No pensó en que era chico el puñal, que tal vez poco daño le haría. No. Levantó la mano y al primer golpe sintió que traspasaba su vieja piel, más dura que lo habitual por los años, las heridas, los accidentes y, sobre todo, los choques. Era muy común que atropellara todo lo que se le aparecía en el horizonte o lo que podría ser algo así para ella. Un dicho que es una ridiculez. Lo que se llama horizonte es siempre algo tan lejano que nada puede aparecerse y estar ahí nomás, a un paso para tocarlo.

Lo cierto es que, con horizonte o sin él, ella acababa de chocarse un barco de esos de piratas, no tan grande como majestuoso, con bandera negra de calavera y huesos cruzados. Barcos de pisos mojados por los constantes embates de las olas que hamacan a los tripulantes de babor a estribor, ida y vuelta, donde acaban golpeándose si no se aferran con fuerza. Con algún viejo que fuma en pipa y hace ruido con su pata de palo cuando de noche recorre la cubierta. Esos que tienen sogas gruesas que sólo hieren las manos suaves de los grumetes, jamás las callosidades de los marineros con años de agua salada en la piel. ¡Y con un ancla pesada, de gruesa cadena que hace un ruido infernal, delicioso y esperanzador al fondearla!

¡Qué ansiedad, navegar hasta la isla habiéndola avistado con el catalejo!

Esa noche, en esas precisas coordenadas, nadie esperaba semejante ataque.

La sorpresa les impidió modificar la escora y por el fuerte empujón el barco dio una vuelta campana arrojando a sus cinco tripulantes al agua.

El reflejo de la luz de la luna en las olas provocadas le permitió ver cómo los otros se hundían. Sólo los locos se embarcan sin saber nadar. Era imposible salvarlos.

Entonces él, envalentonado como todo petiso, sacó de la cintura su puñal, subió al lomo de la ballena y comenzó a darle, furioso y a los gritos, una puñalada tras otra.

Vengaría a sus amigos antes de morir de frío.

Catorce, catorce eran las puñaladas que llevaba clavándole con toda su furia.

A las tres y diez de la madrugada la madre, asustada, fue hasta su habitación y allí lo vio, saltando a horcajadas en la almohada mientras hundía su puño derecho al grito de “¡Te mataré, ballena asesina!”

Lo calmó suavemente para evitar que se despertara, lo tapó y puso fin a su aventura de piratas por los mares del sur.