelen susurrar conversaciones pensando que los chicos duermen. A veces sí. A veces se enteran de lo que, se supone, no deberían.

Hacía un tiempo que yo sabía.

Por eso, mientras escuchaba la lluvia en el techo de zinc, con el coraje que da la luz apagada, le pregunté:

—Abu, ¿es cierto que Jorgito no es el hijo de Zita?.

Tras unos segundos volví a escuchar su respiración, apenas repuesta de la sorpresa.

—Sí, es cierto, pero no tenés que decir nada. Es un secreto. Ellos lo criaron desde que nació porque su mamá no podía cuidarlo y se los dio.

—¿Y por qué no lo podía cuidar? ¿Quién era su mamá?

—Es una sobrina de Freddy que se fue a trabajar muy lejos y allá no tenía quién lo cuidara. Por eso se los dio a ellos. Sabía que lo iban a querer mucho.

Sonaba a engaño eso de trabajar lejos. Ella se dio cuenta de que no le creí.

—¿Y vos cómo sabés?

—Escuché una noche que mi mamá y mi papá hablaban de que había sido un error, pero no entendí por qué. ¿Vos sabés qué cosa fue un error?

Se quedó, otra vez, sin habla y optó por lo más seguro:

—Dormí que es tarde.

Al cabo de unos meses, llegó a casa mi abuela y a punto de llorar, contó, después de que me mandaran al patio:

—Les sacaron el chico a Freddy y Zita. Vino la loca con la policía a quitárselos. ¿Podés creer que denunció que se lo robaron? ¡Siete años queriéndolo y cuidándolo como un hijo y ahora a ésa se le ocurre venir a buscarlo!

—¿Y Jorgito qué dijo?

—Gritaba que no quería ir, no entendía nada, lloraba, te imaginás que él no la conoce. Figurará en la partida de nacimiento que es su madre pero nada más. Zita no soportó la situación, se descompuso y está internada en el Italiano. Con una cura de sueño, algo así. Freddy instalado con ella.

—Menos mal que era la sobrina…A veces, los parientes son los peores— sentenció mi mamá, que tampoco contenía las lágrimas.

—Fue un error no pedir la adopción. Si ella lo abandonó, hubieran podido hacerlo.

No supe qué hacer y me fui a llorar al lado del gallinero.

Cuando volvimos a verlos, la casa no era la misma.

Intenté abrir la puerta del dormitorio de Jorgito cuando fui al baño. Estaba cerrado con llave.

Ellos, descuidados, hasta despeinados parecían en la penumbra de la lámpara de pie. Estaban sentados uno en cada sillón, en silencio, con las ventanas y cortinas cerradas.

Hubiera querido no verlos así.

Al poco tiempo, un cáncer de páncreas terminó con el dolor de Zita.

Freddy la siguió al año siguiente.

Nunca supe dónde llevaron a Jorgito.

Tampoco lo olvidé.

De piedras amarillentas es el frente de su casa.

Sobre la avenida, sin árboles que oculten la tristeza.

 

piedra-amarilla

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MIS QUERIDOS GATITOS:

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Ya sé que no son míos y dudo de que sean totalmente de mis vecinos porque los gatos, dicen las malas lenguas, no pertenecen a nadie. Lo cierto es que un día llegaron, encontraron alguien que les dio de comer y se quedaron. De hecho, se apoltronan sobre la chimenea del asador a tomar sol mirándome con displicencia o caminan orondos por mis tapiales sin pedir permiso.

Son tan independientes que caminan y corren por todas las casas de la manzana, de día y de noche.

Lo peor, siempre, es la noche porque cuando saltan los pasillos de las casas linderas para caer sobre mis techos se escuchan esos ruidos secos, pesados, en las chapas de zinc. No lo tomen a mal pero me despierto asustada: pienso que pueden ser ladrones, intrusos, sujetos, cacos, rufianes, amigos de lo ajeno que se podrían ganar al interior de mi vivienda. Disculpen, estuve leyendo la sección “Sucesos” en El Litoral.

También de noche suelen trenzarse en terribles peleas con diferentes melodías de maullidos y ahí sí, distingo bien que son suyos esos golpes que siento casi sobre mi cama.

Lo que me desespera es el lamento de dolor del que queda herido, hasta que al día siguiente escuche que corren cuando los llaman a comer.

Ahora, cuando se instalan a charlar, discutir, cantar o arrullarse con frases de amor durante larguísimos minutos, tal vez horas y me desvelo, me dan ganas de zapatearlos como en las mejores películas.

Los saludo con una rascadita en la cabeza, sepan que los quiero mucho pero por favor, ¡déjenme dormir una noche entera!

gatos

M.C.

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Martes 4 de abril de 1995.

Querida amiga:

Amiga de los años difíciles de la adolescencia, amiga que quedó siempre en mi corazón a pesar de la distancia, poca o mucha, pero que estableció una pequeña valla en nuestras vidas.

(…)

Bueno, ¿y por qué esta carta, y por qué esta necesidad de acercamiento? Quiero estar junto a vos en este cumpleaños que se me ocurrió debe ser más especial que otros.

Y es increíble cómo en lugar de encontrar palabras para escribirte, encuentro imágenes, pero son imágenes y recuerdos lindos, que traen la alegría de unos años vividos con mucha fuerza. ¿Te acordás de los días de educación física en el club? Estábamos metidas en todos los deportes y con la T, por supuesto. A mí me ha quedado ese gusto por la vida al aire libre y los deportes.

¡Ni qué hablar de los años en la escuela! No hay anécdota en la que no estemos juntas…

(…)

Los hijos crecen y suelen irse, aunque nos duela: V. sigue viviendo en Barcelona, G. está en Chubut y G. todavía en casa. Es el músico de la familia y estudia guitarra.

(…)

Voy a yoga dos veces por semana y peleo por cambiar mis modelos mentales, la pelea es dura pero mientras exista significa que vivo. Hoy terminé un libro que me sirvió mucho: “Usted puede sanar su vida”. No tiene nada que ver con la escuela y mucho con eso de vivir mejor. Permitime que te lo recomiende.

Me pregunto si cuando éramos adolescentes existía esa bibliografía o yo no leía. ¿Vos te acordás? ¿O será que ahora muchos se replantean que hay valores muy importantes que se dejaron a la sombra del avance de la tecnología y de la urgencia de los tiempos modernos o posmodernos como se suele decir?

(…)

No te asustes, Lucy, no estoy loquita, estoy buscando cómo disfrutar cada día y cómo diablos puedo hacer para romper con un montón de esquemas mentales que han sido, muchas veces, trabas para mí.

Bueno, querida amiga, cuando cierre el sobre voy a guardar un abrazo muy fuerte y sé que lo vas a sentir.

¡Feliz cumpleaños!

Hasta siempre.

M.

 

El 8 de enero de 2001, a las 8 de la mañana recibí un llamado de T.

A la alegría inicial y lógica le siguió un desconsolado silencio: había muerto M.C. en Esquel, en un accidente. Todavía no sé nada, ella no tenía precisiones y no me animo a hablar por teléfono. ¿Qué le puedo decir a H. si era el que manejaba el auto? ¿Qué palabras alcanzan para acompañar al tipo que le bancó todas sus locuras (y eran muchas), sus depresiones (bastante agudas y prolongadas) y que sin embargo, aún con su mirada triste y serios problemas laborales en la fábrica, siguió a su lado, queriéndola y sosteniéndola siempre?

¿Y si me atiende “la Nelly”? El 29 va a cumplir los 80 y estaban preparándose para hacer una gran fiesta. No, ni quiero saber cómo estará, ninguna madre se  repone de semejante pérdida.

Finalmente, cobardemente no llamé.

Pero no pude evitar escribir esto ahora porque, sin buscarla, encontré aquella  carta.

Nomeolvides

11/04/2016

 

 

VICENTE (Pinceladas)

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1.- Llega del Mercado Central, quita el broche metálico que sujeta la pierna del pantalón (¿o eran bombachas color beige?) para que no se enganche en la cadena, lo coloca en un caño de la bicicleta y va derecho a la pileta de lavar la ropa, donde siempre lavó sus manos y cara transpirados.

Inolvidable la faja de tela negra dando varias vueltas alrededor de su cintura. De chica pensaba que sostenía sus pantalones. Algo de eso había pero después me di cuenta de que le protegía la columna de los grandes esfuerzos: ¡Hay que levantar y acarrear todos los días de tu vida las bolsas de papas o verduras y los cajones con fruta!

2.- La mesa está puesta; en el medio, el pan casero hecho en el horno de barro, redondo, de aroma característico y que durará una semana, más o menos, puede pesar, creo, entre uno y dos  kilos. El nono pasa su mano por la superficie, como una acaricia, lo apoya contra su pecho y comienza a cortar rebanadas llevando, peligrosamente, la cuchilla muy afilada formando un pequeño ángulo hacia su cara, hasta llegar a la mitad de la hogaza. Luego coloca un par al lado de cada plato. Lo he visto hacer rebanadas completas y siempre imaginé que se cortaría la barbilla. No, aunque lo mirara fijo frenaba en el lugar exacto.

3.- Todo se come con pan, lo más rico es poner sobre esa gran rodaja tres o cuatro aceitunas negras maceradas con ajo, orégano, ají molido y el aceite bañando la superficie. Pero también acompaña las pastas, verduras, sopas, higos, nueces y ¡ay! las mermeladas…Ésas hechas por la nona, con un sabor definido por la mezcla de todas las frutas que tenía. Exquisiteces de mi infancia.

4.- Hay tres olores que prefiero tener lejos: pescado, yogur y vino. ¿Cómo evitar, rodeada de italianos de pura cepa y sus descendientes las copas o vasos con tinto, blanco, rosado, con o sin burbujas; o los jarritos de aluminio o enlozados con sangría? Imposible, mejor poner la cara casi contra el plato y aguantar hasta el final, bien al final. Porque tanto el nono como mi papá solían cortar para saborear de postre peras, manzanas o duraznos y dejarlos macerar un rato en la copa con vino. ¿No había fruta? Pues marchaban trozos de pan mojados en el tinto y comidos con miradas de pícara satisfacción.

5.- Había una parra de uva chinche que mucho no me gustaba pero que comía con tal de subirme a la escalera para cortar los racimos. Había un granado que para marzo ya se pintaba de rojo. Sentados los dos bajo su sombra, en banquitos de madera o sillas petizas, el nono las parte con habilidad y me las da para que las desgrane. No como las semillas, el sabor no es algo preeminente y además, es una chanchada sacar de la boca la pasta que queda. Sin embargo, como todo, tiene un valor simbólico: el recuerdo imborrable de esos momentos y de las granadas que mi papá cortó y desgranó para sus nietas en el rancho durante su último domingo de Pascua.

6.- Y estaba el rey de la casa, el olivo. Me gustaba juntar aceitunas, elegir las bien negras y ponerlas en la canastita. Después la nona las lavaba bien y me  sentaba a machacarlas entre dos piedras. Era feliz con ese “trabajo”, que continuaba la que sabía: Mi nona las dejaba con agua en la pileta, ésa de usos múltiples; al cabo de una o dos semanas de cambiar el agua varias veces estaban listas para condimentarlas y dejarlas macerar. ¿Cómo no disfrutar esa maravilla que había contribuido a preparar? Nunca más comí aceitunas “de verdad”.

7.- Vicente era mi abuelo paterno y el único que conocí. Un nono cascarrabias que me retaba, cuando estaba de vacaciones en su casa, si al llegar del Mercado yo no había barrido la vereda. “Parece que no vive nadie aquí. Van a pensar que toda la casa está así de sucia”.

Famoso por hacer el clericó más rico del Barrio Barranquitas para celebrar Año Nuevo y cantar “È la Violetta la va la va la va…” hamacando la copa de lado a lado con nosotros tarareando porque nunca aprendimos la letra.

Con mi papá solían cantar “Santa Lucía”, creo que también “Torna a Surriento”.  O no. Tal vez yo hubiera querido escucharlas.

8.- Nunca le pregunté si estaba contento viviendo acá, si extrañaba su Calabria.

Simplemente, lo pensé alegre.

Hoy lo siento más bien triste.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=gsvYqu7Ob8c

FIN DE AÑO

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Durante todos estos años en facebook he escrito lo que se me cantó escribir.

He visto y leído exageraciones y mentiras, también loas, honras y panegíricos a la corte kirchnerista, su reina, príncipes consortes y siervos elocuentes.

Siempre traté de no interferir, no contestar y menos todavía insultar, eliminar o bloquear a los autores o sus repicantes campanitas.

Considero que cada uno tiene el derecho a pensar, sentir y creer en lo que le cabe.

En cambio, sí me gané respuestas airadas, cínicas, burlonas, insultos, vituperios, menosprecio, “amigos” que me eliminaron de sus listas de contactos y algunos que me bloquearon.

Sepan, aunque estos últimos no se enteren, que no me importan sus opiniones sobre mí.

Recuerden que muchos de ustedes creyeron lo de la tercera posición con el mismo énfasis y adoración con que ahora me la niegan a mí.

Durante demasiado tiempo, al decir que no creía en dios o que no era católica, automáticamente me tildaban de judía.

Del mismo modo, no ser kirchnerista es ¡obvio! ser macrista.

Les aviso que el sistema binario sirve para la computación, no para los cerebros. No para todos, al menos.

De paso, recuerden que eso de que el hombre es un ser gregario termina donde empiezan las guerras.

 

Ahora, el deseo:

Que el año que viene reciban todo lo que necesitan y, si piden “salud, dinero y amor” de entrada nomás, ya tienen letra para un vals.

Bailen, brinden y sean felices por tener buenas amigas y/o una hermosa familia, de ésas donde discutimos pero nos queremos, nos ayudamos. No es poco.

Se termina “la niña bonita” que nos ha hecho padecer bastante, vamos camino a los “dulces dieciséis”.

 

amanecer

¿QUÉ PIENSAS? Pregunta Facebook

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Pienso que soy una mujer afortunada: sin fortuna.

Con una cualidad irreconocible: la paciencia.

Objetivo: trámite administrativo en oficina pública.

Estuve dos horas y pico en la Municipalidad, donde me pasearon por CINCO oficinas, con sus correspondientes esperas y numeritos, en cada una de las cuales señoras y señoritas de mediana edad (calculo que con experiencia) escuchaban mi relato, me indicaban algo y me derivaban a la siguiente, donde después de volver a decir lo mismo me indicaban lo contrario y así sucesivamente. Ya parecía un monólogo de Tato.

Todo siempre con sonrisa, por favor, muchas gracias, entonces voy para allá, perfecto, felices fiestas.

De haber sido fortunada, hubiera pagado a alguien para lo hiciera por mí.

De no haber tenido paciencia habría algunas con un ojo negro, empezando por la del 0800 que fue la primera en indicarme mal el trámite.

Contando ésa, la número seis se merecería un helado, la verdad…

Con el arbolito casi plantado, enfrento la salida a los 38º a la sombra.

 

Ahí mismo, afuera, hay un cajero.

Había unas cuantas personas pero igual me quedé en la cola.

No tuve en cuenta, ni podía saber que el primer viejo iba a demorar veinte minutos.

Las viejas no sabíamos cómo pararnos.

Las jovencitas en esos “sandazancos” hablaban y mensajeaban sin apuro.

Las gordas se abanicaban con la tasa municipal.

Todas mujeres, todas al rayo del sol.

Pintoresco.

 

Salgo y camino hasta 9 de Julio a tomar el 2.

Miríadas de mujeres y chicos llorando porque a las doce todos lo chicos tienen hambre y porque, además, lloran aunque no tengan hambre.

Diez, veinte, veinticinco minutos. Sólo pasaban algunos 14 y, creo, un par de 3. Todas nos preguntábamos los mismo: ¿qué pasa? La “naranjita” verde flúo no decía ni pío.

Una vendedora ambulante, muy petisita detuvo su caminata y empezó a los gritos:

Tal y tal pasan por aquí porque doblan en la otra cuadra. Los demás, pasan por 4 de Enero porque más allá está cortado.

No sé si fue casualidad o la naranjita nos dio paso porque la marea humana puteando a gritos empezó a cruzar la calle sin mirar.

Nadie le agradeció. Ni yo, que siempre soy amable.

 

El 2 estaba parado en la esquina. Gente subiendo y las jovenzuelas corriendo sobre esos treinta centímetros de plataforma y sin romperse los ligamentos. Envidia total.

Una me gritó al pasar:

-¡Ahí está el dos, señora!

-Sí, lo ví, gracias. “Gracias, sobre todo, por pensar que puedo correr”, pensé…

Sin embargo, corrí los últimos metros y logré subir.

Estaba guardando la tarjeta cuando una voz de bajobajo me llama para cederme el asiento. Gran sobresalto: no es un gesto frecuente y, además, semejante vozarrón no entraba en el cuerpito de ese gurrumín

Ya sentada, viajé con “Sumer is icumen in” sonando en mi cabeza..

 

Ah… El trámite se puede hacer acá, a cinco cuadras, en la Belgrano.

MADRUGANDO

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A las seis sonó el despertador. Lo apagó, se sentó en la cama y escuchó lloviznar. Pensó en que a las zonas azotadas por la sequía le vendría bien aunque fuera un poco de agua. Miró a su marido, envidiándole ese sueño inconmovible. Le sacudió un poco el hombro como para despertarlo. Buscó ropa y fue a darse un baño.

Al salir, la situación no se había modificado.

–Tucho levantate, por favor –Alcanzó a decir mientras abría la ventana, única forma de decidir qué se pondría para ir a trabajar. Esa casi lluvia traería seguramente un sol radiante pocas horas más tarde y tendría calor. Típico día para vestirse “de cebolla”.

Preparó el café, buscó una galletitas e insistió:

–¡Vamos, Tucho!

–¡Ufa! –protestó, sin mayor entusiasmo y entendiendo bastante poco la razón de los reiterados llamados.

Volvió al baño, se quitó la toalla de la cabeza, se peinó, se maquilló, desayunó apurada y, mientras volvía a llamarlo, tomó las llaves del auto y fue a la cochera.

Cuando entró y lo vio todavía en la cama, lo destapó.

–¡Todos los días lo mismo, cómo cuesta sacarte la almohada! –y agregó el diccionario completo.

–¿Qué te pasa, loca? ¡Dejá de correr tan temprano!

–¿No pensás ir a trabajar vos?

–Hoy es San Jerónimo, es feriado, vení a dormir.

–Nooo…¡Qué estúpida!

 

durmiendo

(Basado en un hecho real y “adornado” en algún taller, hace muchos, muchos años)

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