La soga iba de punta a punta del terreno. Nueve metros y cincuenta centímetros de ropa chorreando al sol. En el medio, la caña la sostenía en una muesca rudimentaria, motivo por el cual se caía cuando había mucho viento. En el piso de tierra había tres agujeros que determinaban la altura. Esto era importante porque colocada la caña en el primero, los tres paraísos cubrían el sol por las tardes y posibilitaban que la ropa de color no se “mareara” o destiñera. En cambio, puesta en el último hacía que las sábanas, increíblemente blancas, no se acercaran al suelo. Las hamacaba el sol de la mañana, todos los martes y sábados.

Había días en que el viento sur sacudía árboles, soga y ropas sin perdones, haciendo resbalar la caña, ensuciando lo recién colgado.

Si a Ema ya le costaba un gran esfuerzo lavar todo a mano, en doloroso ángulo sobre la pileta, era insoportable sumarle la rabia de una segunda vez.

Estaba cansada de pedirle a Dardo que arreglara de alguna manera ese sistema. Todos los domingos, cuando volvían de misa, se lo recordaba.

Él se limitaba a asentir con la cabeza mientras murmuraba: mi vieja la usó así toda la vida sin quejarse. Gran olvido el suyo. Ninguno de los varones estaba en la casa para saber las desdichas de su madre y cuando llegaban sólo acertaban a comer el puchero, lavarse los pies y a dormir.

Pero hubo un día en que no dijo nada, calladito fue hasta el fondo, sujetó soga y caña con un alambre y eso fue todo.

En los siguientes ocho años que vivieron allí no se volvió a caer la ropa.

Entonces Ema cambió de letanía: tanto tiempo yo trabajando el doble y tan fácil que había sido, Dardo…

En esa manzana, casi al final de pueblo, sólo había otras dos casas y el almacén de ramos generales del japonés que, en realidad, era indio toba pero si le decían indio o toba se enojaba. Ya nadie recuerda a quién se le ocurrió decir que parecía japonés y resultó que no le molestaba tanto que lo tildaran de extranjero como sí ser nativo, de acá nomás.

El almacén ocupaba casi media cuadra. Vendía desde caramelos a forraje y herramientas. En el fondo guardaba algunos arados en desuso por si acaso y compartía el tapial con los Peppo.

Fuente inagotable de cargadas y disgustos ese apellido para las tres hijas, Mirta, Silvia y Olga, las “Pepitas”, de nueve, ocho y siete años.

Tal vez por temor a generar peores burlas, no revelaban un dato curioso: sus nombres empezaban con la letra del mes en que nacieron. Costumbre ancestral de la familia de Ema que nadie se atrevería a quebrantar, como la de plantar una hierba con la misma inicial. Así, a la izquierda, un poco más allá de calas y achiras, estaban la menta, la salvia y el orégano. También había romero, laurel y perejil pero no tenían el mismo significado porque estaban allí desde que Dardo era chico. No las cuidaba tanto como a las suyas.

En ese patio de tierra jugaban las “Pepitas” con sus amigas de la escuela marcando con un palo la rayuela o dejando las Pampero azules de un incierto color grisáceo a medida que eran espolvoreadas cuando saltaban a la soga.

Con todos los elementos a su alrededor, se transformaban en rubias con polen de aromito, podían estar horas enhebrando flores de paraíso para hacer una joyería completa y ya al anochecer, engalanaban sus uñas con pétalos de malvones porque una vez pegados con la cantidad conveniente de saliva, era imposible usar las manos. Sólo quedaba admirar la obra. Como todas las nenas de esa edad y en ese tiempo.

A media tarde, Ema hervía dos o tres litros de leche en una olla de alumnio algo abollada, le agregaba un poco de azúcar y una taza de yerba. Luego la colaba, la distribuía en jarritos enlozados y agregaba una rodaja de pan trozado. La única que no tomaba la leche era Pipi. Decía, enrollándose en dos dedos el ruedo del vestido: gracias, doña Ema, pero el mate cocido me hace mal a las tripas, me da cagadera. Sólo el pan déme.

Un día, jugando a las escondidas, Mirta trató de subirse a un paraíso. El tapial era alto, viejísimo, con ladrillos mal colocados y otros a los que le faltaba el barro o lo que fuera que debía mantenerlos pegados. Puso la punta del pie en uno que estaba apenas hundido pero fue suficiente para que se deslizara hacia el patio del almancén.

Cuando terminaron de jugar, Mirta les propuso quitar ese ladrillo y un par más y así podrían escalar hasta llegar a la cima de una supuesta montaña. Sacaron tres pero no hicieron cumbre. En realidad, la única que podría haber subido era ella, ser la mayor le concedía autoridad y altura pero sin competencia no tenía gracia. Y por un tiempo quedaron olvidados los agujeros en el tapial.

Claro que no todo era jugar, así es como aquella tarde estaban las tres “Pepitas” haciendo los deberes –tarea se llamó muchos años después– en la cocina y Silvia trataba de memorizar la tabla del seis mirando por la ventana.

–Seis por siete… ¡Mirá, mami, el gatito del japonés se vino para acá!

–El japonés no tiene gatos, tiene dos perrazos bulldogs para que no le roben.

–Pero yo lo vi.

–Estudiá, mejor, debe ser de otro lado. ¿De qué color era?

–Gris.

–De don Fritz no es tampoco, porque el de él es negro y blanco. ¡Andá a saber de dónde vino! Ya se va a ir, así son los gatos. Dale con las tablas que después la Mirta te las toma.

–Yo quiero un gatito– dijo Olga.

–Lo que me falta a mí es otro animal. ¿No te alcanzan las gallinas, el Pedrito y el Batuque? Bueno, porque a mí sí, soy la única que les da de comer y los cuida. Aquí nadie se hace cargo de nada.

Lo dijo en general, pero era para Dardo en particular, sólo que él no estaba.

A la noche, Olguita, que sabía a quién pedirle, volvió a sacar el tema del gatito y el padre se lo prometió para el cumpleaños. Hasta octubre faltaba mucho, para ese entonces no se acordaría más.

Estaba llegando el invierno y como todos saben, oscurece tan temprano que todos los chicos se quedan en sus casas. Las “Pepitas” también.

Las dos más chicas estaban en la cocina jugando a la escoba del quince, Mirta leía en el comedor y Ema planchaba en la mesa de la galería que daba al patio.

Tanta humedad debía desembocar en esa llovizna que apenas hacía ruido al caer sobre las plantas.

–Silvia, entrá al Pedrito antes de que llueva más fuerte.

–Que vaya la Mirta, que nosotras estamos jugando.

–Ah, claro… Yo estoy leyendo, les contestó.

–Sí, ya sé –protestó Ema– al final le van a pedir al pobre loro que entre solo. Siempre lo mismo, termino yendo yo…

Un alarido, otro y otro. Agudísimos. Tremebundos.

Olga y Sivia quedaron estupefactas y no atinaron a moverse. Mirta tiró el libro al piso y corrió hacia la galería.

Ema estaba subida a la mesa. Sentada sobre las tablitas del delantal recién planchado, con una mano apretaba la plancha y con la otra, las piernas contra su cara. Cuando pudo, siempre a los gritos, dijo que había entrado una rata y andaba “por ahí”. Las chicas escucharon, olvidaron las cartas y treparon a la mesa de la cocina.

Mirta cerró la puerta del patio recibiendo otro griterío materno que sonaba algo como “dejá abierto para que salga”. Sin prestarle atención, constató que las puertas de los dormitorios estuvieran también cerradas, buscó la escoba y empezó la cacería.

Minutos que parecieron horas corrieron ambas dando vueltas por cocina, galería y comedor hasta que al final la acorraló y la mató a escobazos. La barrió hasta el patio y cerró la puerta con llave, única forma de que Ema se calmara.

Recién entonces, las chicas corrieron a la galería y se abrazaron a su madre que todavía estaba temblando, hecha un bollito sobre la mesa.

Dardo, que acababa de llegar, no entendía nada y preguntó qué pasaba.

Ema lo vio, bajó de la mesa y quedó apoyada, lívida, intentando explicarle. Pero fueron las “Pepitas” las que le contaron la ridícula situación y aprovecharon para reírse de la madre. Todos, Dardo también.

Hasta que Ema golpeó la mesa.

–¡Basta! Esa rata, que encima era enorme y gris, vino de lo del japonés porque ustedes sacaron los ladrillos. Mañana los ponen de nuevo y me consiguen un gato negro, blanco o verde, no me importa.

Y se ríe de mí quien no le tiene miedo a las langostas, las cucarachas o las arañas. Mirando a su marido agregó: o a una lechuza.

 

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