Fuimos un miércoles.

Pancho tenía una combi con la que, de jueves a domingos, llevaba a las orquestas a tocar en los pueblos y ciudades más variados. Los demás días descansaba, salvo que saliera algún viaje extra o changa mecánica.

Esa semana sería distinta. El martes, sentado en su silla petisa esperando que tía Julia sirviera la comida, me preguntó:

–¿Vos conocés la Basílica de Luján?

–No fui nunca, por fotos nomás.

–Nosotros vamos mañana, ¿querés venir?

–Bueno, dije con mediano entusiasmo.

Por razones de trabajo habíamos recalado en Rosario, donde vivían los Muñiz: Victoria, Julia, Tita y Miguel.

Tíos políticos que fueron muy buenos conmigo sin lograr modificar mis días  aburridos, a veces tristes, ni la esperanza de volver a Santa Fe.

Tía Julia, la que más quise, trataba de acompañarme e intentó hacer, a su manera, un poco más entretenida esa estancia: todas las tardes mientras tomábamos mates dulces con algún yuyo, los que no tuve más remedio que aceptar, me contaba anécodatas familiares y vecinales.

Las familiares quedarán en la intimidad. Jugosas historias que no sólo ella sabía pero que fue la única en destaparlas, literalmente.

En cuanto a las sociales, era la persona más informada del barrio. Justo debajo de la ventanita de la cocina que daba a la calle, había una mesa con tres sillas. Sentada todo el día debido a su disminución física, intercambiaba chismes con sus amigas sin disimulo: desde la vereda y acodadas en el marco le susurraban novedades. Era propiamente una cadena, porque ella recibía de unas que transmitía a las otras y viceversa.

Por ahí atendía al verdulero, al panadero y al quinielero, que se llevaba su moneda diaria de cinco o diez pesos a cambio de un número que nunca era el mismo. Para no equivocarse, tía Julia los anotaba en una libretita a razón de tres columnas por página y cuando ganaba ponía los billetes en una lata de bizcochos Canale.

Esos ahorros estaban destinados a su hijo adolescente, que por su comportamiento rebelde, a diario recibía respuestas paternas negativas. Llegó un momento, después del tercer permiso “sacá de ahí”, en que la lata se convirtió en un autoservicio.

Ella siempre aclaraba que no tenía plata, sólo la que su marido le dejaba para la comida. Tan conocida era la historia de los Canale como públicas las letanías de  supuestas desdichas financieras y, sin embargo, Pancho pagó sin chistar el regalo que le llevarían a la virgen.

Lo que pida mi Julita yo lo hago, dijo abrazándola  contra su panzota. Vamos, que eso no era tan así. Todos, ella también, sospechábamos que cuando viajaba no se conformaba con su Julita. Al respecto, lo común era el silencio.

Una vez por semana tía Tita iba a baldear el piso de ladrillos de esa galería larguísima y también limpiaba el resto de la casa.

Julia sufría una insuficiencia respiratoria que sólo le permitía algunas tareas, cocinar, lavar y colgar la ropa y poco más. Dependió, para todo, de todos. Pero era Tita la que siempre estaba para ayudarle.

El asmopul sobre la mesita de luz, la imagen de la Virgen de Luján en cuadro con ramita de laurel en el vértice izquierdo y un rosario de cuentas blancas, pendiendo de un crucifijo colaboraban, de hecho, para que sobrellevara su existencia con alegría impensada.

No iba los domingos a misa. Sin mucha explicación me dijo que no necesitaba nada de los curas y con “el de arriba yo me arreglo sola”.

Pero ahora vas a ir a Luján, le cuestioné la noche en que preparábamos los bártulos para el viaje.

“Es la única que me escuchó y voy a agradecerle”.

Hubo que dejar la camioneta algo lejos y tía Julia caminó, despacio, sostenida por mi brazo, con la mirada en la basílica y temblando.

Pancho fue a buscar al cura. Ella se sentó a descansar en el banco más cercano a la puerta. A su lado, yo miraba incrédula esas paredes forradas de vitrinas con toda clase de objetos, desde trajes de novia sin uso a escarpines desteñidos. Cartelitos alusivos con fechas, fotos, flores secas, de papel o de tela.

Boquiabierta me acerqué a una donde estaban, ordenaditos y colgando de clavos muy chiquitos las más diversas figuras en relieve, en oro o plata, de partes del cuerpo humano.

¿Eso trae la gente? Le pregunté, pero no contestó porque ya llegaba el cura.

Ella se incorporó, alcancé a escuchar el silbido típico: apenas podía respirar de la emoción, sacó de su bolsillo una cajita, la abrió y se la entregó.

Pude ver un dorado pulmón izquierdo, al tiempo que escuchaba su explicación:

“Padre, le prometí a la Virgen que, si después de la operación que me hicieron por la tuberculosis, podía tener y ver crecer un hijo sano le traería, en oro, la imagen del pulmón que me quedaba. Demoré unos años, como quince, pero aquí está.”

A la vuelta, en silencio, le cebaba mates a Pancho para que no se durmiera.

Unos meses después, nos volvimos a Santa Fe.

Allá quedó Julia, respirando apenas pero con fuerzas para llegar a ver a su hijo casado y conocer al primero de sus tres nietos.

Murió en su casa de ladrillos pegados con barro, maderas, chapas y pisos de lechinada de portland porque nunca quiso mudarse. Pudiendo hacerlo, dijo no. Prefirió un horno en verano, el polo en invierno y siempre, un húmedo desastre para su débil salud.

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