A mediados de 1960, mi papá con dos amigos galvenses, Walter B. y Carlos C. más una profesora de inglés, Susana G. viajaron a Estados Unidos. Ellos, a la Convención de Rotary Internacional y ella a un curso de perfeccionamiento del idioma.

Una vez que llegaron, alquilaron un auto y, si la memoria no me falla, hicieron algún viaje de pocos días los cuatro juntos hasta la fecha en que ella comenzaría los estudios.

Cuando se separaron vivieron, por decirlo rápido y fácil, la cruda realidad aunque la situación había sido prevista. Ninguno de los tres sabía casi nada de inglés. El que mejor se las arreglaba era el gringo, siempre ayudado por un diccionario y los apuntes de las clases que Susana les había dado durante algún tiempo antes del viaje.

Lo que estaba escrito era fácil. Las complicaciones y malentendidos surgían cuando querían hablar o trataban de entender indicaciones.

Hubo anécdotas de varios colores que el tiempo ha ido borrando, sólo recuerdo dos o tres.

Una, cuando tuvieron que dejar una bolsa con manzanas en el puesto fronterizo entre un Estado y otro, porque este último era productor y sus leyes prohibían el ingreso de la fruta. Era gracioso escucharlo contar las pretendidas discusiones con los de la garita: Los yanquis no hacían esfuerzo por entenderles el castellano mechado con palabras que no sonaban a inglés. Y, a pesar de las señas y carteles indicadores, ellos no entendían por qué sólo podrían continuar si dejaban la fruta o pagaban la multa.

Aquiles desembolsó y arrancó.

“Están todos locos en este país. Allá nadie te dice nada si te vas a Tucumán con naranjas de Coronda”, refunfuñaba Walter.

Carlos contaba en las charlas galvenses: “Si algo nos faltaba en ese viaje eran dólares. Yo les hubiera dado la bolsa y que se las coman ellos pero el gringo no quiso”.

“¡Y después tenías que comprar cualquier otra cosa para comer, era lo mismo!”,  retrucaba el aludido

Fue un viaje gasolero. El Rotary algo les pagaba, un poco tenían ahorrado y el resto lo consiguieron prestado sin intereses, de palabra: “Estás loco, ¡qué me vas a firmar!, “me los devolvés cuando podás”. Pero ninguno quiso endeudarse demasiado. Pidieron lo que sabían que podrían pagar. Pueblo, año sesenta.

Otra situación, entre incómoda y graciosa, se dio cuando decidieron comer en uno de esos restaurantes que están al costado de las rutas. Un muchacho muy amable les dejó a cada uno un papel en tonos marrones con el menú.

Pidieron las bebidas, fácil. Y se dedicaron al diccionario para descubrir qué tendrían en el medio esos panes redondos, luego llamaron al mozo.

Carlos puso el índice en el renglón numerado 19, al tiempo que señalaba a Walter y movía las manos indicando que querían “de éste, uno para cada uno”.

Hasta aquí, todo iba sobre ruedas.

Aquiles le señala un número y aclara “no ketchup”. El chico, no pudiendo creer lo que escuchaba, contesta algo así como “es con ketchup”. “Pero yo no quiero con ketchup”. “No se puede no ketchup”. Diez minutos discutiendo el con y sin ketchup hasta que un mexicano que acababa de llegar, escuchó las maldiciones en castellano y se acercó a preguntarle qué problema tenía.

“Pedí un sandwich que dice que lleva ketchup y yo lo quiero sin aderezo, estoy descompuesto, sólo puedo comer la carne, el tomate y el queso.”

Pues no, señor, usted quiere el 21 y cuando el mozo le pide al de la cocina un 21 el cocinerito sabe lo que tiene que poner y eso es lo que hace. Es así, o come lo que está indicado o elige otro, señor.

El gringo tragó saliva, le agradeció los buenos servicios, ratificó el 21 y lo destapó para quitarle una buena cantidad de ketchup. “Peor hubiera sido reventarme el hígado con salchichas”, se conformó.

Origen de varias cargadas por mucho tiempo fue el inconveniente que sufrió  Walter. Pararon en una estación de servicio y se dividieron de acuerdo a las necesidades. Carlos fue a comprar algo para comer que, señalando y conociendo la moneda, no le resultaría difícil. Aquiles quedó encargado de la nafta, aceite, agua, revisión general del auto mientras Walter se dirigió al baño.

Apenas unos segundos después, lo ve venir al “Gordo” corriendo desesperado y se larga una hermosa carcajada.

“Sos muy gracioso tratando de correr, ¿qué te falta? “

“¡Gringo de mierda! ¡Si sabías, por qué no me avisaste que sin monedas no se abre la puerta!”

“Aquí se paga por todo, lo que no sabía es que vos no tenías” y seguía riéndose aún después de habérselas dado.

No recuerdo si el problema fue que no tenía monedas, lo que sería insólito o,  como me inclino a pensar, no tenía las del valor requerido.

Cambio de ropa y a seguir viaje al norte.

Unos meses antes, Aquiles se había contactado con su tío materno, el “zío”  Carmine, que vivía en Chicago y a quien, por supuesto, quería visitar. Treinta años habían pasado desde que salió de Italia. Si ahora hacía miles de kilómetros, ¡cómo no dar un paso más para abrazarlo, borrar con una mirada tanta guerra, posguerra, migraciones y añoranzas!

Le avisó que iría con dos amigos. Carmine respondió que todos eran bienvenidos. Y allá fueron, buscando en los conocidos mapas de papel la dirección que apenas un par de veces había escrito en los sobres.

Cuando dieron vuelta en una esquina, la sorpresa fue enorme y los dejó mudos: Zío Carmine había cerrado la calle. Rodeada de veinte o treinta sillas (nunca llegó a contarlas) había una larga mesa con mantel, vajilla y servilletas.

Se miraron reconociéndose, se abrazaron, lloraron, hablaron al unísono y comenzaron las presentaciones. Porque “mi sobrino viene de Argentina con unos amigos y vamos a recibirlos como corresponde” significaba que todos los que vivían en esa cuadra iban a agasajar a los recién llegados.

Tío, sobrino y vecinos se entendieron en una mezcla de italiano, varios dialectos, inglés y castellano. Ni Carlos ni Walter entendieron mucho, para ser indulgente. Sin hacerse problema, se dedicaron a comer todo lo que caía en sus platos (ya sabemos la cantidad de comida que son capaces de hacer las italianas) exquisitamente regado con vino casero. ¿Qué gringo no tiene unas vides en el fondo de su casa?

Carmine y Aquiles hablaron toda la noche, los demás no se acuerdan a qué hora se acostaron. Cuando se despidieron lloraron todos, la mayoría por contagio, de pensar en el sufrimiento de la nueva separación.

Se fueron del barrio con el auto lleno de comida, bebida, besos, abrazos, más llantos y la promesa de que se verían al año siguiente y que Carmine cumplió.

La Convención del Rotary era en La Habana y si bien Estados Unidos no había impuesto el bloqueo a Cuba todavía, el gobierno de Fidel Castro empezaba la nacionalización de las empresas norteamericanas. Las relaciones se enfriaban cada vez más y no había vuelos comerciales entre los países. Debieron volar a México donde visitaron la imponente y prestigiosa Universidad  Nacional Autónoma y los no menos prestigiosos bares del Distrito Federal.

Tranquilos y seguros, cruzaron el Golfo y llegaron a la isla.

Es fácil darse cuenta de que tanto en México como en Cuba pudieron conversar sin muchos problemas, sobre todo porque podían pedir aclaraciones de los modismos.

Con la Revolución en sus comienzos, comenzaba a también aplicarse la primera reforma agraria. Las calles de La Habana hervían de gente con ropa de fajina y felices de ir a levantar la zafra o a trabajar su propia parcela.

En el bellísimo edificio Bacardí, ya expropiado, se realizó la Convención y entre los mármoles rojos del hall principal, posaron los Rotarios para la foto.

Entre todas las cosas que trajo de ese primer gran viaje, tengo el “merchandising” de la Revolución plasmado en dos prendedores de metal.

Uno, que era para mi mamá, es un fusil rojo que dice, orgulloso: “QUE VENGAN”.

El mío, es un machete rojo y negro que ostenta una bandera cubana y avisa: “La R. AGRARIA VA”.

Desde 1961, año de la segunda reforma agraria que no lo uso.

 

Una perlita: El Rotary Club de La Habana en abril cumplió sus cien años y nunca tuvo problemas con el gobierno. Inclusive, aunque desde 1979 no se permitieron más sedes que las que ya estaban funcionando, colaboró y continúa colaborando con lo que les haga falta: en junio llegó a Cuba un contenedor con 275 silla de ruedas.

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03/12/2016

 

 

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