Ya sé que no son míos y dudo de que sean totalmente de mis vecinos porque los gatos, dicen las malas lenguas, no pertenecen a nadie. Lo cierto es que un día llegaron, encontraron alguien que les dio de comer y se quedaron. De hecho, se apoltronan sobre la chimenea del asador a tomar sol mirándome con displicencia o caminan orondos por mis tapiales sin pedir permiso.

Son tan independientes que caminan y corren por todas las casas de la manzana, de día y de noche.

Lo peor, siempre, es la noche porque cuando saltan los pasillos de las casas linderas para caer sobre mis techos se escuchan esos ruidos secos, pesados, en las chapas de zinc. No lo tomen a mal pero me despierto asustada: pienso que pueden ser ladrones, intrusos, sujetos, cacos, rufianes, amigos de lo ajeno que se podrían ganar al interior de mi vivienda. Disculpen, estuve leyendo la sección “Sucesos” en El Litoral.

También de noche suelen trenzarse en terribles peleas con diferentes melodías de maullidos y ahí sí, distingo bien que son suyos esos golpes que siento casi sobre mi cama.

Lo que me desespera es el lamento de dolor del que queda herido, hasta que al día siguiente escuche que corren cuando los llaman a comer.

Ahora, cuando se instalan a charlar, discutir, cantar o arrullarse con frases de amor durante larguísimos minutos, tal vez horas y me desvelo, me dan ganas de zapatearlos como en las mejores películas.

Los saludo con una rascadita en la cabeza, sepan que los quiero mucho pero por favor, ¡déjenme dormir una noche entera!

gatos

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